Con un solo disco, apologías diversas y altas dosis de irreverencia y descaro han revolucionado el gallinero del rock español. El festival SonRías Baixas será su próxima escala en Galicia
23 jul 2026 . Actualizado a las 17:58 h.Crecieron escuchando a los Strokes y, de alguna manera y a su escala, han reproducido en España lo que la banda neoyorquina supuso para aquella generación: una revisión y reinterpretación del indie y del rock en base a nuevos códigos que revitalizaron y contemporaneizaron ambos géneros. Ultraligera, según ellos mismos se definen en su dosier de prensa, son «energía, salvajismo y visceralidad». «Ya ves qué recatados somos», comenta entre risas su cantante, Gisme (Madrid, 1998). «Así hemos vivido siempre, no sabemos vivir de otra manera. Yo me he acercado a un montón de disciplinas orientales buscando ese punto medio que siempre me ha impresionado tanto y es verdad que he encontrado un poco de madurez en ellas, pero me parece muy difícil salir de esa visceralidad. Yo soy una persona muy sensible; lo siento todo muy intenso y la única manera que he encontrado para sacarlo es compartirlo, no desde la cabeza sino desde las vísceras», comenta el vocalista y compositor de la banda, que el viernes 31 actúa en el festival SonRías Baixas, en Bueu.
—¿Hacer canciones de guitarra, sudor y amplificadores en la era del TikTok, en la que el algoritmo exige un estribillo a los 15 segundos, es un acto de rebeldía?
—Hacer algo que no se está haciendo siempre contiene algo de rebeldía. Pero creo que es más un ejercicio de memoria, de decir «esta música no ha muerto». Esta música seguimos escuchándola y sigue siendo divertida incluso para quien no ha tenido una educación en el rock. Incluso en la era del TikTok, lo que se valora son las cosas que impactan y que generan algo llamativo, y el rock lo sigue siendo. No dejemos que nos coman la tostada la gente del urbano porque hayan entendido mejor las nuevas plataformas y tratemos de adaptar la música que siempre nos ha gustado, el rock, a esos nuevos formatos. Siempre parece que el rock ha muerto, pero de pronto llega una generación que vuelve a entenderlo de otra manera. Porque nuestra generación está enfadada y el rock es el único estilo que puede demostrar que lo estamos. En el urbano se trata de bailar y todo está concebido para la evasión, pero el rock te permite mirar a los problemas de frente. Pero bueno, tampoco queremos ir de rebeldes todo el día. Se trata de hacer la música que nos gusta y de hacer un poco el capullo en el escenario, que también es algo que nos divierte.
—¿Se sienten rebeldes con causa?
—La nuestra es una generación de jóvenes que no tienen acceso a la vivienda, educada a base de fuerza y de decirnos lo que podíamos, o no, hacer. Las generaciones anteriores tuvieron algo parecido a la esperanza, pero la nuestra ya no cree nada. Solo creemos en lo que hacemos nosotros mismos. Ni siquiera creemos que haya un proyecto político o social por alguna parte. Yo pienso que cuando de verdad tocaba rebelarse fue en la crisis del 2008. Pero ahí había tanto miedo que no podías ni abrir la boca. Así que lo estamos haciendo esta generación de bandas unos cuantos años después de haber vivido que nuestros padres se quedaran sin trabajo, de tener que mirar el ticket de la compra y las ofertas del Dia para ver si llegabas a final de mes o de darte cuenta de que conseguir un trabajo iba a ser muy jodido estudiaras lo que estudiaras. Y frente a eso hay muchas maneras de rebelarse. La música es una de ellas, pero también hay sustancias psicodélicas que se han utilizado en un montón de revoluciones y que han cambiado la forma de ver el mundo. La psicodelia en los 70 generó bandas, ideas políticas, terapias, filosofías..., generó cultura. Y nosotros hablamos de eso de forma bastante abierta.
—«Si la utilizas bien, la droga es medicina», dicen en una canción. Y no ha faltado quien haya puesto el grito en el cielo.
—Las drogas siempre han estado ahí e intentar acallarlo no nos hace mejores. Al revés, nos hace más ciegos. La cuestión no es drogarse o dejar de hacerlo, sino drogarse bien. En cuanto a las críticas, la gente ahora es como los peces: les tiras un trozo de pan y allá van todos. Pero, si por una frasecita se ponen en contra de nosotros, es que estamos en el camino adecuado.
—Defienden la libertad de expresión «hasta para el exabrupto y el disparate».
—Es que si tan entrados en el siglo XXI nos vamos a cancelar o insultar porque alguien opine que la droga bien utilizada puede ser medicina, es que estamos muy lejos del tipo de sociedad que nosotros querríamos para unos hipotéticos hijos.
—¿Vivimos en una sociedad que se está volviendo inmune a las emociones?
—Es el miedo el que te anestesia ante ciertas emociones vitales. Tenemos tanto miedo que, por ejemplo, antes que sentir un amor intenso preferimos una relación descafeinada o ir de compras e ir tapando con parches esas grandes emociones que a veces duelen pero que también son parte de la vida. Pero también siento que está habiendo un pequeño despertar y que están calando ciertas corrientes espirituales o de autoconocimiento entre los jóvenes. Los chavales de ahora ya no hacen lo mismo que nosotros, que era estar en un parque fumando porros, sino que ahora están yendo al gimnasio, al psicólogo o siguiendo a coaches, aunque algunos les digan cuándo se tienen que exponer al sol o si tienen que comer alimentos reales o no.
—¿Da vértigo exponer miserias propias y bajadas a los infiernos para que miles de personas las canten después en un festival?
—Da vértigo la perspectiva de exponerlo, pero una vez expuesto te das cuenta de que es lo único que te libera. Cuando estás escribiendo en tu casa, contando algo superpersonal, ahí sí que duele. Pero una vez que estás cantándolo con 20.000 personas delante y ves sus caras de emoción, dices: «Esta es la vía. Estoy con mi gente aquí cantando, gritando y liberando». Y luego te vas a dormir y duermes mucho mejor.
—¿Habría que prohibir escribir en los días de resaca, como dice en «La basura»?
—De resaca se escribe muy bien (se ríe). Eres más sincero porque uno se siente vulnerable y culpable, y se te remueven un poco las barreras habituales. No se tiene tanta energía psíquica para dejar de exponerse ni para esconderse. Entonces, desde ese gatito en el que nos convertimos, que ya ha hablado demasiado por la noche, se abre otra interesante vía para expresarte.
—Defiende la vigencia del rock, pero en una reciente entrevista dijo que el indie estaba muerto.
—Eso son cosas que se dicen para escandalizar un poco y para regalar un titular. No es que el indie haya muerto, es que el indie español ha sido una consecuencia de unos años convulsos en los que venía bien evadirse y pensar en cometas, asteroides y mundos atmosféricos. Pero esa época ya ha acabado. La agradecemos, la cerramos y ahora lo que hace falta es carácter, un poco de fuerza y una mirada un poco más afilada. No podemos estar toda la vida refugiándonos en las estrellas. Toca bajar a la tierra y comprometerse y creo que las nuevas bandas, tipo Carolina Durante, Biznaga, Alcalá Norte y otras muchas, lo estamos haciendo.
—¿Cuál es el pacto de sangre que han hecho en Ultraligera para sobrevivir a su propio éxito?
—El pacto de tíos que se quieren. Es que somos muy amigos. Somos hermanos. Nos cuidamos, nos lo pasamos bien juntos... Si no estuviéramos tocando de gira, también estaríamos juntos.
—¿Qué miedos tiene hoy que no tenía cuando tocaba para cien personas?
—Es que no tengo grandes miedos, la verdad. Me siento con poder interior. Siento que todo está en orden. Me da un poco de miedo parar cuando termine la gira, pero la estamos alargando todo lo que podemos. Así vamos retrasando y esquivando el miedo.