En el último decenio perecieron doce personas como consecuencia de esta actividad deportiva


redacción/la voz.

El goteo de muertes que se cobra la práctica de la caza es ya una cuenta a la que cada año algo se suma con la apertura de la temporada. En el último decenio han perecido doce personas como consecuencia de esta actividad deportiva, si se agrega la víctima de la jornada de ayer en Ordes. Salvo los ejercicios 2003 y 2006, en todos los demás ha habido pérdida de vidas, hasta el punto de que en el 2004 -el peor de los tiempos recientes- registró tres accidentes con resultado de muerte. Ese año la fiesta de la caza -que tantos aficionados moviliza en Galicia- se saldó con final luctuoso en el concello lucense de Láncara, en Sobrado dos Monxes (A Coruña) y en Vilariño do Conso (Ourense).

El último suceso -exceptuando el acaecido ayer- ocurrió hace apenas un mes en el municipio ourensano de Muíños, en el que pereció un cazador de 60 años, Eulogio Álvarez, al disparársele de manera fortuita la escopeta que llevaba mientras trataba de separar a dos perros que se habían enzarzado en una pelea.

Dos amigos

Algo menos de un año antes, a mediados de diciembre del 2009, una salida al monte en el concello coruñés de Cabana de Bergantiños acabó mal para dos amigos, al disparar por error uno sobre otro y acabar con su vida. David García fue entonces imputado por la Guardia Civil por imprudencia tras haber causado la muerte de Francisco Javier Suárez Blanco.

No demasiado lejos de Cabana, en Mazaricos, un vecino de Santa Comba mató a finales de octubre del 2008 a su propio cuñado durante una cacería, poco después de haber hecho un descanso para comer.

Un caso insólito fue el registrado en la parroquia vilalbesa de Lanzós el 12 de octubre del 2007. Un matrimonio paseaba a apenas un kilómetro de su vivienda en el lugar de A Pereira cuando el esposo, Ramón Rodríguez, cayó abatido por un disparo salido de la escopeta de un cazador que participaba en una batida de corzos.

En el 2005 sendos cazadores perdieron la vida en Melide y Baralla. El primero de ellos había salido al monte con su hijo menor de edad.

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