Adriana Riva: «¿Quién nos metió en la cabeza la idea de que la vejez es algo malo? Se puede ser más feliz a los 70 que a los 47»

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La escritora argentina Adriana Riva visita España con la novela «Ruth».
La escritora argentina Adriana Riva visita España con la novela «Ruth».

Esta autora argentina rompió el relato dominante sobre la tercera edad con su novela «Ruth», mención especial del Premio Sor Juana Inés de la Cruz. Aquí las lecciones de humor y arte de una ochentona en pijama...

12 jul 2026 . Actualizado a las 20:14 h.

La verdadera vida se vive en la cabeza, con las ventanas abiertas, el corazón al aire y la edad en el armario. ¿Soy la edad que tengo o los años que me quedan?, se pregunta Ruth, la mujer sin apellido para protagoniza esta novela. Adriana Riva (Buenos Aires, 1980) ha ganado con ella voz propia, y la mención especial del Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2025. Con esas páginas sobre una exmédica viuda en pijama que pasa el día en la cocina entre cafés, wasaps con amigas y obras de arte (vistas de memoria, impresionante galería) visita estos días su autora Madrid.

Ni cuento para niños ni peli de terror. El camino del medio para narrar la vejez es el que ofrece al lector Ruth, la veterana en pijama que nos mira. La que nos lleva al día a día puro, donde la agenda y la edad no tienen importancia.

«Creo que no estamos mirando del todo bien a las vejeces actuales. Como si hubiéramos quedado atrapados en la idea de que la vejez es una mujer apoltronada en el sillón tejiendo, esperando que la parca las venga a buscar. Ahora la gente vive más, y más tiempo. De pronto hay mucha gente de más de 70 años feliz, con muchos años por delante, ferozmente viva», considera Adriana Riva, que a sus 45 años firma un relato jugón pero maduro, puro regate de la retórica dominante sobre «la ancianidad».

«No procede el descarte de la gente por edad —piensa la autora—. El punto de partida de la novela fue mi madre, y además empecé a notar, por lo menos en Argentina, que había muchísimas mujeres en las calles, en los museos, en los teatros, en los aeropuertos, vivitas y coleando. Activas, coquetas, entre amigas, paseando de acá para allá. Me di cuenta, dije: ''Esta es la vejez que yo quiero narrar, no la del alzhéimer, ni la de la incapacidad'', una vejez que dispone de tiempo, de buena salud, a pesar de las caídas, los dolores y los oídos».

Lo doliente no quita ni lo valiente ni lo valioso para Ruth, que no corre maratones ni se tira en paracaídas, disfruta a los nietos más que los cuida, podría hacer un inventario singularísimo de obras de arte no muy conocidas, va a un psicoanalista pasota y se atreve a decir cosas como: «Me encantaría mi hijo... si fuese diferente».

Alguien se refirió a esta novela como un «coming of age a los 82 años». Todo es principio, iniciación en la despedida. «Ruth vivía un poco colgada del marido, él muere y a ella le quedan un montón de años por delante. Ella piensa: ''¿Tengo la edad que tengo o lo que me queda por vivir?''. En el fondo, esta pregunta nos la podemos hacer siempre», opina su autora.

La perspectiva de la octogenaria Ruth es, en esencia, la de todo el mundo: ¿somos el porvenir o el apego a lo vivido? «Hay tanto que se puede empezar a hacer cuando ceden las obligaciones y tanto que se puede seguir haciendo...», despliega esta bonaerense que remonta épicamente el último acto de la vida como la selección argentina lo hizo en el Mundial frente a Egipto.

«Como parte de la vida, la vejez cuesta, pero también cuesta la adolescencia o la adultez. Cada día cuesta...»

Las mejores cenas terminan con postre. Podríamos decir que Ruth es como la zurda de Messi. «No hay zurda como la del Diego, ¡soy maradoniana!», replica Riva. Pelea la autora en su novela contra la penalización y ese descarte de la gente por razón de edad y achaques físicos, o por el hecho de que una empiece a decir Susan Sarandon cuando quiere referirse a Sontag. «En el fondo lo que existe es lo que tenemos en la cabeza. Nuestro pensamiento es una geografía. En este mundo feroz donde todo es urgente no se le presta la debida atención a la gente mayor, incluso en términos económicos. Es necesario, porque cada vez es más la gente que vive más tiempo y tiene más plata. Los que consumen y te llenan el teatro y el taller son los viejos. El propio capitalismo va a tener que respetar y empezar a hablarle a ese segmento numeroso. Todos vamos ahí en el mejor de los casos, porque si no nos morimos», explica Riva.

La liberación femenina tiene 70 años, o más. Es ahí que se suaviza o desaparece la losa del cuidado, y la agenda en vez de un Tetris es un lienzo. «Las mujeres postergaron muchas cosas por el trabajo y la maternidad, y no dejaron nunca de hacer nada. Cuando se jubilan y los hijos se van quieren viajar o hacer jardinería o arte, aprender cosas... El hombre aún siente el rol de proveedor, pero la mujer se siente más liberada cuando se jubila. Para ella dejar de trabajar no es una condena, es la ocasión de iniciar cosas. Siempre hay más mujeres en los lugares. Ellas lideran, son las que tienen la batuta en este sentido», piensa Adriana Riva, que concuerda con esa idea de la filósofa Victoria Camps: «Tenemos que aprender a envejecer, es una parte muchas veces larga de la vida. ¿Por qué tenemos ese miedo a la vejez, de dónde se nos metió la idea en la cabeza de la que la vejez es algo malo? Tiene cosas buenas, y con esto no me refiero a ''la gente vieja es sabia'' ¡La vida está llena de viejos insoportables, como de niños insoportables! Como parte de la vida, la vejez cuesta, pero también cuesta la adolescencia o la adultez. Cada día cuesta. A los 70 años hay gente más feliz que a los 45 o los 47, en que la vida suele ser durísima. A los 40 y pico esperamos tanto unos de otros y eso pesa, cansa... La señora grande no tiene que cumplir, ni formar la familia. Puede decirse por una vez: ''¿Qué quiero yo?''». Y probar por ahí.