Sería difícil hacerlo peor

Un recorrido de más de mil kilómetros por la costa gallega muestra los mil y un disparates arquitectónicos que dejan poco lugar a la esperanza de recuperar un paisaje tan único como maltratado. Galicia se juega conservar el litoral que le queda o extender un modelo suicida


En Galicia no hay hoteles de 24 plantas asentados sobre un acantilado costero, como el del Algarrobico, que ha dado la vuelta a España en todos los telediarios como imagen de la invasión urbanística feroz de la costa andaluza. No, en Galicia es peor.

La versatilidad de los nuevos materiales de construcción ha convertido los pueblos costeros en un desastre que combina medianeras de ladrillo, tejados de uralita, cierres de aluminio, muros de bloques y revestimientos cerámicos de fachadas. Todo ello sin que los edificios que los lucen estén mínimamente ordenados sobre el territorio.

Ahora, tras prometer barrer de ladrillo setecientos kilómetros de costa mediterránea, el Ministerio de Medio Ambiente quiere trasladar la experiencia al litoral atlántico de Galicia. La ministra Cristina Narbona ha prometido un diagnóstico milimétrico de la situación. La Voz ha recorrido durante esta semana más de mil kilómetros de costa gallega; desde las Rías Baixas hasta Ribadeo. En muchos casos, la medida llega demasiado tarde. Un enjambre de cemento encarcela ya buena parte del litoral.

A falta de hoteles que aspiran a rascacielos y que hunden sus cimientos en la playa, Galicia satura su costa con miles de chalés, edificios y paseos marítimos. La Lei de Medidas Urxentes en Materia de Ordenación do Territorio e Protección do Litoral, aprobada en febrero y que prohíbe de forma temporal construir a menos de 500 metros de la costa en toda Galicia, es la respuesta del Gobierno gallego al desastre.

Pero muchos ayuntamientos parecen no estar de acuerdo. El resultado es una judicialización del urbanismo. Eso es precisamente lo que se trata de evitar con el plan del Gobierno de España, que ha dispuesto una línea inversora de cinco mil millones de euros para llegar a acuerdos amistosos con los propietarios de terrenos costeros a efectos de preservarlos de su edificación masiva. Pero mientras el Ministerio de Medio Ambiente trata de llegar a pactos en el Mediterráneo, las grúas colonizan la costa gallega.

La Xunta ha echado el freno en municipios como Foz, donde se quieren evitar 1.345 pisos; en Sanxenxo, con 430 chalés en entredicho, o paralizando otras 532 viviendas en Cervo. Son solo algunos ejemplos. Entretanto los alcaldes se inhiben por temor a que el resultado sea una indemnización a los promotores y constructores insoportable para unas arcas municipales que han visto en el urbanismo el remedio a todos sus problemas de financiación.

La ministra Cristina Narbona anunció esta semana en Luxemburgo, entre elogios a la legislación Gallega, que continuará invirtiendo en la compra de fincas costeras y que será inflexible con las construcciones ilegales.

Pero la flexibilidad o no de los gobiernos depende también de los resortes legales que tocan los constructores. En Malpica, una de las paradas de La Voz en su chequeo a la costa, un juez investiga si cuatro licencias urbanísticas concedidas por el Ayuntamiento se ajustan a derecho. Cuatro en un enjambre de cientos de viviendas que suponen, a los ojos del visitante, un desorden total.

Y en la colmena serpenteante de edificios, calles de pavimento de hormigón y la construcción sin criterio, una oferta: «34 apartamentos en la playa». En realidad están coronando el pueblo. Quienes compren los que tienen vistas al oeste verán un Atlántico bravo. Los de los pisos que dan al sur serán testigos privilegiados de cómo las grúas continúan comiéndose lo que un día fue un pueblo marinero. No se ven hoteles de veinte plantas. No. Es, definitivamente, peor.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
3 votos

Sería difícil hacerlo peor