Irlanda añora el modelo gallego de invertir el dinero de la UE en infraestructuras


Irlanda era el modelo. Construíamos paseos marítimos, asfaltábamos hasta las corredoiras , soñábamos con puertos exteriores y trenes veloces. Ellos también miraban a Europa desde la lejana atalaya atlántica, habían partido del pelotón de cola de la UE, eran una sociedad matriarcal basada en el sector primario, comían patacas , conocían como nadie el drama de la emigración, tenían su propia lengua... Pero mientras en Galicia construíamos paseos marítimos ellos llenaron el país de fibra óptica y parques tecnológicos, y el mundo se miró en su espejo. Esa era al menos la leyenda, pero el desplome de la economía ha tumbado alguno de aquellos mitos y ha demostrado que el tigre celta era un gigante con pies de barro. En Irlanda lamentan no haber aprovechado los últimos 20 años de prosperidad para acabar con algunas carencias históricas, y añoran modelos de integración europea más basados en las infraestructuras, como el gallego.

«Hay muchos problemas, en carreteras, transporte público, sanidad, educación básica -dice un directivo español que vive en Dublín-. Este país tiene una renta per cápita un 45% superior a la media europea, pero, para entendernos, se lo han bebido». La realidad es que la fibra óptica jamás llegó hasta el último confín de la isla, como siempre se creyó fuera. Al contrario, la red de banda ancha es la cuarta peor de Europa. Apenas tienen 19 conexiones por cada 100 habitantes (Galicia, siempre a la cola de esta estadística, anda por las 18, según la CMT).

El abandono del rural

«El Gobierno que dirige el país desde hace 13 años se centró en la costa este, la zona de Limerick y el área de Cork. El resto es tierra rural abandonada», lamenta el laborista Ruairi Quinn, ex ministro de Economía. En 1999, explica, los conservadores privatizaron Eirecom, la compañía telefónica. Desde entonces ha cambiado de manos cuatro veces y ahora, en plena crisis, ha recortado las inversiones. «El resultado es que las áreas más aisladas se quedarán así mucho tiempo, lo que supone que desaparecerá el poco tejido económico que queda». Y en muchas zonas más urbanas, incluidas partes de Dublín, sufren el problema que aquí denominan «la última milla de cobre», un servicio de Internet muy pobre que no soporta las necesidades actuales.

Sin sanidad universal gratuita

La banda ancha es un símbolo, pero no es la carencia más grave. Irlanda no tiene una sanidad universal gratuita como la española. En el 2002, el Gobierno dio por primera vez en la historia una tarjeta sanitaria a mayores de 70 años y niños. En diciembre, cuando el paro comenzó a dispararse, la condicionó al nivel de renta de cada usuario. Con esta medida pretenden ahorrar cien millones de euros (cifra muy comparada con el puente de Beckett, comprado en Holanda, trasladado en barco hasta el centro de Dublín, y que cuando esté instalado, a finales de año, habrá costado sesenta millones a las arcas irlandesas). La sanidad es, pues, una amalgama pública y privada (un médico puede atender a un paciente particular en un hospital estatal) que cada vez recibe más críticas: el hospital universitario Tallaght, el más importante del país, batió en abril su récord de camillas en los pasillos (73), después de que en los presupuestos del año pasado el Estado le recortara 25 millones al patronato que dirige el centro.

«Todo el dinero que entró en el país se echó a perder, y ahora tenemos problemas sanitarios, educativos, de infraestructuras viarias», explica Ruari Quinn. El político laborista, conocedor de cómo se invirtieron los fondos de la UE en Galicia, lamenta que en Irlanda «la mayor parte del dinero se haya puesto en manos privadas». Los constructores, asegura este veterano político, «estaban más interesados en hacer edificios que carreteras; en el sector privado todo era más rápido, con menos burocracia y menos control».

Para acabar de complicar las cosas, el Gobierno firmó con las asociaciones agrarias un contrato que garantizaba que el acre de terreno expropiado (un tercio de hectárea) se pagaría a 70.000 euros, casi el doble que hasta entonces. «Ahora será todo más caro», advierte Quinn. El resultado es que las áreas de Dublín, Cork y Limerick, los tres grandes núcleos de población del país, aún no están conectadas por autopista. «Se hizo -recuerda- un plan de carreteras, otro para suministro de aguas, otro para la expansión de la vivienda, pero esos planes nunca se conectaron. Hay sitios a los que llega una carretera pero no hay suministro eléctrico, y se han construido casas sin traída de agua», denuncia Quinn.

Este desconocido gusto irlandés por la trapallada es especialmente serio en la zona de Galway, donde hace dos años se descubrió que el agua llegaba a la mayor parte de los hogares con unos niveles de plomo peligrosos. El Gobierno intenta cambiar las tuberías a marchas forzadas, pero de momento, 90.000 ciudadanos continúan sin agua potable en sus viviendas.

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