El conductor más condenado

Japito, un vecino de Carballo de 23 años, es desde el martes el español con más penas por conducción temeraria. Y eso que nunca se sacó el carné

J. Ventura
A Coruña / La Voz

Cuando en Carballo pasa algo gordo, Japito está en el ajo. Y si no lo está, le echan la culpa. Es lo que tiene ser el hijo de Ramón López López, uno de esos viejos delincuentes con la Guardia Civil tatuada en su sombra, fallecido el pasado mes de diciembre sin poder dejarle a sus hijos otra herencia que no fuera una celda en Teixeiro. Pese a que a sus 23 años Benjamín López Rojo, Japito, ya las hizo de todos los colores, no tiene delitos de sangre. Por suerte o por destreza de los agentes que se han tenido que resguardar en las cunetas por ponérsele delante. Lo suyo es el volante. Ahí es una ardilla. Podría recorrer las carreteras de Bergantiños con los ojos vendados. Lo han perseguido en coche, a pie, en helicóptero y hasta en bicicleta. El año pasado fue un Bin Laden ocultó en el poblado de O Sisto, una especie de Tora Bora donde la Guardia Civil entra rezando el padrenuestro.

Cuando un atracador quiere el mejor conductor, lo llama a él. Y cuando él quiere un buen atracador, tiene en su barrio de O Sisto la mejor cantera. Japito nunca dice que no. Por ser así de aventado, este martes se ha convertido en el español con más condenas por delitos de conducción temeraria. Y eso que nunca sacó el carné de conducir ni se le espera en la autoescuela. Con las tres sentencias de esta semana, ya acumula 23. Y en un mes será juzgado nuevamente. Lo esperan seis jueces. Por lo mismo. Si se suman todas las penas que acumula por conducir como un loco y las que le quedan en su horizonte más cercano, estaríamos ante un reo sentenciado a cadena perpetua. Por el momento, son 26 años a la sombra. Pero su abogado -Japito no ha escatimado en gastos a la hora de elegir uno de los más célebres, el penalista coruñés Ramón Sierra- intenta refundir todas las penas en un delito continuado, una estrategia legal que consiste en multiplicar por tres la pena más alta, y no sumarlas todas.

Al margen del enredo judicial, ahora Japito está en prisión, pero no porque lo cogieran -con 21 años ya lo habían arrestado cien veces-, sino porque se entregó tras una larga negociación con los agentes. Cuando ya no le era rentable vivir con la Guardia Civil en el cogote, en una vida de persecución sin tregua durante seis meses, se dejó caer por el cuartel con su abogado en agosto del año pasado. Como el pez que se rinde tras luchar y luchar para sacarse el anzuelo de la boca. Antes de presentarse en dependencias policiales lo dejó todo arreglado.

Aunque se pasara media vida perseguido, fuese autor de decenas de atracos, robos o atentados a la autoridad, sería una mentira llamarle sanguinario. Lo que tiene son malas pulgas cuando siente a la Guardia Civil a su espalda. Que le dan el alto, pues aprieta las manos en el volante, pisa el acelerador y no le importa nada. Da igual que el sofoco le viniera por haber cometido un robo o por un calentón de la junta de la culata.

Para la Guardia Civil de Carballo, no lo hay mejor al volante. Porque lo que Japito hace con un coche está más cerca de la magia que de las normas de circulación. Porque antes que un chupete tuvo un volante. Y casi siempre ajeno. Casi siempre montado en coches robados.

Pero no solo es leyenda por sus habilidades en el mundo del motor o por haberse convertido en el español más condenado por conducción temeraria. También lo es por su especial carisma, que lo convierte en uno de los delincuentes más respetados en los bajos fondos. Ahí nadie le tose. Todo el mundo sabe quién manda en la comarca de Bergantiños. Es un líder. Y queridísimo por sus vecinos, pues es conocido por la enorme generosidad que dispensa a su gente y por su buen carácter. Siempre con una sonrisa que no se quita ni delante del juez.

Un donjuán

Siguiendo con su currículo, nadie es mejor que él escabulléndose de la policía, orquestando robos y ligando. Es un casanova. Un Justin Bieber de los arrabales bergantiñanos. Porque si agitada es su vida profesional, la sentimental no se le queda atrás. Tiene mujer, amante y un banco de admiradoras. Hay que decirlo: Japito es un hombre guapo que ha conseguido tener tantas mujeres persiguiéndole como agentes de la Guardia Civil. Sin pelearse entre ellas. Buscan su atención sabiendo de sobra que nunca van a ser las únicas. Un botón de muestra se ve cada vez que lo llevan a un juzgado o lo detienen. Ahí están siempre su esposa y su amante. De la mano. Dándole cariño y apoyo. Como buenas amigas.

Ahora que se ha mudado por obligación al centro penitenciario de Teixeiro, ha dejado atrás el poblado de O Sisto, donde más que vivir se esconde. Es una de esas ciudades sin ley a las que la Guardia Civil entra en grupo y escoltada por helicóptero. Donde no es difícil cruzarse con afamados traficantes de droga que presumen sin pudor desde grandes motocicletas o vehículos imposibles. Más que vecinos de Japito, son su pequeño ejército. No dudaron nunca en enfrentarse a golpes y pedradas a los agentes cuando entraban al poblado chabolista para detenerlo. Gracias a esa trinchera humana, Benjamín pudo burlar a las autoridades infinidad de veces.

Durante unos cuantos años no volverá a casa. Estará en Teixeiro, su segunda residencia. Aparte de las condenas que lleva a su espalda, en los próximos meses tendrá que enfrentarse a cerca de 20 juicios. Con su amante, su mujer y decenas de mujeres llorando su ausencia.

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