¿Por qué la demografía no nos preocupa?


Hace veinte años el matrimonio Erlich se preguntó por qué la opinión pública no estaba tan asustada como ellos por los efectos de la explosión demográfica. Sobraba gente en el planeta y quien tuviera más de dos hijos debería ser visto como un irresponsable. La respuesta fue que las gentes se adaptan al largo plazo y reaccionan ante los fogonazos. Al ser la demografía de lenta evolución, la sociedad no percibe sus consecuencias. Ahora se podría dar otra contestación: los hijos los tienen los individuos y la masa no tiene conciencia colectiva.

La sobrepoblación del planeta, más de siete mil millones de habitantes, continúa siendo el meollo de la cuestión mundial. Pero en el Viejo Continente y por tanto en Galicia, la cuestión es otra y diferente para el político, el empresario y el demógrafo. Y aún lo es mucho más para el ciudadano común. El demógrafo piensa en generaciones, el político en elecciones, el empresario en beneficios y el ciudadano en sensaciones.

Así, el demógrafo celebra la extensión de la longevidad porque la considera un éxito del contrato social, es decir, del Estado de bienestar. El político se preocupa por si le votan los jóvenes o los mayores. Y al empresario le inquieta si le resulta más productivo y barato alargar la vida laboral o convertir en profesional al pequeño. Mientras, el ciudadano de la sociedad posindustrial persigue el ideal de los dos hijos: el uno para que se le parezca y el otro para que le mejore.

Y en este marco de diversidad entre las prioridades de los unos y de los otros, se inscribe la encuesta de la Xunta. Los resultados indican que el empleo, la democracia, el cambio climático y las condiciones de vida en el Tercer Mundo son los asuntos que más les duelen a los gallegos. Pero eso y no otra cosa es la población en su sentido más pleno. Porque sin trabajo, convivencia y un entorno saludable quizás exista la demografía, pero no la vida.

Los hijos fueron una explotación, luego una inversión y ahora una satisfacción. Así, resulta comprensible que a los gallegos no les preocupe el abstracto de la natalidad, pero que, en cambio, sí que aspiren a una convivencia y un trabajo estables. Porque el ancho de la cuna de los nacimientos no son los ingresos, sino la libertad. Y tener hijos es vivir. Pero la vida, al igual que los afectos, no se piensa como respuesta a una encuesta.

Autor Antonio Izquierdo Catedrático de Sociología

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