El manuscrito del ladrón del Códice: Quince folios de denuncias sobre sexo en la basílica

El relato habla de relaciones homosexuales y de que todos los trabajadores vaciaban los cepillos


santiago / la voz

«Me dijeron que era un pecador y que los pecados de los demás no limpian mis pecados». Así arranca el manuscrito que el ladrón confeso del Códice Calixtino ha entregado al juez que instruye el caso. Toda una declaración de intenciones y una justificación de por qué Manuel Fernández Castiñeiras ha decidido ahora poner en papel lo que hasta la fecha solo había insinuado de palabra.

El documento, al que ha tenido acceso La Voz, consta de quince folios en los que, sobre todo, se habla de relaciones homosexuales protagonizadas por miembros del cabildo de la catedral de Santiago, pero en el que también se acusa a todos los trabajadores del templo de robar el dinero que los feligreses entregaban como limosna. «En la catedral yo siempre vi que robaban dinero, por poner un ejemplo, todos», espeta, para a continuación añadir una retahíla de nombres.

Fernández Castiñeiras no deja títere con cabeza. Se retrotrae al año en el que empezó a trabajar como electricista en la basílica compostelana y afirma tajante «yo no soy un pecador», para a continuación decir que «cuando llegué en 1980 a la catedral [...] me sorprendió que en las tertulias de la cafetería se comentaba con total normalidad y haciendo chistes [...] que había relaciones sexuales entre un canónigo concreto [y cita su nombre]» y un hombre al que identifica y que afirma que fue recogido de niño por este sacerdote y al que con el tiempo acabó poniéndole un piso para poder visitarlo con asiduidad.

Buena parte del manuscrito está dedicado a explicar la supuesta relación homosexual que mantuvieron durante años ese miembro del cabildo compostelano y el hombre. En esos largos años «vi siempre actitudes que iban más allá de lo humanamente paternal» hasta que, relata, «con los años y la amistad que yo conseguí con [el canónigo] él reconoció su amor y su relación sexual» que, añade, «todo el mundo lo sabía porque no se escondían».

Peleas por el mismo chico

Pero ese no es el único episodio amoroso del que habla el ladrón del Códice en su manuscrito. También cuenta cómo había «una enemistad tremenda» entre el canónigo que tenía una relación con un hombre y otro miembro del cabildo «debido a que ambos estaban enamorados» de un chico «que era seminarista en el Seminario Mayor». Relata cómo presenció que uno insultaba al otro «por intentar quitarle la pareja [...], eso lo escuché personalmente, como le decía '¡tú me sacas a ese chico!'».

Otro de los relatos sexuales se refiere a un sacristán que «al acercar el cordón por detrás» a los dos canónigos que se peleaban por el mismo chico «estos le agarraban fuertemente las manos y se las acariciaban sin dejar que se soltara, marchándose diciendo 'asquerosos' porque siempre tuvo novia y no es homosexual». Fernández Castiñeiras afirma que él mismo presenció aquellos episodios, pero que también escuchó las quejas del sacristán sobre «los tocamientos de los canónigos».

Sin citar nombres, algo que sí hace en casi todos los múltiples relatos que incorpora en el manuscrito, el ladrón del Calixtino también cuenta que entre los curas formadores del Seminario compostelano había algunos que visitaban a los seminaristas y que, aprovechando que era verano y muchos dormían solo con la ropa interior puesta, «les acariciaban el pene o el culo según en la postura en que estuviesen y si alguno abría los ojos le decían: '¡Hay que taparse que te va a coger el frío!'. Los seminaristas me contaban que los formadores vivían allí con ellos», señala.

Viajes y propiedades

Menos espacio dedica Manuel Fernández Castiñeiras a relatar los robos de dinero de los que acusa a todos los trabajadores de la catedral de Santiago. Explica cómo las personas que recogían las limosnas «se peleaban delante de mí cuando yo estaba allí rezando por el lado derecho mirando al altar porque se reían diciendo que era donde más se recaudaba. Cuando acababan de pedir, pasaban por donde están las cenizas del Apóstol, que no hay nadie, metían la mano en la bolsa y sacaban dinero, eso lo vi yo», asegura.

Como prueba de los robos, habla de los más que frecuentes viajes a Tenerife que podía permitirse uno de los empleados o de que otro incluso pasaba tres meses al año de vacaciones en La Manga. También de las propiedades que lograron poseer al poco de estar en la catedral. De uno dice que «vivía en una casita pequeña y luego la tiró e hizo un edificio de cinco pisos, bajo y garaje».

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