Laura Portas, la escritora gallega que descubre la historia desconocida de Mondariz: «Era el municipio más pequeño de España y un símbolo de la diferencia de clases»
FUGAS
Laura Portas vuelve a Galicia con una novela en la que reivindica el papel de los gallegos en la historia moderna con una prosa que fluye como el agua
18 ene 2026 . Actualizado a las 14:53 h.Lujo conviviendo con costumbrismo. Élites culturales que escriben la historia de Galicia en el mismo renglón que lo hacen los anónimos, esa gente de a pie que sudó las crónicas que cambiaron nuestro territorio para convertirlo en lo que tenemos hoy en día. Personajes reales que se entremezclan con otros que, por muy ficticios que sean, resultan igualmente deliciosos. Esos son algunos de los compañeros que guiarán el viaje literario al Mondariz de los años 20, que ofrece la escritora Laura Portas (Cambados, 1992) en su nueva novela, El palacio del agua. Una obra que, después de su ópera prima, El baile de las mareas, vuelve a poner en el centro del mundo a una Galicia para muchos desconocida. Y lo hace con esa prosa que fluye como el agua, líquido elemento que se ha convertido en uno de los grandes protagonistas de los trabajos de esta autora.
—El balneario de Mondariz es un personaje más, ¿en qué momento sentiste que ese lugar merecía una historia propia?
—En cuanto me pongo a indagar un poco en su historia y descubro todo su esplendor histórico. Eso, y que me di cuenta de que para mí, incluso siendo gallega, era un desconocido. Yo conocía Mondariz por sus aguas, pero se me escapaban muchas otras cosas. Cuando rasqué un poco, me di cuenta de que reunía todos los elementos para contar una gran historia. Tenía imprenta, periódico, incluso moneda propia. Albergaba una gran ciudad en un lugar muy pequeñito. De hecho, era el municipio más pequeño de España en su época.
—Fue un símbolo de modernidad europea en la Galicia de principios del siglo XX. ¿Qué fue lo que más te fascinó de ese contraste entre lo local y lo cosmopolita?
—Descubrí que la gran diferencia de clases entre los trabajadores o la gente que vivía en Mondariz y los que visitaban el balneario no era solo cuestión de fondo, sino que era parte del tejido mismo de la historia. Mondariz era un lugar donde la sociedad de hace cien años se hacía visible. No solo iban a tomar las aguas, iban a dejarse ver. Estaba toda esa élite que acudía para codearse o hacer contactos y, por otro lado, contrastaba con la Galicia rural que quedaba fuera del muro del gran hotel. Y también me interesaba explorar cómo toda esa gente vivía de los servicios que demandaban las élites. Hombres que esperaban a recoger a los huéspedes, los que limpiaban las botas o hasta los mendigos... Durante años, fue un lugar maravilloso para unos, un motor económico para todos y al mismo tiempo un símbolo de jerarquía social, donde las comodidades y privilegios de unos pocos se construían sobre la labor constante de otros muchos. Esa peculiaridad de que todos viviesen de algún modo del balneario y por el balneario generaba una dialéctica compleja, entre la aspiración, la necesidad y la desigualdad.
—Tras el incendio de 1973, la pérdida marcó a Mondariz, que perdió parte de su lustre. ¿La literatura puede ayudar a reconstruir su patrimonio emocional?
—Me encantaría. El episodio del incendio, que se cuenta en la última parte, me pareció un buen gancho para cerrar la historia. Es un símbolo que ayuda a entender cómo era posible que, después de tanto esplendor, el lugar hubiera quedado reducido a cenizas y que no hubiera resurgido de la misma forma. Ojalá esta historia sirva para que la gente transite por uno de los lugares más mágicos que tenemos.
—Candela, la protagonista, se mueve entre clases sociales completamente diferentes. ¿Qué querías explorar a través de la mirada de este personaje tan especial?
—Candela es ese punto que conecta a las voces más ricas intelectualmente hablando con la ingenuidad que tenía cierta parte del servicio del balneario. Ella sabe lidiar muy bien entre los dos mundos y se nutre de ambos. Y tiene una voz con la que, de algún modo, la gente se va a sentir muy identificada. Despierta mucha ternura.
—El personal del hotel y los huéspedes conviven con unas reglas muy distintas.
—La diferencia de clases es parte del tejido que forma la historia de Mondariz. Me gustó mucho escribir los diálogos entre los del servicio cuando empezaban a leer la crónica social en la que se hablaba de que tal o cual había empezado a estudiar y que ojalá ellos pudiesen hacerlo… Me gustó reflejar la retranca a través del servicio. Ponerlos a unos frente a otros me pareció la mejor forma de plasmar las diferencias a las que se ven abocados por nacer en una familia más o menos pudiente y tener que asumir esas diferencias. Por ejemplo, si iban a escuchar música, como mucho se podían conformar con una muiñeira...
—El triángulo amoroso de Candela no es solo sentimental, también es moral y social. ¿Representan Ignacio y Gabriel dos formas de entender su futuro?
—Me interesaba mostrar el amor desde otra perspectiva y explorar la dualidad y la complejidad de los sentimientos. Candela está dividida entre dos mundos y en ese conflicto le surgen dudas, miedos, contradicciones y eso es lo que la hace humana. No todo es lineal ni perfecto.