El pensamiento erótico

Mercedes Corbillón

FUGAS

El escritor gallego Ismael Ramos
El escritor gallego Ismael Ramos Xoán Rey | EFE

En la sala no queda ni una butaca libre. Hay madera y luces blancas y cortinones de terciopelo que cubren los ventanales. Fuera está una de las plazas más bonitas de la ciudad que ahora no importa, la belleza está dentro, en las mentes conectadas por una conversación que circula desde el estrado hasta la fila 25, donde yo escucho, observo, me detengo. La voz de Sara Torres ocupa el espacio sin elevarse, sin contorsiones, sin estridencias. Su discurso no necesita altavoces, solo subirse al atril del pensamiento, que no está reñido con la ternura. Tampoco con la vulnerabilidad. En un momento dado, Ismael Ramos y ella se cogen las manos en aquella mesa diseñada en otro tiempo para que señores nos contaran cosas con su conocimiento lejano, autoritario, impositivo. Ellas representan una nueva inteligencia, ambiciosa, conceptual pero que admite la duda, el intercambio, la relación, la piel. Las otras importan, son más que público inerte dispuesto a escuchar un relato definitivo, hierático. La energía de Ismael rompe un poco la solemnidad de Sara. Sin pretenderlo, posee un aura de diosa, una Afrodita del siglo XXI que persigue las raíces del amor en simas que normalmente nos han sido ocultadas. El pensamiento erótico nos invita a desasirnos de los viejos códigos que nos mostraron lo heterosexual como central, hegemónico, natural, un contrato social que hemos aceptado como norma escrita en la sangre. La narradora es una niña que ve documentales de animales procreando, como si la existencia entera se detuviera en ese instante pasajero de apareamiento. No hay referentes, la narradora crece y ya es un ser que lee a otras que han bombardeado lo trillado con palabras poco violentas. Las amantes eligen la dulzura que no es debilidad, ni sumisión, sino una nueva ética de los afectos que no se construye con la contraposición ni con la detonación que traen el binarismo del uno frente al otro, de los complementarios, de los contrarios. Seguramente, no lo he entendido del todo, pero subrayo, me interrogo, descifro y envidio la palabra y la carne plena de las amantes que viajan a Grecia buscando las huellas de Safo. «Y de ella quisiera contemplar/ su andar que inspira amor y el centelleo radiante de su rostro/ antes que los carruajes de los lidios y antes que los soldados/ en pie de guerra».