A Lena Dunham se le rompió la fama de tanto usarla

FUGAS

Dunham posa en la alfombra roja de la Gala del Met en mayo.
Dunham posa en la alfombra roja de la Gala del Met en mayo. SARAH YENESEL

Sus memorias, publicadas con el título de «Famesick», no han cumplido como libro de la temporada

04 oct 2026 . Actualizado a las 14:36 h.

Hoxe non é onte. O traducido: lo que en el 2012 era irreverente, necesario y molesto ahora puede ser carne de cañón. Y esto es exactamente lo que le está pasando a Lena Dunham, cuyo legado feminista se tambalea mientras sus memorias se publican a cuentagotas por toda Europa.

Famesick estaba llamado a ser una de las grandes apuestas de la rentrée literaria a este lado del charco tras el éxito cosechado en Estados Unidos. Sin embargo, una torpe —y para muchos incluso cruel— decisión ha sido la peor carta de presentación para un libro que, además, ahora adquiere nuevos matices. Los lectores hallarán en su interior algunos de los mejores chismes del panorama cultural millennial, sí, pero también una exhibición de narcisismo y párrafos explícitos que siembran la duda de hasta dónde puede o debe llegar un libro autobiográfico. Dicen que no hay publicidad mala, y en ese caso la polifacética neoyorquina puede estar tranquila. Su nombre está en boca de todos. Pero el peso de haber sido «la voz de una generación» o, lo que es lo mismo, representante extraoficial de todas esas chicas raras que hoy arrastran treinta y tantos, puede llegar a ser insoportable. Para Lena y para quienes con ella descubrieron que la celulitis, la ansiedad, el fracaso y la desvergüenza podían triunfar en una de las mejores series de HBO.

Casi tres lustros después de que Girls arrasara entre el público femenino gracias a un lenguaje audiovisual innovador en el mainstream, y escenas cotidianas donde las veinteañeras —por fin— rompían los cánones impuestos en sexualidad y belleza, su creadora vuelve a estar en el foco de la polémica. Pero las críticas llegan desde el bando aliado. Hace unas semanas, la también actriz anunciaba en la versión estadounidense de Vogue que había sido madre a través de un vientre de alquiler. Más allá del juicio moral al que la sometieron aquellas que un día creyeron en su genuino feminismo, fueron sus palabras, o la ausencia de ellas, las que hicieron saltar por los aires su estatus de deidad pop. El discurso, centrado en sí misma y en el bebé, obviaba la parte del contrato que había hecho posible que hoy tenga un retoño en sus brazos, dando al traste con esa supuesta sororidad que había vendido anteriormente.

El yoísmo con el que Lena Dunham había amueblado su habitación propia, y que en cierto modo evidenció que incomodar era la única forma que tenía una mujer poco normativa de ocupar espacios, se ha ido pervirtiendo hasta generar rechazo.

Venerada por películas como Tiny Furniture, un referente para los amantes del género mumblecore, y por los punzantes diálogos de todas sus creaciones, ahora capea varios huracanes que podrían, perfectamente, pertenecer al guion de su próxima película. Porque más allá de la polémica por su maternidad, los lectores de Famesick entran sin llamar a una sucesión de intimidades que no solo afectan a la escritora, sino a quienes se han cruzado en su camino. Es el caso de Jenni Konner, guionista, productora y otrora gran amiga de Lena. Sale tan malparada que leer las páginas es como ver un accidente de tráfico y sacar el móvil para hacerle una foto.