El excargo más díscolo relata una gestión del «Prestige» desastrosa y fuera de la ley

Pablo González
Pablo González REDACCIÓN / LA VOZ

GALICIA

Balbás cree que la Administración se apartó de la normativa para fiar todo el operativo al «plan personalista» de Sors

17 abr 2013 . Actualizado a las 11:25 h.

Fernando Balbás ha sido hasta ahora el testigo más díscolo de los vinculados con la Administración durante la gestión del Prestige. También uno de los más elegantes -ayer acudió impecable a la sala de vistas, con un pasador con el escudo de la República y sendas banderas republicanas de gemelos-, probablemente el más propenso a los símiles -«Sabíamos que el Prestige había tenido mala vida, como aquellas mujeres del Paralelo barcelonés»-, sin duda el más dotado para el torrente verbal y, aunque pueda parecer contradictorio, el único al que el presidente de la sala conminó a responder una pregunta de la que se evadía. Era la referida a quién había sido el autor intelectual de la malograda teoría de la solidificación del fuel. Balbás, que era inspector jefe de la Capitanía de A Coruña, primero aludió al entonces delegado del Gobierno, Arsenio Fernández de Mesa, de quien dijo que confundía «los meridianos con los paralelos». Y después, dubitativo, culpó al actual presidente del CSIC, Emilio Lora-Tamayo. También fue el único testigo que se levantó de su silla. Dos veces.

Ya jubilado y liberado de las ataduras jerárquicas -aunque nunca dejó de ser un espíritu libre-, calificó la gestión de «desastrosa», pues se basó en un «plan personalista» del acusado, José Luis López Sors, entonces su superior como director de la Marina Mercante, que tomó una «decisión política con todas sus consecuencias», al margen de las «pautas legales». El desastre lo resumió en un «cóctel» en el que metió los hilillos de plastilina, los meridianos confundidos con paralelos o la ignorancia sobre el módulo de resistencia de un petrolero.

Trayectoria «problemática»

La trayectoria de Balbás como inspector jefe de la Capitanía de A Coruña fue problemática. Admitió que había denunciado a varios de sus compañeros y que, a su vez, sus superiores le abrieron un expediente con medida cautelar incluida de suspensión de empleo y sueldo que después levantó el Tribunal Superior. Este ingeniero naval de 69 años relaciona esta investigación con su citación como testigo a solicitud de Izquierda Unida (IU) y con su postura crítica en el caso Prestige. Incluso IU presentó una querella por coacciones que perdió. La abogada del Estado le recordó que el expediente se inició por varias denuncias de armadores presentadas antes del Prestige. Y que otros cargos críticos -José Pose, por ejemplo, jefe del centro zonal Finisterre- ni sufrieron represalias ni las denunciaron. Sin embargo, cuando el instructor del expediente lo llamó pensó que retrocedía «a los peores tiempos del franquismo».

Pero volvamos al 13 de noviembre del 2002. Balbás confiesa que se enteró del accidente por la tele. Llamó al capitán marítimo tres veces, pero no le contestó. Al devolverle la llamada le dijo que la decisión de «largar el barco fuera, muy lejos» ya se había tomado el día del siniestro y, según esta versión, no se habrían realizado las consultas técnicas que prevé el Plan de Contingencias. Desde ese momento, «ya sabía que la Administración se iba a apartar de la legislación» para fiar el destino del buque a las decisiones «personalistas» de López Sors. Balbás lo responsabilizó en todo momento de la «caminata aleatoria» del petrolero, a pesar de confesar que aún lo aprecia «bastante». El propio Sors habría comunicado a Balbás que la decisión la tomaba no como técnico, «sino como político». Coincidió con otros testigos en que había una consigna no escrita para alejar cualquier buque con problemas «porque las costas gallegas han sufrido mucho y la gente está muy sensibilizada». «Pero no se puede mandar al quinto pino a un barco en situación crítica», añadió.

Aseguró que enviar a su subordinado Serafín Díaz a encender la máquina fue un error y que su conocimiento sobre estructura de buques se limitaba a los barcos pesqueros «de madera». Le recriminó que no dejara nada «por escrito» y que, al volver del barco, pasara «de las brasas a la carroza, como Cenicienta», dijo en referencia a su ascenso.