Han Kang, el suicidio y la otra cara oculta de la Luna

FUGAS

La escritora coreana Han Kang en Barcelona el pasado mes de abril
La escritora coreana Han Kang en Barcelona el pasado mes de abril Lorena Sopêna | EUROPAPRESS

Como el satélite, los humanos tenemos una parte que no se puede ver. La nobel coreana lanza en su última novela publicada en España, «Tinta y sangre», una misión a esas cicatrices escondidas

08 may 2026 . Actualizado a las 10:34 h.

Es un movimiento casi inapreciable. Podrías pasar horas observando ese trozo de papel sin que aparentemente nada hubiese cambiado. La tinta entra casi de incógnito en el papel hanji y el agua bloquea su avance. Una lucha invisible, una guerra en la que cada victoria es una pequeña mancha sobre un enorme lienzo. Tienen que pasar horas para contemplar sus primeros efectos y poder empezar a darle forma. Es cuestión de paciencia, técnica y conocimiento. Un proceso de elaboración de una obra de arte que no ha perdido la vinculación con la parte más artesanal del oficio de creador. Han Kang (Gwangju, 1970) describe con detalle esta operación en varios capítulos de Tinta y sangre, novela que realmente acabó de escribir en el año 2010, pero que desde marzo se puede disfrutar en castellano. Ese pigmento tomando el papel poroso es parte de la historia, la marca personal de uno de sus protagonistas, pero al mismo tiempo es la mejor metáfora del libro, de la forma en que está escrito y de cómo gota a gota se apodera del lector. Que nadie se equivoque. Si buscan un thriller solo lo encontrarán en la reseña de la contraportada. No es una historia trepidante, no hay un complejo crimen que resolver, ni una investigación cargada de misterios. Lo que la ganadora del premio Nobel de Literatura 2024 pone sobre la mesa es la obsesión de la protagonista por demostrar que su mejor amiga no se suicidó. Un recorrido por su existencia, por las heridas que las marcaron a ambas y por esa tinta triste que llevaba años recorriendo sus cuerpos. Tinta y sangre. Sangre y tinta.

Que se dé por supuesto que su mejor amiga de la infancia, la pintora Inju, dio voluntariamente el volantazo que acabó con su coche cayendo por un precipicio, marca un punto de inflexión en la anodina vida de la protagonista, Cheonghee. Desaparece la urgencia de lo cotidiano, esas traducciones para tener algún ingreso en la cuenta corriente o las visitas al supermercado. Las largas noches sin dormir acaban siempre en el mismo punto. ¿Realmente pudo hacerlo? ¿Pudo decidir quitarse la vida? La investigación de los posibles motivos que pudieron llevar a Inju a suicidarse obligan a Cheonghee a hurgar en su propio pasado. En lo que vivieron juntas y en lo que la una nunca llegó a conocer de la otra. A rebuscar entre sus cosas, entrevistarse con sus conocidos y descubrir qué le podía estar pasando.

El frío del invierno en Seúl entra en el cuerpo antes de acabar el primer capítulo. La tristeza se palpa desde el minuto uno. Todo destila infelicidad, ni tan siquiera los mejores recuerdos, las alusiones a la infancia, aportan algo de luz. Completa el menú un buen puñado de clases maestras de arte, astronomía y metafísica. La escritora coreana estuvo durante cuatro años devorando obsesivamente libros sobre el espacio, el cosmos y astronomía para poder construir esa parte del relato.

Heridas invisibles

Mucho antes de que la NASA lanzase la misión Artemis, a Han Kang ya le obsesionaba la cara oculta de la Luna. Es el símil que usa en la novela para hablar de esas heridas abiertas que los humanos ocultamos. Esa parte a la que nadie o casi nadie puede llegar. Los cráteres que no mostramos, esas imperfecciones que escondemos, pero que no por ello dejan de estar ahí. «El lugar donde me duele es como la cara oculta de la Luna. Allí es donde la herida sangra y cicatriza, donde se gangrena y se pudre. Nadie la puede ver, ni tú ni nadie... ni siquiera yo misma». Esos cráteres son parte de la persona, pero en algunos casos se convierten en un lastre que no deja ya ver la cara buena. Lo malo pesa demasiado, impide que siga orbitando y funcionando con normalidad. ¿Tiene sentido seguir así? Avanzando en la lectura de la novela, bajo ese goteo constante de tinta y sangre, aparecen respuestas. «¿Cree usted que al morir el alma va a un lugar donde no existe el sufrimiento? Basándonos en esta creencia, a veces provocamos la muerte a un combatiente que sangra en el campo de batalla o a un perro que gimotea de dolor en una clínica veterinaria. Pero ¿realmente es así? Cuando evitamos que sigan sufriendo, ¿no estamos en realidad haciendo desaparecer el sufrimiento que nos provoca el verlos en ese estado?». No es el párrafo que esperas leer en un thriller, no es lo que nos solemos encontrar en el noir nórdico, pero tampoco es la típica novela en la que se llora la muerte de una amiga. Es una nueva intentona de Han Kang para que reflexionemos sobre el sentido de la vida, sobre lo que somos en este enorme e indescifrable cosmos y que encontremos qué es lo que realmente nos ata a la vida. Un ejercicio siempre sano y necesario. Dice la autora que escribir esta novela la transformó. En realidad, de ese absorbente proceso de sacar adelante un libro, a uno de ellos llegó a dedicarle siete años completos, sale siempre como una persona diferente. A sus lectores debería pasarles, al menos, tres cuartos de lo mismo.

«Tinta y sangre»

  • Autora Han Kang
  • Editorial Random House
  • Páginas 307
  • Precio 21,75 euros