Nina Lykke: «Somos sociedades prósperas con ''niños'' de 30 años, y padres que se ponen bótox y quieren ser los amigos del alma de sus hijos»
FUGAS
«Dicen que lo único peor que tener familia es no tener familia». En este dilema se mueve con psicología y un sexto sentido del humor la autora de ¿Dónde están los adultos?, una de las escritoras noruegas más leídas... y más lúcidas y a la vez compasivas con nuestras miserias
26 ago 2026 . Actualizado a las 15:41 h.Neuras y traumas, eso es lo que les sobra a los que en apariencia lo tienen todo para ser felices. Y en esa clase de neuras y traumas se mueve la escritura de Nina Lykke (Trondheim, 1965), que le echa humor al drama en forma de novela, con ayuda del criterio de sus dos hijas, las dos psicólogas.
Ida, la protagonista de ¿Dónde están los adultos?, es psicóloga no por casualidad. Esta terapeuta de parejas y madres superadas por la disfuncionalidad de sus retoños de 40 años va por el segundo divorcio. Oye la voz de su madre muerta, sufre por el hijo que no quiere verla y ve el apocalipsis a diario en su consulta: hijos que mandan y padres que obedecen, cuarentones en la adolescencia, parejas que se odian con buenas maneras, madres helicóptero, rarezas hoy normales. Hay lucidez en el diagnóstico de esta novela desesperadamente humana (con un final que no me esperaba...).
—Ha vuelto a romper el halo de mundo ideal que envuelve la sociedad y la familia en el norte de Europa. ¿Cómo se atreve?
—Me parece interesante hablar de los costes que acarrea este tipo de sociedad próspera, que vosotros veis especialmente próspera desde el sur. Uno de sus costes es la soledad. Esta es una sociedad que no cuenta con el estilo de familia propio de las sociedades mediterráneas. Nunca antes había vivido tanta gente sola en Noruega.
—A mayor evolución social, ¿más individualismo, soledad e insatisfacción?
—Una tendencia del ser humano es no estar nunca satisfecho. En sociedades como la noruega, donde el nivel de vida es elevado, aunque hayas alcanzado la cúspide de la pirámide de Maslow de las necesidades, quieres más. Llegada a un nivel de prosperidad, la gente olvida cómo eran las cosas en los 60 y 70 en Noruega.
—¿Tener ciertas carencias hace la vida menos compleja, más llevadera?
—Sí. No hemos venido aquí a divertirnos [título de la novela de Lykke editada anteriormente por Gatopardo]. Hemos vivido en peligro en busca de la supervivencia y de algo mejor. Ahora vamos al restaurante a comer sushi cuando queremos, sin hambre seguimos comiendo... Eso está reñido con el instinto de supervivencia. No estamos hechos para la felicidad, sino para perseguir cosas.
—Eso enlaza con la permisividad. ¿Es imposible divorciarse de los hijos, imposible verlos como seres independientes?
—Dicen que lo único peor que tener familia es no tenerla. La familia puede ser una novela de terror. Ha sido una obsesión de la literatura escandinava desde Ibsen, la familia como zona de guerra. Hay madres de mi generación que están perdiendo el contacto con sus hijos. Esas mujeres hicieron por sus hijos «lo que había que hacer», alimentaron bien, hicieron cursos, les leían cuentos, etcétera... A la protagonista de esta novela su hijo le reprocha que no lo entiende, y si ella le pregunta cómo puede hacer... ¡peor! Hoy no es suficiente tener unos padres buenos, deben ser amigos del alma. Hoy la diferencia de postura política entre un padre y su hijo es motivo de ruptura, cuando antes los vínculos estaban por encima. Podéis pensar que me he vuelto una cristiana conservadora, pero no. Es solo que lo considerado esencial en la familia se ha evaporado en 20 años.
—¿Entre padres e hijos puede haber igualdad? ¿Y entre madres y padres?
—La naturaleza fuerza a hombres y mujeres a vivir la paternidad de formas muy distintas. Yo tengo dos hijas y cuatro nietas, y puedes verte como una mujer independiente y feminista, pero te quedas embarazada y tienes hijos te das cuenta de que la libertad es algo muy escurridizo. En el fondo nunca somos del todo libres. En Occidente ha habido un proceso de infantilización que hace que veamos a los chicos de 20 y 30 años como si fuesen niños. Somos sociedades prósperas ¡que han generado una sobreprotección total de los hijos! Los padres quieren llevarse bien con ellos a toda costa, y eso tiene un alto coste. Ser padres eternamente jóvenes, que se ponen bótox, que son los mejores amigos de sus hijos, constituye una traición a las nuevas generaciones. Eso comienza ya con la generación del 68 y lo que ocurre es que a la larga limita la forja del carácter. Hoy llega a un punto perverso, con una generación de niños sobrotegidos y mimados por sus padres hasta límites insospechados. Es algo que es bonito en el momento, pero a la larga perjudica a los hijos. Ser padre es ofrecer resistencia, precisamente para que se vaya desarrollando el carácter. Me siento carca al decirlo... ¡Ya me he convertido en la señora que habla con la televisión para reñirle al personaje de la serie: ''Así no vas a ninguna parte, tienes que saber decirle que no a tu hijo''!
—¿Peajes de la paternidad tardía?
—Sí... En las sociedades occidentales se tienen los hijos cada vez más tarde, eso es un hecho. Mis padres tenían 20 y 24 años y yo tuve una infancia perfecta por sus imperfecciones. Mis padres no estaban encima y yo con 7 años era ya una persona bastante competente, autónoma. El estándar de paternidad al que se aspira en Europa es muy alto... Tardan en decidirse a ser padres porque alcanzar ese estatus es muy difícil. Cuando se dan las condiciones perfectas para tener hijos, la gente ya no es joven. En cambio, cuando eres padre joven no aspiras a la perfección, y esto es perfecto para los hijos...
«Tinder es una ''obra del diablo'' porque usa nuestros instintos más primarios en contra de nosotros. Los dos sexos, hombres y mujeres, cojeamos por patas distintas»
—Audaz su visión de las diferencias entre hombres y mujeres en lo afectivo y lo sentimental. ¿Somos tan distintos en el amor y el deseo?
—Lo bueno de hacerte mayor es que reparas en cosas en las que antes no reparabas y quizá ya no te haces tantas ilusiones como cuando eras joven. Y eso te permite percibir ese tipo de diferencias a las que aludes, que percibes en base a tu experiencia vital, a lo que has visto y vivido. Por ejemplo, yo no domino Tinder, pero hay un estudio que dice que al meterse en Tinder hombres y mujeres suelen mentir: los hombres dicen que no buscan solo sexo, sino que buscan conexión, y las mujeres que no buscan compromiso. Y es lo contrario, en general, de lo que en general suelen buscar. En este sentido, Tinder es una obra del diablo porque usa nuestros instintos más primarios en contra de nosotros mismos. La investigación muestra que tras una noche de sexo, al día siguiente una mujer suele darle a la cabeza, mientras que el hombre se acaba la noche y no le suele dar vueltas al tarro. También pasa que en las mujeres hay hormonas que actúan con más intensidad, como la oxitocina, que genera vínculo... Pero es cierto que los hombres están sometidos a otro tipo de fuerzas como la libido.
—¿Mueve esa pulsión más a los hombres?
—La libido ejerce un gran poder sobre los hombres y los vuelve fácilmente manipulables. Ahí está la cantidad de casos de hombres poderosos que se han visto manipulados a través de la libido por asistentes y secretarias que han visto en ellos ese punto flaco. Los dos sexos, hombres y mujeres, cojeamos, pero quizá por patas distintas. Todo esto, evidentemente, a grandes rasgos. En toda Europa hemos crecido con la idea de que las diferencias entre hombres y mujeres tienen que ver la estructura social. Pero yo he hablado con mis hijas, psicólogas, y me dicen que es un tema de crianza y naturaleza, de cultura y biología. Somos una mezcla de ambas cosas. Esa ilusión de igualdad absoluta en la que hemos crecido se ve desmentida por la experiencia. Cuando una madre da a luz, desde luego, no la asaltan las mismas emociones que al padre.
—¿Sus hijas, psicólogas, la han ayudado a construir a Ida, la terapeuta de esta novela?
—Sí. De hecho, mis últimos dos o tres libros se los he dado a leer a mis hijas antes de que fueran a imprenta. Especialmente, el último. Mis hijas tienen una formación académica que yo no he tenido. Me va bien exponerles a mis hijas mis teorías y que ellas me ofrezcan una visión más ponderada. Son además de otra generación (tienen 34 y 31 años), y eso me ayuda a estar a estar en contacto con esa franja demográfica y no quedarme encerrada en mi burbuja generacional. Mis hijas son un contrapeso para esa burbuja.