El botellón se institucionaliza

Las medidas legislativas no logran frenar el consumo al aire libre

Algunos botellones, como el de A Coruña, acogen ya a vendedores y artistas ambulantes.
Algunos botellones, como el de A Coruña, acogen ya a vendedores y artistas ambulantes.

A Coruña / La Voz

Gonzalo todavía no tiene 20 años. Le falta poco. En medio del botellón se protege del frío cortante de la madrugada con un grueso chaquetón de marinero a tono con el segundo curso de Náutica que cursa en la facultad de A Coruña. Como dos de los tres colegas de clase que lo acompañan, sostiene en la mano un cubata de ron en vaso de plástico. El tercero de los cinco que se bajará antes de seguir ruta por el Orzán y más allá. Este jueves, el normalmente desbordado botellón coruñés anda a medio gas. El frío y los exámenes han dejado a mucha gente en casa. Es la una de la madrugada y apenas se han congregado medio millar de jóvenes, la mayoría universitarios. Pese a que las luces azules de los coches de policía asoman de vez en cuando por el perímetro de los jardines, nadie molesta, nadie hostiga. La gente bebe tranquila.

El alegre grupo de futuros capitanes de barco está formado por un rapaz de A Coruña, otro de Burela, un tercero de Noia, y el cuarto, de Barcelona. Hablamos de alcohol y, contra todo pronóstico, los chavales se expresan con lucidez sobre sus peligros. Con la copa en la mano, claro. Todos menos uno, que no bebe. El de Barcelona: «Si vas con una copa por la plaza Cataluña, te ponen una multa de 200 euros. Lo de A Coruña es increíble». El resto sonríen y empinan. Les pregunto por experiencias desagradables. Todos tienen. Gonzalo recuerda que no había cumplido los 18 una noche que el alcohol lo tumbó. En la caída se abrió la barbilla. Pero aguantó sin ir al hospital: «Lo que más rabia me dio fue que yo era el que estaba peor de todos y se tuvieron que ocupar de mí». Lógica tóxica.

Regulación ineficaz

En un banco apartado, dos chicas beben solas. Una tiene 19 y la otra 22. No me quieren decir sus nombres, pero sí que estudian Educación Infantil. Una es de Ferrol y la otra de Ponferrada y comentan al amor de una botella de calimocho la permisividad coruñesa: «En Ponferrada no se puede hacer botellón. Está prohibido». Y bien que lo siente, porque la noche les está saliendo por el económico precio de 5,40 euros, lo que les ha costado una botella de dos litros de coca-cola, dos litros de vino en tetrabrik y de marca blanca y unos vasos de plástico: «No venimos siempre y normalmente lo hacemos en un grupo más numeroso -explica la ferrolana-. El botellón es solo una alternativa».

-Y si no salís por aquí, ¿por dónde lo hacéis?

-Pues bebemos en las casas, o en los bares.

Las dos conocen los cambios legislativos que se han ido produciendo en estos últimos años para atenuar el fenómeno del botellón: «Pero yo creo que no sirven de mucho -opinan ambas-, porque si te quitan de un sitio, te vas para otro».

Nadie por allí considera la posibilidad de que llegue un día de prohibición. Álvaro, un joven estudiante de Derecho de 18 años me lo explica como si tuviera que indicarle a un turista donde está la plaza de María Pita: «Los jueves se sale con los compañeros de clase y los sábados con los colegas». Cada uno aparece con lo que puede. Una de vodka, unos refrescos, ron, hielo, vasos... Hay solidaridad entre los corros y se ceden cubitos o un vaso. O lo que sea. Al fin y al cabo se trata de alternar con la gente.

Entre los chavales pululan unos cuantos africanos con su carga de pulseras, flores falsas, gafas de sol y todo tipo de artículos. «Se vende poco», dice Buba, un enorme inmigrante de 48 años. «Compran los chicos. Para las chicas», explica con una sonrisa. «Dentro de poco venderán hielo», bromea Gonzalo desde su chaquetón marinero y su cubata de ron.

Queda poco para las dos y una chica nos ofrece con naturalidad pases para una discoteca. Cada uno coge el suyo. Es la llave para la tercera etapa. Antes hay que ir a los bares, ahora sí, mirando seriamente hacia la cartera, dejándose invitar: «Eu xa non bebo máis», dice Diego, el chaval de Burela: «Porque non é o mesmo beber na cidade que no pobo».

-¿Cómo?

-Si home. No pobo coñécete todo o mundo e se lle tomas a confianza a alguén non lle parece mal. Pero na cidade pódeche traer problemas.

Lógica tóxica.

«Si te quitan de un sitio, te vas para otro», dicen dos alumnas que beben calimocho

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