Juventude, el universo surrealista con posibilidades infinitas

Carlos Peralta
C. Peralta REDACCIÓN / LA VOZ

FUGAS

Nico González y Ángel Barbero, dos de los miembros del grupo sevillano Juventude.
Nico González y Ángel Barbero, dos de los miembros del grupo sevillano Juventude.

El grupo sevillano llega con capas de rock, pop, ska y hasta marchas de Semana Santa y la promesa de mantener arriba todos sus temas.

20 feb 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Jorge Cadaval —la mitad de los Morancos—, Pikachu y un alquimista jubilado toman un café en la Alameda de Hércules de Sevilla. Da igual lo irreal que suene; qué más da lo retorcido que sea. En el multiverso de los Juventude, todo, incluso ese pintoresco trío, es posible. «Nosotros siempre hemos hecho música. Hemos dicho que hacíamos realismo mágico. Que hacíamos lo que sea, ¿sabes?», explica Nico, rodeado del resto de la banda. En cuanto acaben con la cháchara volverán a ensayar. Nico se piensa cada palabra para definir el «pop surrealista para la gente de la pista» que llevan por bandera este grupo de músicos sevillanos. «Es una forma de definirlo muy guay. Un pop progresivo y psicodélico».

Pero Juventude es mucho más. «Es que no nos ponemos límites. No queremos», explica Ángel. Su primer disco, homónimo al nombre de la banda, es un viaje intergaláctico en una vespino: música de estilo balcánico, Ska y hasta una especie de marcha de Semana Santa con un ritmo frenético.

El grupo andaluz teje con cuidado y dedicación cada hilo de su caos. En el fondo, nada es fruto del azar. Tampoco los sonidos, casi de carácter ambiental, que ya son marca de la casa. En Motillo, el tema que dio comienzo a esta aventura en noviembre del 2024, parece sonar ese característico motor para introducir un nuevo estribillo. Pero no. «Es un kazoo», asegura Ángel, que procede a dar una demostración. «Es un pito de carnaval, pero una o dos octavas por debajo», añade Nico. «¡Es que no nos dejaron meter una moto en el estudio!», remata Ángel. Otra muestra de esta creatividad juvenil: «Queríamos meter la percusión brasileña, que suena metálico. Y lo más parecido que teníamos era una papelera, que acabé por destrozar, por cierto», cuenta Ángel, en lo que acabaría siendo un preludio del cantable estribillo de El día de la aventura.

«Yo me quiero así. Feliz conmigo mismo. Ya no voy a sufrir por nadie más», proclaman, a modo de cierre, en este tema. Y es que Juventude reivindica su personalidad por encima de todo y lo hace también con la promesa de ofrecer un enérgico y sudoroso directo. Un ritmo que, de escucharlo en el coche, siembra ganas de parar y bailar. «Eso es un piropazo. Me lo tomo como un pedazo de piropo», responde Ángel, agradecido, a una metáfora similar de cuatro ruedas. «En este disco tengo la sensación de que hay muchas canciones que no terminan de bajar nunca. Siempre están subiendo, subiendo, subiendo...», destaca Nico, que apunta a uno de los tornillos de su maquinaria de pogos. «Es que es una cosa que nos gusta mucho: hacer canciones en que cada cambio signifique romper», matiza Ángel. «El público que venga de nuevas se va a reír y se va contagiar del baile, porque hacemos mucho Ska», remata Nico. Ellos dos son las voces principales de Juventude, pero no serían nada sin la guitarra de Charlie Conradi y la batería de Juan Rodríguez, que hasta se atreve con un pequeño rap en los directos. Todos ellos son sevillanos y amigos, unidos en buena parte por la música y el arte. «A Ángel lo conocí en la ESO; empezamos a hacer teatro e hicimos Escuela de Rock», recuerda Nico.

Ambos fueron antes los Reyes Magos. No literalmente, aunque hay toques navideños en Juventude, sino como grupo. Y su estreno fue en la azotea de un conocido hotel de Santiago. «Estuvo guapísimo, tío. Nos quedamos allí a dormir y fuimos los reyes del mambo», cuenta Nico. «Nos pusieron hasta las bandejas de plata con campana», le recuerda a su compañero en la voz principal. Ahora volverán a Galicia, de momento en una ocasión. Será en el festival Osa do Mar de Burela.