El asesino de la prostituta de Ourense ya había matado a un hombre y a su hija

Antonio Gali Balaguer, condenado a 68 años de cárcel por sus dos primeros crímenes, pide ahora una rebaja de la pena de 19 años impuesta por su último homicidio


redacción /la voz.

Antonio Gali Balaguer no es Hannibal Lecter, pero es lo más parecido que se ha visto en los últimos tiempos en el banquillo de los acusados de un tribunal gallego. Este valenciano sesentón recaló en la década de los años ochenta en la provincia de Zaragoza, donde fue acogido en casa de un matrimonio con una hija.

No tardó en entablar una relación con la mujer de la casa. Y al poco tiempo el marido desapareció. Logró convencer a la mujer de que su esposo se había ido voluntariamente y así se convirtió en el hombre de la casa. Tiempo después mató a la hija del matrimonio, una niña de 11 años. Después de abusar sexualmente de ella, la estranguló.

Una vez detenido por el crimen de la pequeña, no tuvo reparos en confesar que también había matado al padre de 17 hachazos y que lo había enterrado en los establos de la casa.

Por aquellos dos crímenes fue condenado a 68 años de cárcel. Gracias a los beneficios penitenciarios previstos en el Código Penal vigente en aquella época, y a pesar de que nada hacía pensar que la prisión lo había recuperado para la sociedad, este «peligro social» -así lo definió ayer el fiscal- salió a la calle hace nueve años.

La primera reaparición conocida de Gali Balaguer fue en Portugal, donde cumplió una nueva condena, por tráfico de drogas. Desde el país vecino llegó a Galicia e intentó censarse en el concello ourensano de Punxín.

El 21 de noviembre del 2005 en una céntrica calle de la ciudad de Ourense contrató los servicios de la prostituta Aurora Dacunha, que subió con él a su automóvil. Ambos salieron de la ciudad en dirección a O Ribeiro y en algún momento, según certificaron los análisis de los restos de la víctima, mantuvieron relaciones sexuales.

De lo ocurrido a partir de ahí hay dos versiones: la de su defensa y las de las acusaciones. Según mantuvo en el juicio, y ayer reiteró su abogado al defender el recurso para pedir la rebaja de la condena de 19 años que le impusieron, la mujer trató de robarle la cartera y él la estranguló. Aurora Dacunha murió por asfixia mecánica. Según las acusaciones, la llevó a un lugar apartado en una pista de Punxín -conocía la zona al haber intentado censarse allí- con la intención de acabar con su vida.

La defensa apeló a la «alta puntuación de sinceridad» certificada por los informes de los psicólogos que lo examinaron, a su alcoholismo y a otros problemas de salud -agorafobia, entre otros-, y a los informes de los psiquiatras que, según el abogado, resaltaban más su condición de esquizoide que la de sádico. El fiscal se aferró a su currículo delictivo: «Pone los pelos de punta», afirmó para pedir la confirmación íntegra de la sentencia, a pesar de que su colega en el juicio acusó de homicidio y no de asesinato.

Según las acusaciones, el testimonio de una compañera de Aurora, meses más tarde de la muerte, fue lo que permitió sentar a Gali en el banquillo, al percatarse los investigadores de que lo que contaba encajaba con el caso de la prostituta ourensana. Para la defensa, estuvo fuera de lugar, porque se refería a hechos distintos y de los que él fue absuelto. La testigo estuvo a punto de ser la cuarta víctima conocida del Hannibal Lecter valenciano.

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