Santiago / La Voz

Los carteles que prohíben la entrada al recinto hacen que la experiencia tenga todavía más interés. A fin de cuentas, ¿no se pagó con el dinero de todos? Pues habrá que ver cómo le va. Visitar el exterior de la vieja terminal del aeropuerto internacional de Lavacolla hace que los sentimientos afloren. En ese edificio de extraño suelo verde hay tantas emociones concentradas, buenas y malas, que lo mismo un día alguien se dedica a grabar allí psicofonías: lágrimas por los que se fueron, lágrimas por los que regresaron... Lo primero que sobrecoge es llegar al antiguo aparcamiento, en barbecho de coches y de vida. Es como si una bomba de neutrones se hubiera llevado a la gente y hubiera dejado los objetos congelados, tal y como se quedaron el 13 de octubre del año pasado. En el suelo hay un recibo pisado que alguien se dejó por desidia; las pantallas de las máquinas de cobro son cajas tontas; a una, que no tiene monitor, se le ven las tripas. Y no, no hay un señor bajito dentro. Casi te da la impresión de que, en cualquier momento, un fantasma se te pondrá detrás para pedirte cambio.

Para una película

Puedes correr o gritar bajo las cubiertas, que nadie saldrá en tu rescate. Fantástico escenario para una película de psicópatas de sábado por la tarde. Una empresa de seguridad se encarga de realizar rondas por el recinto, pero en la media hora que pasamos en el aeromuerto no aparece nadie. O, por lo menos, nadie de este mundo. Al fondo del párking, que pronto se convertirá en el aparcamiento de larga estancia y recobrará algo de emoción, hay un carrito de equipajes arrumbado contra una valla. Pero ya no hay maletas, ni ensaimadas de Mallorca, ni paraguas. Ni rastro de Alfonso, el limpiabotas. Y justo allí, del otro lado, las instalaciones siguen vivas como si saltaras en el tiempo, tanto en la zona dedicada a los coches de alquiler como en la gasolinera, donde un camión cisterna vacía su vejiga de acero.

La parada del autobús anuncia todavía las frecuencias del Freire que van, si acaso, a la porra; faltan, junto a una de las entradas principales, dos de esos bolardos tan frikis que tanto carácter imprimían a la limitación de paso para los vehículos, y que estaban rematados en su parte superior con una imagen de la mismísima torre de control. ¡Ni el maestro Mateo lo habría hecho mejor! La torre, la de verdad, se ve al fondo, mustia y apagada. Hay quien piensa lo resultón que sería instalar allí, en las alturas, un restaurante con vistas al infinito y, quién sabe, a los ovnis.

La vieja terminal tiene, salvando las distancias, algo de Chernóbil, de Hospital Xeral de Galicia; de aeropuerto de Castellón. Varias papeleras destartaladas están a punto de quedar cubiertas por la maleza, que lleva un año creciendo, alocada, a sus anchas. El edificio de la terminal todavía está de buen ver. Pero todo el mundo sabe lo rápido que trabaja el abandono. Aena se ha ocupado de cerrarlo muy bien, a cal y canto. Que a los chatarreros los carga el diablo.

Por la parte interior de las puertas giratorias, que ahora son carruseles de cristal sin cuerda, alguien ha pegado una especie de papel de aluminio que dificulta ver el interior. Pero en otras zonas se ve, y tanto que se ve. A través de una ventana se divisan varios monitores apagados para siempre, cadáveres de ordenadores, cajas de cartón... maquinaria que, solo un año atrás, gestionó las salidas y las llegadas de un par de millones largos de personas; ahora son el cuerpo presente de R2D2 cortocircuitado.

Faltan los extintores

De regreso al aparcamiento, de repente reparas en que sí se echa algo en falta: los extintores. No es que vaya a arder nada en el párking, pero alguien se ha llevado los extintores. Quizá los custodia Aena, o puede que acabaran vendidos al peso... Un misterio.

También llama la atención que los hierbajos han empezado a crecer libres por los sumideros, hacia el cielo que tantas noticias traía hasta el año pasado. Por metros, como las habichuelas mágicas del cuento. El aeropuerto de Lavacolla, el viejo, está grelando, señores.

La barrera del estacionamiento de autobuses permanece abierta, como si en cualquier momento fuera a arrancar el Freire Errante lleno de tunos muertos recién llegados de Barcelona. Las bocas de incendio, los últimos anuncios ya con el IVA desfasado, las papeleras con el logotipo de Aeropuertos Españoles y Navegación Aérea con basura caducada en la barriga.

Aena quiere buscar una alternativa rentable para el espacio. Como si estuvieran los tiempos para alternativas rentables.

Pero, a la velocidad que crece la vegetación, uno se imagina que, pronto, el viejo aeropuerto compostelano podría quedar escondido bajo un mantón de zarzas, como el castillo de la Bella Durmiente, hasta que dentro de cien años lo despierte a la vida el beso de un ministro azul.

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Un año sin noticias de la vieja terminal de Lavacolla