El amante gallego de Maruja Mallo

Mercedes Corbillón

FUGAS

Fotografía de Maruja Mallo en su estudio de Buenos Aires, expuesta en el Museo Reina Sofía.
Fotografía de Maruja Mallo en su estudio de Buenos Aires, expuesta en el Museo Reina Sofía.

Hay una entrevista a Maruja Mallo en la que dice que la soledad es su mejor capital y que el hombre se mide por la soledad que es capaz de soportar. Había oído la frase, pero no atribuida a ella. Estos días ando curioseando sobre la pintora que estaba en Bueu en el verano del 36 con su amante, con su amor del momento, Alberto Fernández Mezquita, un hombre del pueblo de mi abuela. Tuvieron que huir de un fogoso veraneo e intentar desvanecerse desde Portugal. Él fue detenido y ella consiguió cruzar el charco con la ayuda de Gabriela Mistral, que en aquel entonces era cónsul en Lisboa. Los poetas eran muy de llevar embajadas, ahora, como mucho, llevan institutos Cervantes, aunque probablemente se ponen el frac con la misma solemnidad. El caso es que los amantes se separaron intempestivamente. El alzamiento militar acabó con el romance en la arena de Beluso antes de que lo hiciera el tiempo. ¿Acaso no acaban todos los romances?

En el libro que estoy leyendo, una biografía escrita por la profesora americana Shirley Mangini para la editorial Circe, este episodio pasa de puntillas, no es Alberti, no es Miguel Hernández, pero a mí me gusta como símbolo de la tragedia. Ese todo que es el amor de verano en la ría de Pontevedra roto por el mal que se abre paso cada cierto tiempo hasta permearlo todo. Ahora está pasando, se puede percibir el hedor saliendo de las cloacas y alcanzando los campanarios donde las campanas suenan avisando de que se cierran las puertas de la razón. Los que juegan a rescatar el odio siempre llevan las de ganar, ese sí es un capital fácil de manejar si lo último que te interesa es el bien común.

Necesitamos la promesa del trigo creciendo en nuestras manos. Con el tiempo, Maruja Mallo se volvió muy esotérica, atrapada en una cosmología que quizás pasó de divertida a delirante, esa delgada línea entre lo estrambótico de lo artístico y lo patético del empeño de mirar a otro lado. No sé, quizás estoy atrapada en mi mirada de señora de provincias que no sabe nada del arte, del trauma, del exilio.

Mezquita salió de la cárcel tiempo después y buscó refugio donde pudo. Nunca se volvieron a ver. Para qué, si ya no eran los mismos de aquel verano del 36.