Viviendo el fútbol sin reloj: los eternos de la Preferente gallega

Iván González, Xurxo Bouzo, Doro e Iago Castro son cuatro de los futbolistas de la categoría que militan, rondando los 40 o ya en ellos, en equipos de su tierra natal

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Los caminos del fútbol suelen ser inescrutables y, cada vez, más esquivos al sentimentalismo. Pero parte de ese espíritu, del que aún pervive, aparece cada fin de semana en los campos de la Preferente gallega. La categoría acoge a un sensible número de veteranos que militan en equipos de su tierra natal para encarar lo que, por sus carnés de identidad, se podría intuir como las rectas finales de sus carreras. Ocurre que muchos se abrazan a la filosofía de Simeone para eludir hablar de un adiós definitivo. Precisamente, por disfrutar de ese partido a partido.

A sus 38 años. Iván González (Pol, 1979) sigue marcando con el Castro. Nunca dejó de hacerlo, pero reconoce que al concluir la temporada pasada no contaba con continuar. «La familia te tira», explica. Es su tercer curso consecutivo en el cuadro lucense tras volver de As Pontes, a donde había partido precisamente desde su equipo actual. «Tuve hace poco a un niño y a una niña y había que acercarse a casa. Ahora vivo en Lugo, estoy a 15 minutos y es prácticamente como si fuese mi casa», reconoce.

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Allí, en una localidad de poco más de 5.000 habitantes, quiere pelear por volver a Tercera: «Queremos intentarlo otra vez. Hace dos años ascendimos y fue un gran logro. Me gusta mucho entrenar y nunca dejé de jugar, pero salir a las ocho del trabajo y entrenar a las nueve es casi lo único que podía hacer para desconectar. Además, renovamos bastantes jugadores y este año ficharon a un entrenador que para mí fue un aliciente». La incógnita queda en el aire al sondearle sobre sus planes a medio plazo: «¿Si este año es el último? Depende. Nunca se puede decir que no rotundamente», sostiene entre risas.

A ese cortoplacismo también remite Doro (Santa Comba, 1977). Ya en la cuarentena, el eterno capitán del Xallas habla de familia, de cercanía y, sobre todo, de sentirse querido. Son los factores que le dan la gasolina para seguir compitiendo en el equipo verde. Dos roturas fibrilares le han restado minutos este año, pero nunca fue de bajar su listón de exigencia y, por eso, lo tiene claro: «Si puedo seguir aportando números al equipo, estupendo mientras el cuerpo aguante y los entrenadores confíen en mí. Y no es la Preferente de antes, donde los equipos pagaban realmente bien y te daba para muchas cosas. Ahora también valoras jugar con amigos con los que disfrutas estas últimas patadas por dar».

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Años atrás, cuando se despidió para poner un paréntesis en el Dumbría, aludió a la necesidad de creer en el futuro mirando hacia abajo. A las categorías inferiores y a los futbolistas de la comarca criados en casa. Ahora, de vuelta en Fontenla, su filosofía no ha variado y ve complacido cómo varios de los que asomaban la cabeza a su marcha ya se han asentado en el equipo: «Lo de seguir también es por los chavales que llegan. Me respetan mucho, y me motiva que me vean como el capitán, como alguien que tira del carro. Te da fuerzas para estar a su lado y aprender de ellos en el día a día».

A pocos kilómetros de Santa Comba, en el campo de O Conco, la brújula y el brazalete lo lleva un viejo amigo de Doro. «Es un tipo que merece la pena conocer», avisa antes. Iago Castro (Aarau, Suiza, 1979) llegó con 23 años al Dumbría, y ya no se fue. Ahora, tiene 38 y reconoce que «no jugar me trastoca la semana». Tuvo ofertas para irse, pero valoró la proximidad al núcleo parroquial donde se crió, Ameixenda, y la cálida acogida en el equipo que ahora comanda, inmerso en la lucha por la salvación y con él como titular: «Voy mirándome año a año. Y la gente de Dumbría me acogió como si fuese de su casa, por eso nunca tuve dudas e intento corresponder».

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Que el calor y jaleo de las gradas es un aliciente a poner sobre la balanza es algo a lo que también alude Xurxo Bouzo (Ourense, 1978). Hablar de Xurxo en la refundada U.D. Ourense no es hacerlo de un cualquiera, porque él ya jugó en O Couto en los años del club en Segunda B, cumpliendo el sueño de saltar al césped que veía como aficionado desde pequeño. «Va en mi esencia», resume con orgullo. La gente no le ha olvidado, tampoco su esfuerzo actual. Por eso le veneran: «Este año ya tenía mis dudas de continuar, pero el apoyo que me brinda el público me tiene sorprendido». Como Chechu o Adolfo antes, sigue mirando hacia arriba: «Ahora, a por la Tercera, que es lo mínimo para este equipo».

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A dos meses de soplar las velas de los 40, el melenudo zaguero ourensanista insta a echar un vistazo a pasado y porvenir para que el proyecto nunca zozobre: «Hubo que empezar desde Tercera Regional yendo sin cobrar a campos de tierra en los que te jugabas el físico. Y vamos a ascenso por año desde los últimos cuatro». En esa resurrección de vértigo, no se le escapa a Xurxo que reverdecer laureles pasa inevitablemente por enraizar al club entre los que aún no peinan canas. «Queremos dotarlo de identidad de cara al futuro. Aunque las prioridades de los chicos también han cambiado. Ni el deporte ni la sociedad de ahora son parecidos a los de antes, pero siempre tuvieron virtudes y defectos en cada época», apunta sin resignarse. Tal vez, por aquello de que en el fútbol y, en especial, las despedidas, nada está escrito.

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