Josan Hatero Mosteiro, premio El Barco de Vapor 2026: «Los veranos en Melide eran la explosión absoluta de libertad»

Olalla Sánchez Pintos
Olalla Sánchez SANTIAGO

FUGAS

El escritor Josan Hatero con su novela «La memoria de las bicicletas», con la que ganó El Barco de Vapor.
El escritor Josan Hatero con su novela «La memoria de las bicicletas», con la que ganó El Barco de Vapor.

El autor barcelonés, hijo de gallega, se alzó con uno de los grandes premios de la literatura infantil con «La memoria de las bicicletas», ambientada en la aldea imaginaria de Corvo Branco

26 jun 2026 . Actualizado a las 12:25 h.

Admite que cada verano regresa a Galicia. «Para mí es una necesidad, es como respirar. Me siento medio gallego y siempre digo que esa es mi mejor mitad», razona Josan Hatero Mosteiro (Barcelona, 1970), el escritor que, tras tres décadas de trayectoria, se alzó este año con el premio El Barco de Vapor —uno de los más prestigiosos de las letras infantiles— con su novela iniciática La memoria de las bicicletas (SM). Una obra centrada en Martín, un niño de 11 años que tiene por delante el verano que se presenta como el peor de su vida. Sus padres atraviesan un momento difícil, como pareja y a nivel económico, y él, con su madre, irá, en vez de a la playa, a un lugar del interior de Galicia. Pero los días grises pronto dejan de serlo. Allí descubre el primer amor, hace amigos y se arranca con la bicicleta. «Es la que te enseña a caerte y a levantarte», metaforiza el autor. La obra transcurre en Corvo Branco, una aldea imaginaria que en la dedicatoria él ya deja entrever como Melide. «Mi madre es de Moldes, una parroquia de ese ayuntamiento. Allí pasé veranos muy felices, de niño y de adulto. Yo venía de escribir thriller y el cuerpo me pedía algo luminoso y alegre, y tenía que ser allí», realza el autor.

­—¿La obra parte de su propia historia?

—En algunos aspectos, sí. Tenía claro que quería escribir una novela de aprendizaje, de verano, centrada en un niño de ciudad que empieza a intuir las complejidades del mundo adulto. Yo, en Barcelona, crecí en el barrio de Horta, lindando con Nou Barris, una zona que en los años ochenta era conflictiva y en la que no te dejaban bajar solo a jugar a la calle. Cuando llegábamos en verano a Galicia, mis padres, en cambio, me dejaban suelto. Hacía lo que quería. Iba con mis primos a sacar a las vacas o me pasaba el día jugando en el bosque. Para mí era la explosión absoluta de libertad. Todas esas sensaciones uno las lleva muy adentro...

­—¿Marca el verano de niño al adulto?

—Cuando eres pequeño los veranos son largos, llenos de cambios, de experiencias que, sin duda, influyen en el adulto en el que te convertirás. En el caso del protagonista, gracias a las aventuras que vive ese verano y a las personas que conoce, él entiende la importancia de vivir en sociedad y, más allá de su manera inicial de ver la vida de un modo más consumista, pensando en ahorrar dinero para tener su móvil, descubre otros valores y prioridades. Aprende de cuidados, al empatizar con su tía abuela con alzhéimer, y para quien él nunca será Martín, sino Martiño. Creo que la novela narra el verano desde una óptica casi costumbrista, pero en ella también hay aventura, conflictos, emociones y humor. Me gustaba la idea de que el protagonista fuera un niño redicho, pero no desde la arrogancia, sino desde una inocencia que me daba mucho juego para introducir notas de comedia. Martín descubre que centollo y percebe también pueden ser usados como insultos [ríe].

—¿Hay un punto también autobiográfico en el componente matriarcal de la obra?

—Sí. Si rememoro mi infancia, especialmente los veranos en Galicia, la mayoría de mis recuerdos son con mi madre, mis tías y mis primas. He tenido la suerte de crecer rodeado de mujeres cariñosas, muy interesantes y fuertes. No olvido a mi abuela, que crio sola a cinco hijos. Además, en beneficio del giro final de la historia, me interesaba la figura de un padre ausente... Otro ámbito que me identifica es el club de lectura para dos que Martín idea junto a su amiga. Mi mujer y yo formamos un club de solo dos miembros, compartiendo los libros que nos interesan y abordando juntos la lectura de clásicos de la literatura. Para mí las vacaciones son una época de maratones de lectura y todas las obras que se mencionan en la novela, como La máquina del tiempo, Orgullo y prejuicio, El mundo perdido o Los juegos del hambre, son importantes para mí e interesantes para contagiar el placer por leer.

—¿Cree que los vecinos de Melide identifican rápido Corvo Branco?

—Creo que sí, aunque Corvo Branco no es exactamente igual a Melide, porque no quería retratar, sino inventar. Pero la inspiración está en sus calles y en sus paisajes, salvo en los de algún sitio, como la piscina a la que el protagonista acude junto a sus amigos, y a la que me interesaba que llegasen en bicicleta, por lo que ello supone de valentía, de tirar para adelante... Para ese escenario pensé en la piscina de Toques, situada a pocos kilómetros, y a la que también yo fui... No tengo duda de que, si los vecinos leen la obra, reconocerán que la fiesta a la que van los niños es la de San Roque, de mediados de agosto. Intenté reflejar los puestos que se ponían en la plaza y trasladar cómo de pegajoso quedaba el suelo durante la fiesta, con la mezcla de Coca-Cola, caramelos...

—¿Fue ininterrumpida su vinculación con el interior de Galicia?

—Yo veraneé en Melide hasta los 18 años, cuando murió mi abuela. Veinticinco años después, a mis 43, mis padres empezaron a alquilar en verano una casa en el centro de Melide y volví a pasar allí uno o dos meses estivales. En los últimos tiempos, y tras fallecer mi padre, y con mi madre enferma, no nos quedamos allí, pero no fallamos a Galicia. El verano pasado alquilamos un piso en Pontevedra. Siempre visito Santiago y Melide, ya sea para pasear o comer pulpo. Los veranos allí de adulto fueron también muy felices, y muy productivos. Yo tenía una rutina. Me levantaba, iba a la biblioteca municipal de Melide y escribía allí. Luego comía y por la tarde iba a caminar o a la piscina... En la biblioteca, de la que me hice el carné, me sentaba al fondo y muchas mañanas estaba solo... Cuatro de mis libros han sido escritos en gran parte allí. Ya digo que uno de mis sueños es que pongan mi nombre a esa biblioteca. Lo merezco [bromea].

—Dos «thrillers» suyos, «La última bestia» y «La cosecha pálida» los firmó como Josan Mosteiro, su segundo apellido. ¿Es ese otro guiño a Galicia?

—Sobre todo fue un cariño a mi madre, que ahora ya no puede recordar. Pero, sí, también fue a esa zona de Galicia, donde es un apellido muy común y donde se inspiran. La cosecha pálida se ambienta en Calixe, otro pueblo imaginario en el corazón de la comunidad... Tanto los bosques, de un verde increíble, como la mitología gallega me daban mucho juego para el suspense y el misterio. Eso sí, no quise escribir explícitamente Melide para no enemistarme con la gente; para que no me reprochen que en sus pueblos hay asesinos... [sonríe]. Pese a ello, estoy seguro que en el futuro, en una obra que transcurra en Melide, escribiré ya su nombre con todas las letras.

—¿Cómo valora haber recibido en solo tres años dos de los grandes premios de la literatura infantil, el Edebé por la novela «La guerra de Nico» y en este 2026 El Barco de Vapor?

—Muy emocionado porque yo creo que muchos crecimos leyendo esos libros premiados. En mi caso se dio la casualidad de que el galardón de SM me lo anunciaron meses antes, justo después de un día en que había recibido varias llamadas para vender criptomonedas. Hasta contesté enfadado... Cuando me explicaron que era por El Barco de Vapor fue un subidón... Algo que me alegra mucho es que los lectores me trasladan que les está pareciendo una obra fresca; muy de verano; para desconectar. Sí veo importante que obras para niños introduzcan, desde un punto de vista de evolución o de crecimiento, temas complicados, como la muerte de un familiar o la posible separación de los padres. Pero lo fundamental es que ellos se lo pasen bien leyendo. No olvido cuando una lectora me dijo, tras acabar La guerra de Nico, que le había parecido «hipermegachuli». Eso es mejor que cualquier crítica.

—¿Le preguntan mucho en Barcelona por su pasión por Galicia?

—No se sorprenden. Sí noto que todos conocen, por el Camino de Santiago, Melide. Cuando yo era pequeño los peregrinos eran puntuales. Para mí ese fue el gran cambio en la zona. La gente me habla de la comida, de lo bonita que es Galicia, y yo asiento. Para mí es un pequeño paraíso. Llegas de nuevo y siento que hasta el aire huele diferente, y para mí mejor.

 

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