Veinte años de aquel golazo al machismo

Rebeca, Diana, Rosa y su club, el Furia, doblegaron con su empeño una normativa absurda


vilagarcía / la voz

Todo arrancó en septiembre de 1997, cuando el Furia decidió alinear en su equipo cadete a tres chicas. Sus nombres: Rebeca, Diana y Rosa. Ellas tres, y el empeño de su club, consiguieron doblegar una normativa absurda que impedía alinear equipos mixtos en la categoría cadete. Aquel golazo al machismo futbolero no se plasmó hasta varios meses después, cuando el Comité Galego de Disciplina Deportiva les dio la razón.

Rebeca, Diana y Rosa habían acudido aquel verano a hacer una prueba y el entrenador dio el visto bueno para que formaran parte del equipo cadete. El club estaba de acuerdo, sus compañeros de equipo también, pero la Federación Gallega no. Y ahí empezaron los problemas. El Furia tramitó las licencias de las tres pero no regresaron a la sede. Pese a ello, la entidad de Valga decidió alinearlas en los tres primeros partidos del campeonato. No hubo mayores problemas, pero al cuarto encuentro ya no las dejaron jugar. La federación argumentaba que no contemplaba la participación de equipos mixtos en esa categoría.

Comenzó ahí un duelo a ida y vuelta entre el club y los distintos comités hasta llegar al Gallego de Disciplina Deportiva. La Federación planteaba, además, que existía una competición de fútbol femenino en la que tomaban parte seis equipos y a la que venía a invitar al club de Valga. a que se presentara. Una competición que se creó, según reconocía el organismo federativo, a modo excepcional y con la intención de evitar lo que se le venía encima.

El fallo del Comité Galego de Disciplina Deportiva fue demoledor. Apuntaba que el ente federativo estaba obligado a respetar la no discriminación por razón de sexo y calificaba de manera muy dura la decisión de no contemplar la participación de equipos mixtos en las categorías cadetes y superiores. «Tal motivación, como dice el recurrente y los profesionales que con sus informes le apoyan, no puede sino calificarse de discriminatoria, ilegal, constitucional y socialmente reprochable pues es negar ab initio que una mujer, por el hecho de serlo, no puede dedicarse a la práctica del fútbol en competiciones oficiales organizadas por una Federación a la que el propio Ordenamiento Jurídico le ha concedido la facultad exclusiva de organizarlas», apuntaba la resolución.

El fallo descartaba que la discriminación pudiera deberse a las diferencias físicas con otro argumento de libro: «Las mayores o menores habilidades carecen de relevancia dentro del fútbol aficionado a los 14 o 15 años y dentro de la edad escolar».

El dictamen

La resolución, histórica, llegó el 24 de abril de 1998. «Se reconoce el derecho de las jugadoras Diana Rey, Rosa Pardal y Rebeca Viñas a jugar fútbol federado en las competiciones cadetes organizadas por la Federación Gallega de Fútbol y, en consecuencia, la obligación de esta de despachar las licencias denegadas si cumplen los requisitos reglamentariamente exigidos prescindiendo de la circunstancia del sexo, sin perjuicio del derecho de la Federación a fomentar la práctica de actividad deportiva diferenciada por sexos cuando así sea demandado por los integrantes de la Federación.

Eran muy jóvenes y quizás no demasiado conscientes del revuelo que se montó con su caso. Veinte años más tarde hacen un diagnóstico pesimista y, sobre todo, reprochan alguna entrevista televisiva en la que el presentador estaba más preocupado por el turno en las duchas y cosas semejantes. «Yo tenía doce años y entre los focos y demás no me enteré mucho pero ahora comentándolo con la familia me dicen que fue algo bochornoso», recuerda Rosa Pardal. Ella estuvo jugando al fútbol hasta hace tres o cuatro temporadas. Lo hizo en el Atlético Arousana tras abandonar el Furia. De aquellos tiempos en Valga recuerda que el trato en los campos solía ser correcto. «Las peores eran las madres, a las que les sentaba fatal que les hicieras un cañito a su hijito», recuerda. «Es una pena, pero no cambiaron mucho las cosas. Hay niñas que siguen sin poder jugar en equipos de niños», dice.

Diana Rey también siguió jugando. En su caso tanto al fútbol como al fútbol sala en la zona de Compostela. Ya se lo dijo en su momento a Alonso de la Torre en una entrevista en La Voz: «Nunca dejaré de jugar al fútbol, lo llevó en la sangre». Ahora, su análisis es demoledor: «Seguimos a ser cousas e non xogadoras de fútbol. Moita xente ven os campos a ver se estamos boas ou non. Escoitas moitas burradas», asegura.

La única que colgó las botas al poco de ganar la batalla en los despachos fue Rebeca Viñas. Su padre y su madre estaban emigrados y su abuelo había jugado en el Furia antes de que desapareciera con la Guerra Civil. De lo absurdo de todo aquello es fiel reflejo lo que le pasó. Su progenitor, con el que había empezado a jugar al fútbol, le mandó unas botas desde Alemania cuando supo lo del equipo, pero ella no pudo estrenarlas por el veto federativo. «Que puideramos xogar foi algo moi importante, aínda que máis tarde eu acabara deixándoo», razona

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