Abel Quentin construye en El visionario una sátira desternillante y aterradora sobre esa neurosis colectiva provocada por una sociedad hiperconectada donde el matiz y el debate quedan completamente eclipsados por el eslogan de brocha gorda y el juicio sumarísimo
22 jun 2026 . Actualizado a las 18:45 h.A principios de los ochenta, el joven académico Jean Roscoff tiene un futuro brillante por delante. Es un intelectual prometedor, un férreo militante de la Marcha por la Igualdad y contra el Racismo y un heredero directo del espíritu de Mayo del 68. Pero cuatro décadas después la situación es muy distinta: ahora Roscoff es un profesor jubilado, alcohólico y divorciado que busca con desesperación un último destello de trascendencia. Cree encontrarlo al escribir la biografía de Robert Willow, un poeta estadounidense exiliado en Francia por su filiación comunista que murió en el más completo olvido en los años cincuenta.
Sin embargo, lo que el veterano académico considera un proyecto noble y bienintencionado acaba transformándose en su propia ejecución pública. Un activista descontextualiza su libro en las redes sociales acusándolo de apropiación cultural y paternalismo blanco, y la mecha del linchamiento digital no tarda en prender. Para el implacable tribunal de lo políticamente correcto, Roscoff ha cometido el peor de los pecados modernos: la osadía de hablar sobre lo que no le corresponde. Porque Robert Willow era negro. Y Jean Roscoff, en cambio, es un hombre blanco, europeo, cisgénero y heterosexual.
Bajo esta premisa, el francés Abel Quentin (Lyon, 1985) construye en El visionario (Libros del Asteroide y traducción de Regina López Muñoz) una sátira por momentos desternillante y por otros aterradora sobre la cultura de la cancelación, esa neurosis colectiva provocada por una sociedad hiperconectada donde el matiz y el debate quedan completamente eclipsados en favor de la indignación instantánea, el eslogan de brocha gorda y el juicio sumarísimo. No importa lo que Roscoff diga, no importa que se disculpe, porque la condena ya está dictada de antemano. Lo que de verdad importa no es el texto, sino el carné de «identidad» —nunca mejor dicho— de quien lo escribe. Así, de la noche a la mañana, el viejo profesor acaba encarnando la definición más pura y antropológica de tabú: un paria absoluto al que amigos, editores e instituciones académicas evitan a toda costa por el pánico visceral a que su reputación también se vea manchada.
«El visionario»
Abel Quentin
Libros del Asteroide