La comunidad china se consolida en Galicia pese a la recesión económica


«Muy mal, año de la vaca. Mucho trabajo. Mejor el año del tigre». Para la mujer de Shao Di, uno de los dos mil y pico ciudadanos chinos que viven en Galicia, el pasado domingo tuvo una significación especial. Empezaba un año nuevo que, esperan, sea mejor que el que despidieron. Llegó el tigre y se fue la vaca aunque, en realidad, las cosas no van a cambiar mucho para esta comunidad que aumenta cada año su presencia en Galicia. Discretos, trabajadores y en muchas ocasiones seriamente condicionados por sus dificultades con el idioma, los chinos se han expandido por toda Galicia y prácticamente no queda una población con algo de relevancia donde no se haya abierto en los últimos años algún bazar o restaurante.

El año pasado estaban empadronados en Galicia 2.333 ciudadanos chinos, en buena parte distribuidos por las grandes ciudades y sus áreas metropolitanas. La mayor parte de este colectivo se dedica casi en exclusiva a trabajar en los negocios regentados por otros compatriotas que, al ser autónomos, tienen una mayor facilidad para hacer contratos y, por tanto, legalizar papeles.

Camino asfaltado

El proceso de emigración tiene unas estructuras ya muy sólidas. Llegan desde China a grandes ciudades, como Madrid o Barcelona, apoyados en conocidos o familiares. En un plazo de uno o dos años se desplazan a otros puntos de la Península donde o bien siguen trabajando empleados en estos negocios o bien montan uno propio. Comprobado fidedignamente que a sus compatriotas les funcionó, invariablemente montan el mismo: un bazar o un restaurante.

El proceso de adaptación se ha ido produciendo de una forma muy lenta. Algunas de estas familias chinas llegaron a Galicia a mediados o finales de los ochenta y han criado a sus hijos en Galicia. Mientras los padres han prosperado asentando sus negocios, los hijos se han ido desvinculando de la cultura de sus mayores y se han adaptado incluso demasiado a las costumbres europeas: «Mi hijo no habla chino, ni una palabra -explica Mengyong Zhou, el propietario del popular bazar lugués Chino Antonio-. No les gusta la comida china, ni que le llamen chino». Mengyong se renombró como Antonio cuando llegó a España porque le pareció el nombre más popular. Siempre se ríe, pero no lo hace cuando habla de sus hijos. Los de Shao Di, propietario del restaurante Manzana Roja, de Vigo, están en Barcelona. Cuatro, nada menos. Un lujo imposible en el lugar del que salió, hace ya más de 30 años. Le cuesta entender la pregunta, pero al final admite que no. En la China de hoy, el joven Shao Di de 20 años no hubiera venido. Hubiera buscado allí su oportunidad: «Piensa que es todo muy difícil. En el idioma partes de cero. No sabes hablar nada al principio. Muy difícil».

Pese a que su presencia en Galicia es ya notable en número y en tiempo, no existe organización alguna que los agrupe. De ningún tipo. Todos dicen que es difícil, porque sería necesario que alguno de ellos le dedicara tiempo. Pero ninguno dispone de él. Trabajan constantemente y en su capacidad de sacrificio reside buena parte del secreto de su éxito y de su capacidad de resistencia en estos momentos de recesión. Frente a la oleada de cierres comerciales, los negocios chinos resisten e incluso bajan sus precios. La capacidad de trabajo y de resistencia de este colectivo es su respuesta a los malos tiempos. A la crisis responden trabajando más.

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