«Pagábannos 2.500 pesetas á semana; era toda unha fortuna naquela época»

Lucía Vidal
Lucía vidal REDACCIÓN / LA VOZ

LA GALICIA ECONÓMICA

Álex López-BenitoLucía Vidal

Extrabajadoras de conserveras gallegas rescatan del olvido sus experiencias laborales

27 ene 2019 . Actualizado a las 17:07 h.

Son historia viva de Galicia. De su industria, escrita con nombre de mujer, aunque muchas no figuren en los libros. Protagonistas de una revolución, como la que vivió el Reino Unido en la segunda mitad del siglo XVIII, aunque más tardía y silenciosa. El proceso de transformación económica, social y tecnológica fue sostenido, en nuestra comunidad, por ellas, las de la Fábrica de Tabacos en A Coruña primero (donde llegaron a trabajar más de mil quinientas cigarreras) y las de la industria conservera después.

Dolores García Martínez, Elsa Torres Citoula, Isabel Barcia Gerpe y María Cabrejo Soto pertenecen a esta última. La de Caamaño, Massó, Goday... «Chegou a haber oito fábricas en Muros e máis de doce en Cariño» -apunta la historiadora Encarna Otero-, con su correspondiente tejido en forma de comedores, guarderías, bibliotecas o centros sociales. Todo un universo fraguado entre sardinas, mejillones y bonito. Fuertes, luchadoras -«foron as sindicalistas do mar do século XX» reclama Otero-, orgullosas, portadoras de la dignidad que les otorgó su trabajo.  

Sin horario ni vacaciones

Cerdeimar, en Camariñas, fue el bautismo conservero de Maruja, ya cumplidos los cuarenta. Antes había trabajado cosiendo y bordando, primero en un comercio, después en casa, pero claro, «non se gañaba moito». Un día su vecina, y luego compañera, Isabel la arrastró. «Non me paraba de dicir ‘‘Vente, vente’’, e fun». Y tanto que fue. No quedó ningún proceso sin tocar: «Coser, encher, empacar, subir peixe, facer bolsas, pelar...». 

«Sabías a que hora entrabas, pero nunca cando saías»

Elsa tenía algo de experiencia previa en el mundo de la empresa. «Xa traballara nunha fábrica de punto». Y de ahí, nada más cumplidos los 15, saltó a Congelados Paquito, en Boiro. Solo tiene palabras buenas para su estancia en la factoría en la que llegó a cumplir la mayoría de edad: «Todas eramos moi compañeiras. Amigas, incluso, coas que logo coincidías na sala de festas os domingos».

Imagen antigua de la fábrica conservera Massó, en Cangas
Imagen antigua de la fábrica conservera Massó, en Cangas

La incursión laboral de Lola en la conserva también fue, como la de Maruja, tardía. Tenía 42: «Carretaba o peixe que traía meu home e mais facía de panadeira». Su hija aún no había cumplido los 16, entonces requisito para trabajar en la fábrica, así que se apuntó ella y la cogieron. «A min encantábame o tubo e xubileime no tubo. Todo o día de pé e xamais estiven enferma». Isabel no era ni una adolescente (tenía solo 13 años) cuando empezó a «carrexar gaiolas de ferro». Un trabajo duro y frío -«estabas todo o día mollada»- y sin horarios ni vacaciones: «Sabías a que hora entrabas, pero non á que saías. Se cara á noite descargaban mercancía, pois había que quedar».

«A alternativa era emigrar a Suiza. Cobrabamos moi ben e eramos felices»

¿Conformismo? No había nada mejor a lo que agarrarse: «A alternativa era emigrar a Venezuela, Uruguai, Alemaña ou Suíza». Con la pátina del tiempo, y quince años después de la jubilación, la nebulosa de los recuerdos solo hueco para la felicidad: «Cobrabamos moi ben», reconoce Maruja, un extremo que confirma Isabel: «2.500 pesetas á semana. Eran moitos cartos para a época. Máis que o que podía recibir un albanel ou un carpinteiro. Mariñeiros que andaban ao mar cobraban menos ca nós». «Ata podías aforrar algún cartiño», añade Lola. Sin embargo, esa bonanza económica que disfrutaron no se tradujo en un retiro acomodado. Isabel solo cotizó 15 de sus 52 años trabajados. Su pensión roza los seiscientos euros. Lola apenas llega a los 400 y cobra unos trescientos de pensión de viudedad. «Dúas pensións xuntas non fan unha», se queja airada Isabel. Lo normal en su época era «asegurar como moito a seis traballadoras de toda a fábrica». Elsa, en cambio, sí que estuvo asegurada, aunque «nunca tiven contrato». 

El sobre

«Era moi importante porque che servía para gobernar a vida. Ías ao supermercado e enchías a neveira para toda a semana. Calzabas os fillos, algo de roupa que necesitaras, recibos da casa...», enumera con nostalgia Isabel. Las que aún no estaban casadas, caso de Elsa, se lo entregaban a los padres: «Corría o ano 72. O que cobrabas dábasllo a teus pais», recuerda. «Eu voaba-replica Isabel-. Collía a corredoira no canto da estrada para evitar tanta xente, porque tiña medo de que me roubaran. Ía no aire. Xamais lle quitei un peso a miña nai, que andaba a lavar nas casas. Meu pai estaba enfermo. Grampaban o sobre e eu non lle quitaba nin un gancho». Isabel se llevaba a sus dos hijos a la fábrica «e ao chegar pola noite aínda facía as camas». Una vida dedicada en cuerpo y alma a la familia y al trabajo: «Non sei ler nin escribir, pero sei firmar, eh? Non teño que poñer o dedo», matiza. 

Ratos para el ocio

Tan solo había un día libre a la semana: el domingo, una jornada que repartían entre «a sala de festas, o baile no salón ou no casino», o simplemente con una baraja de cartas en el castillo o en la playa: «Chapuzón non, porque non tiñamos traxe de baño», replica Isabel, que recuerda cómo una vez le cogió un camisón a su madre para ir al río: «Levei un biso, e claro, cando estaba na auga, aquilo ía para arriba, escorría...». Elsa compara el trayecto en autobús desde casa a la fábrica -veinte kilómetros- con una excursión escolar: «Para min era unha festa. Iamos fumando, cantando, metiámonos coa xente que viamos pola fiestra». El transporte lo pagaba la empresa.