Con su nuevo proyecto, el director Phil Lord empuja los límites de un género que parecía inamovible
20 abr 2026 . Actualizado a las 09:56 h.Es reconfortante, de vez en cuando, ver una película distópica en la que nada sale mal. También es sorprendente, cuando uno está acostumbrado a leyendas cinematográficas como Interestelar, de Nolan; Gravity, de Cuarón; 2001: una odisea del espacio, de Kubrick, Her, de Jonze... y, cómo no, Blade Runner, de Scott. Todas ellas definen un género cada vez más explorado —la ciencia ficción filosófica—, y todas comparten historias pesadas emocionalmente, finales agridulces, laberintos morales que atrapan al espectador durante meses. ¿Qué más puede pedir un verdadero cinéfilo?
Tal vez en eso pensaba Phil Lord cuando decidió convertir en película Proyecto Salvación, una novela de Andy Weir. E intentó empujar el género un poco más allá con una serie de decisiones, a todas luces, acertadas. Para empezar, escogió a Ryan Gosling como protagonista; un actor camaleónico capaz de cargar con el peso necesario (protagonizó magistralmente Blade Runner 2049), pero también acostumbrado al lenguaje de la comedia (el ejemplo más reciente es su papel de Ken en Barbie). Lo siguiente que Lord ideó fue una introducción que juguetea con la pantomima y descoloca —en el buen sentido— a los espectadores más dispuestos a resolver laberintos morales. Y la guinda: que el único compañero de Gosling en escena durante casi toda la película fuese una marioneta.
El resultado es una historia amable, ligera y entretenida que desdibuja la mitad de ciencia para zambullirse de pleno en la de ficción. Un ensayo sobre la soledad y la amistad, sobre la responsabilidad y la vida —más que la muerte—, que plantea grandes dilemas y luego los resuelve de la forma más satisfactoria posible. Nadie pierde. No quedan cabos sueltos. Tampoco hay un avance moral significativo para el espectador; solo una película realmente entretenida, un buen sabor de boca y un pequeño alienígena que pasará directamente a la cultura popular. De hecho, las puertas de los cines están llenas de adolescentes que bromean apuntando con el pulgar hacia abajo. Lo entenderá cuando vea la película.