«Solo con las castañas, pagamos los gastos de casa»

Muchas de las viviendas que quedan libres tienen que ser rehabilitadas


Redacción / La Voz

Ascendiendo en coche desde el centro de Vilariño de Conso por una pista rodeada de castaños se alcanza Soutogrande. Hasta ahí llegaron en septiembre Candela y Héctor. Con ellos vinieron Xiana, Andrea y Ainara. Vivían al borde del mar, entre Tui y Vigo, pero desde hacía tiempo llevaban dándole vueltas a la idea de cambiar. Un día en un informativo escucharon el ofrecimiento que hacían las familias de Vilariño. Era un quid pro quo. Ellos obtenían un hogar a un precio bajo a cambio de salvar un colegio y dar vida a unas casas que llevaban deshabitadas desde hacía años. No lo pensaron más. Ahora, cinco meses después de haber dado el paso, no darían marcha atrás. Han recuperado, por ejemplo, la costumbre de escribir una carta y -comenta Candela- «las niñas están encantadas, la gente nos dice que no nos vayamos porque nos van a echar mucho en falta. Aquí tienen un montón de abuelos. Todo el mundo está dispuesto a ayudar».

Hay momentos en que echan de menos el mar, pero han ganado mucho en calidad de vida. Tienen una casa grande a la que rodea un terreno inundado de castaños que entra también en el arrendamiento. Por todo pagan un alquiler de 200 euros al mes. Otras familias pagan 150 euros por sus casas. El problema es que ahora, muchas de las viviendas que quedan libres no pueden habitarse porque las hay que rehabilitar. «Con lo que sacamos de las castañas ya pagamos los gastos de la casa de todo el año. Calefacción, leña...», dice Candela. La familia vive del subsidio de jubilación que tiene Héctor y de la paga que recibe Candela para la manutención de sus dos hijas mayores. Además ella trabaja desde el primer día que llegó de acompañante en el transporte escolar. «Con eso aquí vives bien Mis hijas han mejorado mucho en el colegio porque aquí es como todo mucho más personalizado», dice.

Aunque les encanta vivir entre castaños, no olvidan la contrapartida. «El transporte, que cojea un poco», dicen. Otra consecuencia de la gran despoblación.

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