Tras el éxito de «After», la autora explora la sobreprotección materna con una protagonista que quiere vivir a pesar de su trastorno
22 ago 2026 . Actualizado a las 22:27 h.Quién le iba a decir a Anna Todd (Ohio, 1989) allá por el 2013 que aquella actividad lúdica que compaginaba con sus múltiples empleos temporales iba a llevarla a ser toda una estrella en el mundo de la literatura juvenil. Mientras se afanaba por sobrevivir con pequeños trabajos, dedicaba su tiempo libre a compartir en Wattpad con millones de lectores de todo el mundo su historia inspirada en el cantante Harry Styles con una intensa relación entre una joven y un chico malo.
En poco tiempo, mil millones de lecturas llevaron a Todd a ponerse en el centro de la industria editorial más tradicional. Solo un año después firmó un contrato con el gigante Simon & Schuster y, en el mercado hispanohablante enamoró a los de Planeta. De ahí nació After, uno de los pilares del subgénero new adult (romance enfocado en jóvenes que transitan a la vida adulta y universitaria), que ha vendido ya más de 15 millones de copias en todo el mundo y se ha traducido a más de treinta idiomas.
Ahora trae Sunrise. El último amanecer, una novela en la que deja atrás el tira y afloja entre la pareja para explorar la dinámica de un dúo que permanece unido a pesar de todas las tormentas del mundo exterior. Ambientada en Mallorca, Todd ha dejado en esta ocasión un pedacito de ella a su protagonista, que padece el mismo trastorno que su hijo, lo que permitió a la autora explorar sus propias frustraciones y miedos metiéndose de lleno en la sobreprotección materna y las esperanzas.
—Hay un tema que introduce a través de Rye, la protagonista, que me parece algo muy generacional, que es esa sensación de estar esperando a que la vida empiece...
—En el mundo en el que vivimos ahora mismo, muchas de las personas que tienen 20 años han perdido un tiempo muy valioso por culpa de la pandemia y eso les genera muchísima ansiedad tanto económica como social. Tienen que avanzar en su capacidad de interactuar con los demás, en descubrir cuál es su auténtica identidad. Son adultos, pero muchos tienen la sensación de que todavía no lo son y están esperando a que su vida empiece, lo que les crea mucha ansiedad.
—El trastorno que padece Rye no es solo un elemento dramático, sino que le permite tener una forma muy especial de mirar el mundo. ¿Cómo trabajó esa dimensión emocional?
—Sí, tiene mucho que ver con mi historia personal porque mi hijo tiene el mismo trastorno que Rye, pero en una versión bastante más grave. Yo estoy dentro de varios grupos de madres o de niños que viven esto y a menudo me encuentro con jóvenes o adolescentes que se plantean si deberían salir, si deberían tener hijos, porque siempre está ese miedo subyacente a poder transmitir el trastorno, que se cree que se transmite genéticamente. Mientras estaba escribiendo el libro me hice un test genético, lo cual fue una pésima idea, y me enteré de que yo tengo el gen, o sea, que yo le he transmitido esa enfermedad a mi hijo. Y esto agregó una capa más a la problemática que vivo ya en mi vida personal. Escribir el libro fue una manera de dar salida y expresar mis frustraciones, pero también mis esperanzas, porque se puede tener una vida plena a pesar de luchar con estos problemas.
—La sobreprotección de la madre de Rye atraviesa toda la novela. Supongo que le interesaba hablar también de ese miedo de las madres cuando ven que sus hijos son más vulnerables de lo que somos los demás.
—Sí, sin lugar a dudas. Yo en los últimos años me he dado cuenta de que mi hijo es mucho más capaz de lo que pensé que era. Al principio, mi hijo no se vestía solo, no se ponía los zapatos, no sacaba la basura. Y mi marido me preguntaba: «¿Por qué no dejas que lo intente?». Me costó, pero lo intenté. Hoy en día se viste solo. Me di cuenta de que lo que estaba haciendo era evitar todas las circunstancias que lo pudieran llevar al fracaso, cuando el fracaso en realidad es una parte importantísima de la de la vida. Yo quería que la novela transitara por estos espacios.
—Siempre sobrevuela sobre este género la impresión de que es el hermano pequeño de la literatura y, sin embargo, entre los más vendidos hay novelas que cuentan, como usted, historias de amor. ¿La crítica literaria sigue mirando con prejuicio las ficciones románticas escritas por mujeres?
—Siempre hay una opinión bastante negativa de cualquier tipo de producto que sea del gusto de las mujeres. Se ha convertido en un recurso bastante usual para que los críticos lo descarten con facilidad. No hablo solo de literatura, sino también de películas o de música. Hay una cosa que me parece importante y es que nunca he conocido a un hombre emocionalmente inteligente que descarte o que desprecie este tipo de literatura.