André Aciman, autor del fenómeno internacional «Call me by your name»: «El amor que vivimos y se desgastó no merece ser escrito»
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El autor vuelve para presentar en España «Idilio», un libro con cuatro historias marcadas por accidentes minúsculos
18 sep 2026 . Actualizado a las 09:15 h.A ndré Aciman (Alejandría, Egipto, 1951) vivió su adolescencia en Italia hasta que se trasladó con sus padres a Nueva York en 1968. Se graduó en lengua inglesa en el Lehman College, es profesor de Literatura Comparada e imparte clases sobre la obra de Marcel Proust en el Graduate Center de la City University de Nueva York.
—Ha dicho que la inseguridad es buena compañera para un escritor. ¿Cómo se sintió escribiendo «Idilio»?
—Lo escribí en varias etapas: una parte la hice en Roma y la otra en Nueva York. Siempre soy un escritor muy inseguro. No me alabo a mí mismo de ninguna manera. Cuando escribí mi primer poema a los 10 años, lo hice para que mi familia me elogiara. Trato de escuchar lo que piensan los demás, sobre todo mis editores. Casi siempre estoy de acuerdo con ellos. A veces me resisto, pero muy pocas veces.
—Fue expulsado de Alejandría siendo apenas un adolescente. ¿Escribir es su única forma de seguir habitando los lugares que fue dejando atrás?
—Absolutamente. De hecho, le voy a dar un ejemplo mejor: teníamos una villa en la playa, en Alejandría, a la que íbamos todos los años. Lo que hice en Call me by Your Name fue trasladar esa villa a Bordighera, Italia, para poder revivir mi vida como si, por fin, hubiera sido corregida por todo lo demás.
—El destino de los personajes de las cuatro historias de este libro cambia por accidentes minúsculos. ¿Por qué necesitamos que la vida cotidiana se desordene para atrevernos a mirar de frente lo que realmente deseamos?
—Los pequeños incidentes siempre nos han cambiado de muchas maneras, incluso los más insignificantes. ¿Existe una trayectoria en la vida misma que vaya más allá de los accidentes? No lo creo. Tienen un sentido y ocurren a todas horas en nuestras vidas. Tenemos que aceptarlos, y yo desde luego lo hago, sobre todo en mi escritura.
—Dice que los amores importantes son los que no ocurrieron...
—El amor que vivimos y que se desgastó no merece ser escrito, porque fue feliz una vez y después se volvió infeliz, y eso está bien, pero no es material para mi escritura. Yo escribo de los amores que nunca ocurrieron, que pudieron y deberían haber pasado. Uno no escribe sobre canciones felices. Y con el amor pasa lo mismo.
—A estas alturas de su vida, ¿convive en paz con el hombre que es, o todavía le inquietan las vidas que descartó?
—En absoluto estoy en paz conmigo mismo. Sigo reaccionando ante las vidas que no he vivido y que desearía haber vivido.
—Pensando en las vidas que no vivió, ¿a qué se habría dedicado de no haber sido escritor y profesor?
—Sin duda, me habría gustado explorar el negocio del calzado. No me pregunte por qué, pero siempre me ha fascinado el cuero y la gente que hace zapatos con piel. Irónicamente, le transmití esta afición a uno de mis hijos que, además de ser escritor, también es fabricante de zapatos fantástico.
—En la terraza de un hotel, un desconocido le dice que lo conoce de otra vida. ¿Se asusta y se va o le invita una copa para escucharlo?
—Uno no quiere marcharse justo después de una frase así. Podría revelarse que la persona está loca, y en ese caso convendría evitarla, pero eso uno lo va a descubrir de todas formas. O podría contarte algo que nunca sospechaste y que resulta ser cierto, y eso sería maravilloso.
—¿En qué idioma vive cada una de sus emociones?
—La ira siempre es en italiano. Solo el amor y el deseo están en todos los idiomas.
—¿Qué desearía que le ocurriera por dentro al lector cuando lea este libro?
—Espero que encuentren en mi prosa el ritmo correcto para su propia vida. Entre el ritmo de mis palabras y mis frases, a veces, se abre una grieta por la que pueden entrar y descubrir que la persona sobre la que están leyendo no soy yo, sino ellos mismos.