La periodista, que pasó muchos veranos en Galicia en sillas monoblock, retrata al artista puertorriqueño con un ensayo que cuenta lo que la IA no es capaz de provocar en nosotros. «Las máquinas no le ganan a Benito», defiende
26 jun 2026 . Actualizado a las 16:40 h.Marta Fernández (Madrid, 1973) sintió la necesidad de contarle al mundo su preocupación por lo que hacía la inteligencia artificial a nivel creativo. La periodista, que confiesa que le encanta «chinchorrear», llegó a la conclusión de que la emoción es lo único que no pueden provocar en nosotros las máquinas. En cambio, sí lo puede hacer alguien de carne y hueso como Benito Antonio Martínez Ocasio, Bad Bunny.
—¿Cómo surgió escribir este ensayo?
—Surgió de una urgencia y una especie de revelación, pero quizá esto es un poco exagerado. Yo soy fan de Bad Bunny desde hace mucho y también me estaba preocupando qué hace la IA con nosotros como humanos creadores y cómo recibimos las obras de creación. Hubo un momento en el que pensé que, si las máquinas o los algoritmos no podían ganar a los humanos en lo artístico, era por la emoción y por lo que nos provocan. Porque por muy perfectos que sean sus productos, lo que realmente nos anuda y nos hace emocionarnos está en otro lado.
—¿Y cómo entró este artista en su vida?
—Más que hacerlo por la música, entró por sus apariciones en el programa de Jimmy Fallon. Cuando lo vi expresando sus quejas sobre lo que había pasado con el huracán María, pensé: «Qué joven es y qué bien está haciendo este discurso dando voz a su pueblo». Ahí me interesó él como personaje y ya quise saber qué era lo que cantaba. Creo que hay algo que está en el libro que es la curiosidad, la cual no se debe perder nunca. Y, en este caso, aquel chaval la despertó en mí.
—¿Qué le sorprendió más de él?
—Que todos los que lo conocen desde pequeño dicen que era tímido. El típico chico que se metía en su cuarto a hacer música, pero que si tenía que salir con los niños del colegio a cantar, lo hacía. En el fondo tiene sentido, porque muchos artistas que son grandes tímidos, con el escudo y la trinchera del escenario pueden ser abiertamente descarados. Hay algo muy bonito en él, porque me parece que cuando actúa recupera a ese niño que estaba en su habitación haciendo sus canciones.
—Dice en el libro: «Si hay un artista que permite pensar qué nos queda de humano en la era de la IA ese es Bad Bunny».
—Podría haberlo hecho sobre Rosalía o el cine de Spielberg, porque pienso que también cumplen con esos requisitos. Pero lo hice sobre él porque creía que era una buena muestra de ello. Lo que provoca Benito lo estamos viendo con los conciertos que está dando en España. Yo fui, muchos de mis amigos también han ido y la emoción en todos es muy similar. Lo que nos provoca es recuperar esos momentos de fiesta, de compartir con otros humanos. Esos en los que los pies se te van porque tienes que bailar.
—¿Y ha subido a la Casita?
—No, menos mal [risas]. Por una parte, qué vergüenza y, por otra, es un compromiso, porque te pierdes un buen rato del concierto. Muchos dirán: «¡Si estás al lado de Benito!». Pero es mejor que uno lo celebre en su espacio, estar con toda la gente bailando en la pista merece la pena.
—Hace unos años, alguien recreó la voz de Bad Bunny con IA e inventó una canción. Ahí las máquinas sí pudieron con él...
—Pienso que no. Es como cuando vemos un cuadro falso, siempre hay algo que probablemente esté en nuestra cabeza y hace que sepamos que el artista no está allí y nos termine chirriando algo. Las máquinas no ganan a Benito cuando recrean una canción con su voz porque falta todo lo demás, como esa emoción. Cuando él en una de sus letras llora por un amor que ya no está, nosotros nos sentimos identificados porque sabemos que esa lágrima es real y ha corrido por sus mejillas. Eso nunca le va a pasar a quien replica las voces.
—En la portada del disco «DtMf» aparece una silla monoblock. ¿Tiene usted alguna de esas para pasar el verano?
—[Risas]. Yo me he sentado muchas veces en ellas, sobre todo en Galicia, donde me gustaba pasar los veranos. Lo explico en una de las notas, es un objeto que está en el imaginario de todo el mundo y que para todos representa algo, pero normalmente siempre significa un recuerdo compartido: hacer la merienda en familia, estar en la puerta de la casa del pueblo... Cargarla de significado es uno de sus grandes aciertos, porque con ella nos está apelando a todos.
—¿En qué zona de Galicia exactamente?
—En la Mariña lucense. Soy una gran enamorada de Galicia. Ahora, allí tenéis un vínculo especial con Benito por la colaboración con Zara.
—¿Cuál es su palabra favorita del diccionario boricua del que habla en el libro?
—Me gusta mucho «bichota» porque habla del poderío de las señoras que se pasean por las letras de Bad Bunny, y también «chinchorrear». He empezado a adoptarla con mis amigos. Es la traducción de ir de bar en bar por toda la isla, que es a lo que los modernos llaman «tardeo» o ir de bares un sábado por la tarde. Yo nunca lo he llamado así porque ya no tenemos edad de salir hasta las tantas. A mí me gusta chinchorrear.