Pimentel, la fragilidad cristalina de un médico-poeta roto por la barbarie

María Salgado
María Salgado REDACCIÓN / LA VOZ

FUGAS

El gran poeta de Lugo. La urbe amurallada es el universo desde el que escribe Luis Pimentel (1895-1958), que escuchaba los fusilamientos de sus vecinos desde su casa, en la calle Bispo Aguirre.
El gran poeta de Lugo. La urbe amurallada es el universo desde el que escribe Luis Pimentel (1895-1958), que escuchaba los fusilamientos de sus vecinos desde su casa, en la calle Bispo Aguirre.

La editorial Alvarellos publica «Cunetas», los versos que el lucense escribió en 1947 sobre la represión franquista durante la Guerra Civil

29 may 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

La lluvia amarilla de mayo cae esta tarde limpia y musical sobre las chimeneas y los tejados de pizarra de Lugo. Cae sin prisa, casi artísticamente, mojando las vetas de piedra de esta ciudad milenaria, con un ritmo lento, lírico, literario. Todo está en calma. Suenan las gotas y goteras en el museo provincial como una melodía antigua que entristece a las parisinas de los cabarets pintados por Arturo Souto; suena el silencio sepulcral de las teclas del piano que tocó Lorca en el hotel Méndez Núñez; suena la puerta giratoria del Círculo de las Artes como una máquina del tiempo para viajar a bellas bibliotecas modernistas que esconden retratos de la condesa Pardo Bazán y dibujos de Dalí.

La lluvia amarilla de mayo se torna pura y cristalina sobre la calle Luis Pimentel, la que vio nacer y morir al médico-poeta que escribía los versos más desnudos y delicados al abrigo de la muralla: «Allí está mi pulso pequeñito y frecuente / mi casa, mi alcoba, mi lámpara / las tardes infinitas, lluviosas de mi pueblo». Sobrio e íntimo, urbano y vanguardista, el literato lucense vio toda su fragilidad rota por la barbarie bélica, por la represión franquista, por los fusilamientos de sus amigos y vecinos. «Tumbas son hoy las cunetas. / Hay manos en garra entre la hierba triste. / Los muertos / llevan un escapulario de piedra / con el número de kilómetro. / Estáis muertos, sepultados / en tumbas paralelas e infinitas [...]. / Levantaos con la boca negra / para morder las estrellas que nada hicieron en la noche / por salvaros». Lanza Pimentel mudos gritos de dolor en los cuatro poemas de la serie Cunetas escritos en 1947. Ocultos e inéditos durante la dictadura, fueron publicados en 1981 —primero, en una diminuta tirada de la colección Entregas de la Ventura; luego, en un volumen sobre su obra no recopilada a cargo de la filóloga Araceli Herrero—, y ahora son recuperados por el sello santiagués Alvarellos en una edición que incluye también otras seis composiciones y un apócrifo en gallego.

«Cunetas» (Alvarellos) cuenta con estudio introductorio del profesor Claudio Rodríguez Fer y epílogo del doctor en Filoloxía Galega Xurxo Martínez.
«Cunetas» (Alvarellos) cuenta con estudio introductorio del profesor Claudio Rodríguez Fer y epílogo del doctor en Filoloxía Galega Xurxo Martínez.

La violencia fratricida aterroriza y desvela al poeta, que escucha de madrugada los disparos de las ejecuciones desde su casa familiar en la calle Bispo Aguirre y teme que despierten a su hijita, Rula: «Ahora, estará dormida / sobre el pecho dolorido de su madre. / ¡Dios mío! ¡Dios mío! / Que no oiga / el estallido del vuelo de las frías palomas / Luego, / en esta urna vacía del amanecer / quedará un lívido silencio».

Tierno, pesimista y altamente sensible, el médico de guardia se quiebra al ver cómo matan a sus amigos y represalian a sus hermanos. «Ellos van subiendo hacia el muro / con sus nucas tristes e infelices, / y sin que nadie se lo diga / saben dónde tienen que colocarse. / (Hace siglos que ya lo sabían)». Testigo de la angustia de Pimentel es una de sus vecinas, la también poeta Luz Pozo Garza, que lo recuerda vagando como alma en pena, cayéndose en las escaleras del edificio y sin ánimo para subirlas dado su abatimiento. «No le queda al cuerpo ni al alma / el más pequeño resorte donde apoyarse / Ahora no siento nada. / De mis labios salió una palabra, / cualquier palabra inútil: / quería oír mi propia voz». Postrado por la Guerra Civil, es capaz, sin embargo, de actos de valentía, como esconder en su casa al escritor Ánxel Fole, entonces secretario del Partido Galeguista en Lugo, que teme ser detenido y paseado. «Yo creí que en este pueblo pequeño / no había asesinos».

La lluvia amarilla de mayo deja un reguero de paraguas abiertos camino de O Vello Cárcere, donde se presenta este poemario, y donde ondea una bandera palestina, a punto de ser arriada por una moción de censura municipal. «Somos unha editora de memoria histórica [...], en Galicia aínda temos a 1.400 persoas desaparecidas e 110.000 en todo o Estado español. Por desgraza, Cunetas está dolorosamente vixente», defiende Henrique Alvarellos, que destaca que la mecha de este proyecto la encendió el doctor en Filoloxía Galega Xurxo Martínez, quien también firma el epílogo: «O medo apoderouse do seu íntimo deica esmiuzalo como persoa. A angustia deses días tornárono un home que endexamais sería quen realmente foi. O conxunto de Cunetas representa, como ningún outro, a dor invisible e a imposibilidade de eliminar o vivido [...]. Porque o gran poeta que foi Pimentel sempre tivo o don de escoitar os silencios».

Los amigos, un arma imbatible

Como explica el autor del estudio introductorio, el profesor y literato Claudio Rodríguez Fer, tras la contienda «escribir poesía non era apetecible, publicar era imposible e facelo era moi perigoso». Pero tenía el lucense un arma imbatible: los amigos. Dámaso Alonso, Vicente Aleixandre y Jorge Guillén —sus compañeros de generación, la de 1927— lo admiraban, prologaban y visitaban; y Fole, Ángel Johán, Ricardo Carballo Calero y Ramón Piñeiro lo arropaban, lo traducían al gallego y publicaban sus obras. Todas, menos Triscos, fueron póstumas. Si no fuera por ellos, quizás hoy sería un desconocido.

Dejo la ciudad de la muralla escuchando Arabesque No. 1, de Debussy, el compositor favorito de Pimentel, el poeta de Lugo que pese al terror fue capaz de escribir sobre la barbarie y hacer de sus versos refugio: «La poesía es el reino de la verdad, y la verdad, para mí, es una belleza en suspenso».