La novela de Maggie O'Farrell confirma que la pérdida puede ?y suele? alumbrar la creación. Cinco años tiene y, a punto de llegar al cine, es ya un clásico contemporáneo
21 nov 2025 . Actualizado a las 09:21 h.Con Shakespeare se cumple un lugar común que la escritora Maggie O'Farrell (Coleraine, 1972) hace extraordinario, el de que detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer. La destreza de la irlandesa consiste en mover el foco para relegar al dramaturgo a personaje secundario (no lo menciona por su nombre en más de 300 páginas) e iluminar a bocajarro a su esposa; también, en amarrar la desgracia —deglutirla y regurgitarla en un particular relato; el suyo, el otro— que sumió a este matrimonio en el automatismo de vivir sin vivir y, en última instancia, al genio en estado de gracia.
Declinaba el siglo XVI cuando William y Agnes trajeron a un mundo ya entonces cruel a tres hijos, Susana y los gemelos Judith y Hamnet, al que la peste bubónica apagó sin indulgencia a sus escasos 11 años. Cuatro años después de aquella fatalidad, su padre estrenó Hamlet, obra maestra de la literatura universal. Hasta aquí, los hechos. Hamnet (Libros del Asteroide), convertida ya en clásico contemporáneo —si es que eso es posible—, se atreve a imaginar la historia tras la historia, a hacerle un monumento a los puntos de apoyo del mito y a recitar una liturgia del duelo profana y animal. De vaho en las ventanas, ropa tendida y barro. De ausencia y distancia. Lleva cinco años conquistando lectores sin síntoma de agotamiento.
Galardonada con el Women's Prize for Fiction en el 2020, esta aproximación a la colosal figura de Shakespeare a través de sus rendijas da ahora el paso a la gran pantalla pilotada por la cineasta china Chloé Zhao (Nomadland) —la propia O'Farrell tuteló su guion— y protagonizada por Paul Mescal (Normal People, Aftersun) y Jessie Buckley (La hija oscura). En España se la espera a finales de enero, pero su celebrado preestreno en la Seminci de Valladolid y su glorioso paso por festivales como el de Toronto, donde ganó el premio del público, la anticipan como nueva obsesión y sólida favorita para el Óscar.
Y eso que fácil no era. Que hacer resonar la respiración lenta del libro en una adaptación cinematográfica corría el gran riesgo del desencanto; el listón, altísimo. Quienes ya han visto la película coinciden en definirla como prolongación más que sustitución, como invitación a la relectura incluso. Dicen que —en ella— cine y literatura se reconocen, que se devuelven la mirada, que se retroalimentan. Y así, a la espera, aquel que no sepa aún de qué va el tema puede hacerle cobrar vida en sentido inverso ventilándose la mimada edición, ilustrada por Laura Agustí, que Libros del Asteroide acaba de colocar en la mesa de novedades de todas las librerías.
El proyecto de O'Farrell es, en sí mismo, un acto de insolencia medida: páginas y páginas sobre la familia de Shakespeare sin —como ya dijimos— nombrar jamás a Shakespeare. El gesto elimina el peso del mito y permite al lector entrar despejado en la historia, sin condicionarse ante la figura histórica. Lo devuelve a la esfera doméstica, a lo visceral, a la carne bajo el mármol. El escritor es aquí marido y padre, un hombre de piel antes que de intelecto, un joven que tuvo hambre, que descansó, que sufrió y que, probablemente, también se rindió. Ese corrimiento de la mirada abre un nuevo ángulo, dejándole espacio a lo colindante. Por eso el centro gravitatorio de la novela es femenino. Se apoya en la intuición de Agnes, en su pálpito sensorial y salvaje, en su sabiduría indomable —eje narrativo—.
Es ella quien siente primero, quien percibe la vibración del vacío que deja la pérdida, quien encarna la plenitud que existió previamente. «La crueldad y la devastación nos aguardan a la vuelta de cualquier esquina», advierte, sabia. «La cuestión es no bajar nunca la guardia. No creer nunca que se está a salvo. No dar nunca por hecho que el corazón de tus hijos late». Contenida, no pretende responder. Sabe —aprende— que vacío y plenitud son capaces de convivir como dos fuerzas independientes, pero también que su intersección marcará su vida y la de su familia, y cuando lo hace muestra al lector que ni el mayor de los genios sale indemne. Su desconsuelo fue humano, nos muestra —en definitiva— O'Farrell. Y de ese dolor —prensado, arado con paciencia— nació una obra inmortal. Hamnet le devuelve la respiración.