Jorge Navarro, letrista y bajista de Biznaga: «Si nuestras canciones soportan mal el paso del tiempo, me alegraré»

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Jorge Navarro (primero por la izquierda, sentado) junto al resto de la banda
Jorge Navarro (primero por la izquierda, sentado) junto al resto de la banda Cristina Pontijas

Llámale punk o llámale canción protesta contemporánea. La banda madrileña, punta de lanza de una generación que ha devuelto las guitarras y la pulsión social a los escenarios, actúa el sábado en el festival SonRías Baixas

31 jul 2026 . Actualizado a las 15:33 h.

Melodía, discurso y actitud. En el certero equilibrio en la combinación de estos tres elementos se ha basado Biznaga para articular una suerte de excitante canción protesta contemporánea, que en lo musical asume sin complejos sonoridades y registros del rock, del punk y del pop. Y así lo vienen haciendo desde el 2012, cuando parecía que la bandera del compromiso y de la denuncia social solo ondeaba en otras latitudes sonoras. De alguna manera, Biznaga fueron la punta de lanza que abrió camino a una generación de bandas (Carolina Durante, Alcalá Norte, Shego, Arde Bogotá...) que devolvieron las guitarras a los escenarios de los festivales y que hoy ocupan las cabeceras de sus carteles.

Jorge Navarro, letrista y bajista de Biznaga, apunta al respecto que «hay muchos grupos interesantes haciendo cosas en estilos diversos, pero sí, bajo ese paraguas amplio y heterogéneo que es el rock, se están haciendo cosas interesantes y se está tratando de retratar la realidad que nos rodea. Y en esa realidad no todo es color de rosa, sino que también hay sombras. Biznaga no rehúye ese envite sino que lo acepta gustoso. Porque vayas a hablar de lo que quieras hablar, vives en una sociedad, formas parte de una colectividad y te afectan los problemas igual que a cualquier otra persona».

Biznaga actúan el sábado 1 (a las 19 horas) en el festival SonRías Baixas, en Bueu, en la misma jornada que La Pegatina, La M.O.D.A., Sonido Gallo Negro o Gara Durán.

—En la realidad actual, ¿ven más luces o más sombras?

—Hay de todo. La realidad es muy compleja. Nosotros tratamos de abordar los problemas no con un enfoque simplista sino con varias lecturas y desde ángulos diversos. Siempre dándoles una profundidad y no subestimándolos. Por eso trabajamos tanto las letras. Porque si te vas a meter en el lío de hablar, por ejemplo, sobre el problema de la vivienda más vale que lo hagas bien. Desde luego, es mucho más sencillo hacer un tema lleno de rabia y cagándose en todo que uno que apele a emociones positivas y que no suene cursi ni manido. Pero, por otro lado, también hay mucha mierda a nuestro alrededor, y nosotros, de toda la vida, hemos tenido bastante facilidad para detectar esas sombras y subrayarlas en una canción.

—Con todo, Biznaga se sitúa en las antípodas del panfleto gracias a la lírica de sus letras.

—Es algo en lo que me esfuerzo mucho y a veces me cuesta hasta la salud. Entregar una canción terminada que esté a la altura de un oyente exigente o inteligente, a veces se convierte en una obsesión.

—Biznaga hace un retrato de la sociedad y de la realidad, pero ¿qué más pueden hacer los músicos ante eso?

—Yo creo que ya es importante aceptar el envite de que somos parte de una sociedad y que la música, y la cultura en general, no es ajena a ella. Lo que podemos hacer los músicos es ayudar a mantener determinados temas encima de la mesa. Y ya no solo en las canciones sino pronunciándonos en entrevistas o haciendo militancia activa. Más allá de nuestra música, como personas, somos seres políticos.

—Cuando les pregunto a otros músicos que no tienen esa componente política o social ?lo cual es absolutamente respetable? por qué no la incluyen en sus canciones, casi todos contestan que es que las canciones políticas soportan mal el paso del tiempo.

—Pues si soportan mal el paso del tiempo será una buena noticia, porque significará que esos problemas ya han sido solucionados. De lo cual me alegraré, porque prefiero que determinados problemas se solucionen a que mi canción soporte bien el paso del tiempo. Pero, dramáticamente, ocurre todo lo contrario. Las canciones de nuestro último disco, ¡Ahora!, las escribimos en el 2023. Estamos en el 2026 y esos problemas no solo no se han solucionado, sino que se han recrudecido.

—Hablan de vivienda, de precariedad laboral, de la IA y la digitalización abusiva, de salud mental..., pero ¿cuál es la mentira más grande que nos han colado?

—Lo del asunto de la vivienda es central. Y para nada es un problema solo de los jóvenes. Afecta a todas las edades. Es intergeneracional. También es importante seguir hablando de cómo está planteado el trabajo asalariado, sus condiciones, su ética, por qué trabajamos, cómo trabajamos y qué obtenemos de ese trabajo. Cualesquiera de ellos son temas muy importantes. Tan importantes como el amor. O sea, que no van a envejecer mal.

—¿Y cuál ha sido «la gran renuncia»?

—Haber renunciado a la posibilidad de que las cosas puedan ser de forma diferente. Ese derrotismo, ese desencanto, ese no ser capaces de imaginar otras formas posibles. Haber agachado la cabeza y aceptar condiciones cada vez peores. El que nos hayan convencido de que no hay alternativa y de que esto es lo mejor que podemos tener, es una gran renuncia.

—Y ya que «Bremen no existe», como dicen en una de sus canciones, ¿dónde está ahora la esperanza?

—En no claudicar. En que no hayan colonizado totalmente nuestra mente y nuestro estado de ánimo. En que no hayamos tirado la toalla del todo y todavía seamos capaces de pensar que se pueden conseguir cosas mejores. Esa es la primera piedra para poder accionarnos. Porque si se carece del ánimo, la determinación y la convicción de que otras cosas pueden ser mejores que las que tenemos, entonces ya apaga y vámonos.

—Siempre que se habla de esperanza se pone la mirada en la generación Z. Musicalmente, ¿los ve comprometidos?

—Hay de todo. Hay despolitización, desmovilización y desclasamiento, pero como en cualquier otra franja de edad. Yo no quiero demonizar a los jóvenes. También hay gente muy posicionada, muy movilizada y con las cosas muy claras. ¡Ojalá las hubiera tenido yo así de claras a su edad!

—Le he escuchado varias veces recordar que los derechos de los que disfrutamos ahora no nos los dieron gratis, sino que hubo mucha gente que luchó antes para conseguirlos. ¿Qué derechos cree que ahora mismo están en peligro de extinción inminente?

—Estamos viviendo el ocaso de un tiempo y un claro desmantelamiento del estado del bienestar. El ocaso de lo público se impone en favor de lo privado. Siento que todas esas conquistas a nivel laboral, educativo y sanitario están ciertamente amenazadas.

—¿Se consideran unos provocadores?

—No es nuestra intención. Bueno, provocar, sí. Provocar algo de conciencia, que determinados debates sigan vivos, provocar que la gente le dé una pensada a las cosas... Pero esa otra provocación facilona e infantil, desde luego que no.

—¿Cómo se llevan con Galicia?

—Es una tierra que queremos y apreciamos y a la que llevamos yendo desde una primera incursión que hicimos en su momento en el Liceo Mutante, en Pontevedra, y en A Casa Tomada, en A Coruña. Desde entonces hemos seguido yendo a sitios muy diferentes y, la verdad, es que cada vez congregando a más gente, cosa que nos congratula. Porque el gallego es un público exigente y difícil de convencer. No le gusta cualquier cosa. A Biznaga le ha costado abrirse camino, por eso da ahora mucha satisfacción ver que empezamos a convencer.