El último rayo de sol de Europa se va por Touriñán


Es sabido que en la Costa da Morte está, desde tiempos de los romanos, y geológicamente mucho antes, el fin de la tierra conocida, el Finis Terrae, con el cabo Fisterra como estandarte o cabeza de ballena que se hunde en el mar, que así se ve desde la bahía. Dos (largas) veces al año este territorio es, además, el finis solis . El lugar donde muere, hasta el día siguiente y por el otro lado, el último rayo de toda la Europa continental. Las islas, claro, no cuentan en este trono honorífico en el que las Azores tendrían todo de su parte.

Esta privilegiada posición de Touriñán (pues este y no Fisterra es el extremo absoluto), en Muxía, de interés para los geógrafos, los poetas y los curiosos por las maravillas del mundo, se produce justo desde esta semana. En concreto, desde el día del equinoccio de primavera, que esta vez cayó en Jueves Santo. Desde entonces, y hasta el 25 de abril, el sol se va definitivamente por ahí, dejando atrás el faro de Touriñán. Unas décimas de tiempo más tarde que en el cercano cabo da Nave o la propia punta de Fisterra, a escasa distancia. La Nave, la cola de la ballena, el monte en el que se estremeció el romano Décimo Junio Bruto ante un atardecer especialmente flamígero, hunde su silueta rocosa en el Atlántico a nueve grados, 17 minutos y 53 segundos de longitud oste (9?° 17' 53''). Touriñán está en la marca 9?° 18' 00''. Por siete segundos de arco, que a pie de acantilado son unos metros. Como la trayectoria aparente del Sol, que por estas latitudes (entre los 42 y 43?° Norte) corre a una velocidad que, caprichos de la ciencia, es la misma que la del sonido. O, lo que es lo mismo, 340 metros por segundo.

Pero el tema no es ese, es otro: ¿cómo es posible que, sin ser Touriñán el extremo más occidental de la Vieja Europa, durante algunos días sí sea el último atisbo de la jornada en el que buscar una sombra?

En efecto, ese occidente total hay que buscarlo más al sur, en el cabo da Roca, a nueve grados y 30 minutos. Si la superficie fuese plana y pudiese compararse -que no se puede-, unos 16 kilómetros más hacia el Oeste. Por tanto, debería brillar por ahí el último rayo. Sin embargo, la Tierra es como es y, necesariamente, no ocurre lo que dicta la lógica. Todo depende de la época, puesto que el eje de rotación del planeta varía su posición relativa con respecto al Sol a lo largo del año. En el equinoccio, como acaba de ocurrir, la luz del astro se reparte de manera equitativa entre los dos hemisferios: el norte empezará a recibir más luz, al tumbarse más al Sol. Tanto se tumba que, como es sabido, el Polo Norte disfrutará de seis meses de día perpetuo, hasta el 22 de septiembre, equinoccio de otoño.

Claro que el Polo Norte no es Europa, así que no compite con Touriñán, pero lo que está cerca y lo es, sí. Por ejemplo, Vardetangen, el extremo oeste noruego, a 4?° 56'', cerca del cabo Stad. Y, desde luego, el extremo septentrional: el cabo Nordkinn, cerca del mítico cabo Norte. Es obvio que, a medida que avancen los días, esta zona le ganará la batalla al de Muxía, sobre todo porque, por ejemplo en el Nordkinn, desde el 11 de mayo y hasta el 31 de julio, nunca será de noche. Así no hay puesta de sol que valga. Touriñán perderá el puesto privilegiado un poco antes, el 25 de abril. La última luz de Europa, ese día, brillará en Vardetangen. Tres días después, Nordkinn coge el relevo.

A partir del solsticio de verano, pasará lo mismo, pero al revés. Y del 13 de agosto al 22 de septiembre, Touriñán será de nuevo el rey. El rey Sol.

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