Su sueño, hace tres años, era tocar en la plaza de su pueblo de mil vecinos. Hoy, la banda extremeña es una de las más esperadas del festival PortAmérica
01 jul 2026 . Actualizado a las 09:31 h.Casas de Don Pedro es un pueblo de la comarca de La Siberia extremeña del que nada sabíamos hasta que tres de sus jóvenes vecinos irrumpieron en la escena musical española con un disco arrebatado de sentimiento, de dolor y de orgullo a partes iguales. Sanguijuelas del Guadiana le pusieron banda sonora a la España vaciada, un término que no les convence de todo. Y lo hicieron sin pizca de almíbar ni artificio, con sobredosis de honestidad y con un sonido paradójicamente muy personal a pesar de nacer de una amalgama de influencias en las que tienen cabida desde Robe Iniesta a Triana, pasando por Estopa o Platero y Tú.
Carlos Canelada, cantante y guitarrista de la banda nos explica cómo están siendo los conciertos de esta gira, en la que hacen dos escalas en Galicia, en el festival PortAmércia, en julio, y en el Río Verbena, en agosto: «Este año hemos cambiado bastante el show. Hacemos reversiones de algunas de nuestras canciones y ahora llevamos una escenografía que recrea la cochera donde celebrábamos nuestros cumpleaños y donde empezamos a ensayar. Como ahora tenemos poco tiempo para pasarlo en la cochera, hemos decidido llevarla de gira».
—¿La cochera de Sanguijuelas es como la casita de Bad Bunny pero en extremeño?
—[Se ríe] Claro, claro. Pero nosotros no metemos a los famosos. En nuestra cochera entra toda la gente.
—¿Qué ha encontrado la gente en Sanguijuelas que no hallara en otra parte?
—Yo creo que lo que le ha llegado a la gente es la sensación de que cualquiera de ellos es igual que los que estamos encima del escenario. Esa cercanía y hacer canciones que representan de verdad a la gente que vive en los pueblos, junto a la nostalgia de pensar en tiempos pasados que fueron mejores es lo que más nos conecta con el público.
—Porque, ¿creen que los tiempos pasados fueron mejores?
—No, para nada. Hablo de esa nostalgia que nos lleva a aquellos veranos en el pueblo de cuando tenías 15 o 16 años y hacías cosas por primera vez. Cosas que en la ciudad nunca habrías hecho.
—Hablan de nostalgia del pueblo, pero para quienes viven en ellos la realidad es otra y bastante más dura.
—Nosotros no queremos vender una imagen idílica del pueblo porque solo es idílica una época del año. Luego, hay muchos meses en los que vivir allí no es lo más fácil del mundo. Estar en el pueblo en invierno supone enfrentarte a ti mismo. Allí no tienes mil planes y mil cosas que hacer, con mucha gente a la que ver todo el rato. El pueblo es un arma de doble filo porque no hay nada que te salve de ti mismo.
—Pero ustedes prefieren vivir en él.
—Sin duda. Entre otras cosas, porque para nuestra música creemos que es lo que mejor nos viene. Igual si tuviésemos otro trabajo, no sería lo mejor vivir en el pueblo.
—¿Han tenido ofertas para ir a vivir a alguna ciudad?
—No. Se ve que la gente lo tiene tan claro que ni nos llegan [se ríe].
—¿Y la aceptarían si les llegase?
—En este momento, no. Ahora mismo queremos vivir en el pueblo cien por cien, pero a lo mejor en algún momento nos planteamos vivir en una ciudad. Nunca se sabe.
—¿Qué hay en el mundo rural que les moleste ver romantizado desde las ciudades?
—Que se vea el pueblo como un sitio que en el que solo se vive un mes al año, el mes que va la gente de fuera. Y que crean que el pueblo es siempre como ese mes de fiestas, sin pararse a pensar en todo lo que las familias trabajan durante el resto del año.
—Comentaba antes que, con el tiempo, las canciones han ido cambiando. ¿Y cómo han cambiado ustedes?
—Nuestra vida ha dado un giro de 180 grados. De estar en tu casa, con tu gente y con tus amigos todo el día, pasas a dar conciertos en muchos sitios diferentes. Hemos renunciado a muchas cosas pero a cambio nos están pasando otras muchas maravillosas.
—«Levanto tapias para que se mantenga intacto», dicen en una canción. ¿Qué intentan conservar intacto?
—La amistad de tres amigos de toda la vida que empezaron a hacer música y a los que ahora les está yendo cada vez mejor.
—En Galicia casi todos tenemos aldea, también. ¿Ven paralelismos entre Galicia y Extremadura?
—Muchísimos. Siempre decimos que, aunque el paisaje sea muy diferente, a Galicia la vemos bastante similar a la zona en la que nosotros vivimos.
—Y cuando vuelven a casa después de un festival o de un gran concierto, ¿qué les devuelve más rápido a la realidad: su familia, sus vecinos o el bar del pueblo?
—Lo primero, nuestra familia. Es la gente que se preocupa de verdad de si estás mal o si te duele la garganta y no de si has llenado una sala. Y luego vas a donde tus colegas, quedas con ellos para cenar y tampoco te van a preguntar qué tal en el festival. Lo que más nos gusta del pueblo es que la gente no sabe lo que es La Riviera ni el Movistar Arena. Saben que has estado de gira y ya está.
—Bueno, pero en Casas de Don Pedro son ya unas estrellas.
—Sí, a ver, la gente nos apoya un montón y están a tope con nosotros, pero esa cosa de que no te comparen con otros es lo que nos gusta de verdad del pueblo.
—Leí un artículo que decía que Sanguijuelas están escribiendo «una especie de crónica sentimental de la Extremadura contemporánea». ¿Tienen esa sensación?
—No es para nada algo que nosotros hayamos querido hacer ni creemos que lo estemos haciendo. La única cosa que nosotros teníamos en mente cuando hicimos nuestro disco era contar la realidad que se vive en un pueblo de mil habitantes en Extremadura. Era un sentimiento que cuando hablábamos con la gente aparecía enseguida pero que nunca se había escrito en canciones. Nosotros lo expresamos de una manera supernatural y quizá por eso mucha gente se ha sentido representada con lo que decimos.
—En «El estandarte» reconocen que perdieron un pulso y que ganaron un miedo. ¿Qué miedos han aparecido con el éxito que antes no tenían?
—El miedo a no estar a la altura de lo que la gente espera de ti.
—¿Y ahora, temen más al fracaso o a convertirse en algo previsible?
—La segunda, sin duda. Aunque también da miedo que saquemos otro disco y no le guste a nadie, nuestra prioridad absoluta es no hacer nada que ya hayamos hecho. Quien quiera escuchar un disco como el primero, ya tiene el primero.
—¿Les gusta el término «España vaciada»?
—Quizá esa definición no esté lo mejor enfocada que se podría. Habría que analizar por qué está vaciada. Lo justo sería que la gente tuviese oportunidades, no para para volver en vacaciones, cuando se jubila o cuando tiene la posibilidad de teletrabajar, sino que los jóvenes tuvieran opciones reales para poder quedarse donde quieren estar.