No he venido a Marrakech por Goytisolo, pero no he podido evitar seguir sus pasos hasta encontrar la casa donde pasó los últimos años de su vida. Ninguna placa lo recuerda, quizás porque sus herederos, los hijos de sus fieles empleados, a los que adoptó, han preferido evitar esa peregrinación hasta su puerta. Seguramente a él tampoco le habría gustado. En una entrevista afirma que no cree en la inmortalidad programada. No le falta razón, ¿quién puede saber si alguien te leerá dentro de dos siglos? De su muerte solo han pasado un puñado de años y no estoy segura de que sus libros se lean mucho, pero recordamos su nombre, sobre todo aquí, en Jemáa el Fna, la plaza, como dicen los lugareños. Cada vez que miro el móvil piensan que me he perdido y que estoy intentando llegar aquí, como si no existiera nada más que pudiera suscitar interés. Todo se representa en este espacio gigante que Goytisolo contemplaba desde el café de la France. El escritor contribuyó a proteger el espacio peleando para que la Unesco reconociese su valor inmaterial como patrimonio de la humanidad. Un lugar «donde las palabras inventadas se asumían al pie de la letra, las leyendas tomaban vida y lo sagrado era sometido a burla sin dejar de ser sagrado». Eso dijo, y no le faltaba razón, la plaza es un ir y venir de cuerpos que se igualan, aunque no es lo mismo el americano rico hambriento de exotismo que las mujeres ávidas de encontrar una mano a la que dibujar con henna. No sé si a Goytisolo le gustaría ver cómo el turismo se le ha ido de las manos a esta ciudad medieval y rosa. Se nos ha ido de las manos a todos, a mí también, que dejo el centro anhelando la periferia de la Medina, dejándome ir por el laberinto de callejuelas que se enroscan sobre sí mismas como las amonitas fosilizadas que venden en todas partes. Vender aquí es una manera de estar en el mundo, como si no existiera nada más que ese mercadeo. Tal vez tengan razón y todo es comprar una mercancía y vender otra y, aceptando que así es, mejor un zoco abigarrado donde el comerciante te mira a los ojos antes de darte un precio, como si el valor tuviera que ver contigo y no con el producto que te ofrece, que el gran zoco de internet donde te tangan igual pero sin arte.