Carlota Visier, autora de «Hija única»: «Los adultos idealizamos demasiado la infancia»

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La autora Carlota Visier.
La autora Carlota Visier. Laura C. Vela

La autora repasa la vida de una niña que, a pesar de crecer en un entorno idílico, padece una gran soledad

28 ago 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

La soledad infantil de quien se cría entre muchedumbres. Así arranca la vida de Irasema, protagonista de Hija única y alter ego de su autora Carlota Visier (Cuenca, 1993), quien repasa a través de pequeños recuerdos, anotaciones en diarios y objetos aparentemente inocentes una infancia atípicamente típica de los años 90. Una vida condicionada por el horóscopo y una madre magnética y obsesionada con retratar el devenir de los días de su hija actúan como centro gravitacional de una niña que crece en un entorno idílico para muchos que, sin embargo, acaba convirtiéndose en una cárcel de oro para ella. Porque Irasema se cría en el Party Fan, un parque de ocio infantil lleno de bolas de colores que regenta su madre y que representa la soledad de las grandes aglomeraciones. Allí, miles de niños acuden para celebrar sus cumpleaños mientras que, la hija única aprende a convertirlo en su hogar, conviviendo con un ruido y unas masificaciones que acaban abocándola al aislamientos.

La nostalgia millennial se entremezcla con otros temas mucho más profundos como la construcción de la identidad, la importancia de los afectos durante la infancia, la cárcel que supone para muchos ese constructo tan de nuestros tiempos que es lo normativo y una ternura que nos permite viajar al epicentro de la infancia a través de los inocentes ojos de Irasema.

­—Dentro de la mirada de la protagonista hay mucho humor, pero también hay una tristeza soterrada que va permeando. ¿Le interesaba trabajar esa convivencia entre la ternura y el desamparo?

—Sí, me interesaba mucho porque creo que es algo muy relacionado con ser niño. A veces se idealiza demasiado la infancia, los adultos entendemos que es el paraíso perdido. Obviamente, es una etapa muy buena y muchas veces nos apetece volver a ese momento. Pero otras tantas, si lo ves con retrospectiva, piensas: «Pues igual no me apetecería tanto en determinados momentos volver a ser niña». Porque, en realidad, tienes que pasar otra vez por formar una identidad, por crecer... Me interesaba que se notara que, al ser hija única, siempre hay un poso de alguna forma de soledad. Tú siempre eres la niña en un mundo de adultos, porque tus compañeros son tu padre y tu madre. En el caso personal de Irasema es algo diferente, porque ella crece rodeada de niños, pero eso no quita que luego en la intimidad y la familia haya un poso de tristeza.

­—En la novela, la infancia no parece como un paraíso perdido, sino como un territorio muy ambiguo que está lleno de imaginación y de momentos muy felices, pero también de aislamiento, de rareza, de tristeza. ¿Tenemos idealizada la niñez?

—Sí, por supuesto. A mí me interesan mucho esos lugares que de alguna forma son siniestros dentro de su cotidianidad. Lo cotidiano aporta mucha ambigüedad y, en realidad, es a veces mucho más siniestro que un suceso de estos lapidario como una muerte.

­—¿«Hija única» es, además de todo lo que hablamos de la infancia, una historia de amor entre madre e hija?

—Totalmente, porque una historia de amor conlleva todo tipo de aristas. No es idílica. Hay veces que una madre puede intentar hacer lo mejor para su hija, pero a veces la hija también tiene que salir de ahí. Y esa lucha por salir de esa mirada materna es también una construcción de identidad. Pero sin duda mi intención era hacer una especie de homenaje a las madres y, en concreto, a las que lo son de hijas únicas.