Las dos balas de Rashmi

Pablo González
Pablo González OLEIROS

GALICIA

GEMMA SANZ

Los quince niños palestinos que visitan Galicia vieron el mar, intentaron familiarizarse con el pulpo y, sobre todo, trataron de desconectar de la tragedia que dejaron atrás

02 ago 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

Rashmi, con tan sólo 15 años, ya tuvo dos balas alojadas en su cuerpo. Una, entre el esternón y el estómago. Otra, en la clavícula. El proyectil que los soldados israelíes le incustraron cerca del hombro en plena intifada palestina en el campo de refugiados de Al-Fawwar (Hebrón), apenas le deja mover el brazo. El otro día, cuando un mago invitó a hacer juegos de manos a los quince niños palestinos que pasan estos días en Galicia, Rashmi se quedó con las ganas. Por desgracia, su brazo no entiende de magia. Ayer, invitados por el Concello de Oleiros, los chavales corrieron ilusionados hacia la orilla del canal frente al castillo de Santa Cruz. La mayoría era la primera vez que veía el mar, aunque algunos, como Hala, una niña triste de ojos verdes alegres, decía que lo que más le había impresionado eran los ríos gallegos. Rashmi se paró un rato sobre el puente de madera que une la isla con Santa Cruz. Se quedó por unos momentos mirando el mar. Podía verse el fondo. Sin embargo, Rashmi exclamó en árabe: «¡Qué profundo es!». Otros ya lo habían visto: ese Mediterráneo domesticado que baña las tierras de Gaza. Instantes después, Rashmi se puso a bailar una música de discoteca inaudible. Es un gran bailarín. A Mahmoud sus amigos le llaman Titi. Los bloqueos con los que los israelíes castigan a los campamentos de refugiados le han dejado con tan sólo 23 kilos de peso a sus 12 años. Sin embargo, tiene una sonrisa que encandila y bromea con sus amigos sobre quién ha conseguido ya más novias gallegas. Mahmoud escribe su nombre en un papel. Está alfabetizado, pero desde que los tanques israelíes se empeñan en complicarles la vida, ya no va al colegio, como confirma su profesor, Jamil Derbashi. «Llevan casi dos años sin tener una educación normalizada», afirma. Todos se preguntan si alguna vez habrá una generación palestina que crezca en paz. Rashmi hace gestos que imitan los métodos para tirar piedras a los tanques israelíes. Primero, como si tuviera una honda. Después, con su brazo sano. A pesar de las dos balas, Rashmi asegura que no tiene miedo a los soldados hebreos. «No quiero la paz si Palestina no es libre; los judíos no pueden desear la paz cuando se dedican a matar niños», dice. Rashmi tiene otros cinco hermanos. Uno está preso en una cárcel hebrea. No pueden ir a visitarlo, tan sólo pueden comunicarse con él por teléfono, en las raras ocasiones en las que les dejan que esos aparatos funcionen. Calles sin soldados Ghaleb Jaber, el empresario palestino radicado en Santiago que hace de anfitrión de estos niños «en tratamiento de desconexión», comentaba ayer que lo que más les sorprendía era ver que por la calle no hay militares. «¿Por qué no hay soldados?», preguntaba un Mahmoud sorprendido, casi tanto como cuando miraba con los ojos desbordados un pino radiata de cien años que crece en la isla del castillo. Quizás sea el árbol más grande que vea en su vida. Tanto Rashmi como Mahmud hacen el signo de la victoria con cierto automatismo y saben como tocar las cuerdas que hacen sonar los argumentos políticos palestinos. Durante estos cinco días en Galicia, han recuperado alguna que otra sonrisa. Lo expresaba Samoud, una de las niñas, con una frase que producía escalofríos. «Estos días en Galicia nos devuelven un poco de nuestra juventud perdida», comentaba emocionada. Samoud tan sólo tiene 12 años. Un día los monitores les llevaron a ver un espectáculo de pirotecnia. Algunos niños salieron llorando pensando que las bombas israelíes también llegaban hasta Santiago. Pero ayer, ante la comida que les prepararon en el Centro de Formación de Oleiros, se oían las carcajadas. Aunque, todo hay que decirlo, el pulpo no fue demasiado bien recibido por los chavales. El menú constaba de aperitivos, dos platos y postre. Pero sus estómagos se llenan con mucho menos. «Quizás sea demasiado para ellos», admitía Esther Pita, alcaldesa de Oleiros, que poco antes no podía disimular su emoción ante los poemas que recitaron en árabe. Poesías que hablan de niños que se despiertan por la mañana y ven que su padre no está porque se lo llevaron los israelíes. Mientras comían, María Vila, verdadera factótum de este viaje de alivio, pedía ayuda para un proyecto que pretende instalar Internet en los campos de refugiados. Poco antes, una niña aclaraba que la vuelta a casa no será traumática. «No hay mayor felicidad que estar entre los nuestros», dijo.