Castigados a la penumbra y a la luz del candil

GALICIA

Hablan los gallegos con el peor servicio eléctrico del noroeste peninsular

27 abr 2008 . Actualizado a las 02:00 h.

La Galicia de los cuarenta vatios está ahí al lado. Es la de las líneas eléctricas de supervivencia, de los tendidos rudimentarios que alimentan como luces de Navidad, ahora sí, ahora no, las neveras, las cenas y las vidas de miles de gallegos que pagan un servicio deficiente a precio de bueno. Algunos se entretienen, mientras toman el fresco, viendo cómo avanzan las obras de un tren de alta velocidad que se comerá en un solo viaje la potencia eléctrica que pueblos enteros no han consumido en toda su historia; otros van a repostar a la gasolinera con sus generadores cuando ven aparecer nubes de tormenta en el horizonte; y todos hacen de la necesidad virtud para que a sus vidas no les falte chispa.

Piornedo, sierra de Os Ancares, municipio de Cervantes y provincia de Lugo. Los dieciséis vecinos de una de las aldeas más bonitas, auténticas y retratadas de Galicia están acostumbrados a una corriente que parece que viajara en bicicleta. En Piornedo, la luz es un recurso caprichoso; si llueve, es muy posible que falte; si sopla el viento, lo posible se hace seguro y si hay tormenta... si hay tormenta ya se encarga Fenosa de bajar el interruptor.

«Tamén é certo que falta menos agora que antes», dice la mujer que atiende detrás de la barra del Hotel Piornedo, en cuyo comedor se consume la brasa de cuatro troncos de carballo. En el hotel, dentro de lo que cabe, son unos privilegiados, porque la edificación es nueva y dispone de un generador automático que salta cuando falla el servicio.

«Cando hai avaría en Triacastela ou Becerreá, xa sabemos que quedaremos sen luz, prexudícannos os cortes de toda a comarca», añade la hostelera, que sentencia resignada: «Somos o último recuncho».

En Piornedo, los cortes de luz se miden por horas, aunque han tenido alguno de dos días. «Sempre que chamas aos de avarías, andan lonxe», dicen en el hotel.

Esperanza vive en la casa 14 del pueblo. Mientras realiza un ejercicio tan ecológico como es tender la ropa al sol, explica que en su casa no falta nunca el cargamento de velas. «Segundo veña o temporal xa sabemos que quedaremos a escuras -señala-; se vén moito aire, cortan; cando chega o día, amañan».

Un poco más arriba, subiendo la cuesta, está la Cantina Mustallar, que es un establecimiento de turismo rural propiedad de Albino Rodríguez. El hijo de Albino, Andrés, trabaja en la ampliación del establecimiento, en el que el único detalle que desentona con el acabado de la obra es la calidad de la línea eléctrica. Con la nieve o con el viento, en su casa echan mano de un generador que funciona conectado a la toma de fuerza de un tractor, y que usan como último recurso. «Temos que ter coidado cos conxeladores, que o que hai dentro estrágase rápido», dice Andrés.

A pie de obra, la voz autorizada de José Fernández, que tiene su taller de electricista en Navia, indica que el problema es que la instalación general que llega al pueblo es preconstitucional, anterior en muchos tramos a 1975. «Hai moitos sitios prexudicados, aínda que nalgúns van reforzando», dice José, que piensa en lugares como Moreira, Robledo, Borzoado, Ardevila o Sabadelle. «Pero cando empeza o chiqui chaque... ¡Alá foi!».