Arte, memoria y futuro en la colección María José Jove: 600 piezas de todo tipo de artistas nacionales e internacionales

MARISA SOBRINO MANZANARES

FUGAS

Dos obras. A Juan Muñoz pertenece esta especie de menina que se levanta la falda ante el espejo (foto de la izquierda). En la imagen de abajo, «Lavandeiras» de Colmeiro, uno de los artistas gallegos que integran la colección.
Dos obras. A Juan Muñoz pertenece esta especie de menina que se levanta la falda ante el espejo (foto de la izquierda). En la imagen de abajo, «Lavandeiras» de Colmeiro, uno de los artistas gallegos que integran la colección.

El arte gallego está bien representado, junto a autores nacionales e internacionales

14 nov 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

Creo que es innecesario advertir mis simpatías por la labor de las instituciones de carácter privado dedicadas a la cultura, y concretamente al arte, frente a aquellas que dependen del Estado de las autonomías u otros órganos del Gobierno. Y no solo por la injerencia de la política en estas actividades, sino, salvo excepciones, por la falta de eficacia en sus resoluciones, así como por la opaca y partidista gestión en las convocatorias públicas y nombramientos artísticos.

Un modelo de funcionamiento como institución privada es la que representa en Galicia la Fundación María José Jove, que lleva años funcionando en A Coruña, dedicada a tareas de atención social y pedagógica junto a las aplicadas al mundo del arte, con una filosofía de equilibrio entre las funciones puramente sociales y las artísticas que la institución contempla. Respecto a la dedicación artística, sus actuaciones recuerdan a las representadas con anterioridad, también en A Coruña, por el desaparecido Museo de Arte Contemporáneo, Unión Fenosa (MACUF , ya que, como esta, aquella institución se componía no solo de una importante colección de obras de arte (por cierto, ¿qué fue de esa magnífica colección?, ¿cómo desapareció de Galicia?), pero, sobre todo, de una dedicación especial a la formación de los artistas al proporcionarles medios y prestaciones que les permitan desarrollar sus proyectos en el ámbito nacional e internacional. Siguiendo en parte este modelo, la Fundación María José Jove (FMMJ) les ofrece también un arco de posibilidades: desde la dotación económica que conllevan los premios bianuales, el intercambio de estancias artísticas internacionales, becas de formación internacional; estas últimas, con una duración de dos años para completar su formación artistas gallegas y gallegos, en el Art Institute FHNW de Basilea. A ello hay que sumar las becas destinadas a la investigación de ecosistemas, o las publicaciones, etcétera. Se trata de un conjunto de actuaciones sustanciales para la formación de los jóvenes autores, ya que no solo supone recibir una serie de conocimientos, sino de establecer experiencias y contactos que serán fundamentales a la hora de la creación artística.

Paralelamente a estas actividades, en los pisos superiores del edificio se encuentra un recinto donde se exponen algunas de las piezas de la colección. Aquí se exhibe una muestra reducida que se va sustituyendo temporalmente y que nos da idea del alto nivel artístico de la totalidad. Se trata de un conjunto compuesto por 600 piezas estrictamente ordenado por autores en los rastreles deslizantes (Peines) de los depósitos.

Es probable que el actual conjunto de obras no se iniciara como una colección propiamente dicha, sino por el deseo de un constructor coruñés que decidió invertir parte de su economía en obras de arte. E indudablemente tuvo un buen gusto. Pero esto refleja un cierto carácter heterogéneo al menos en sus comienzos, reconducidos más tarde hacia un perfil coleccionista con sus pautas y especialmente con directrices de contemporaneidad por su actual directora, Susana González. Es lo que suponemos por la presencia de determinadas obras, como las pertenecientes al siglo XIX y principios del XX que forman parte del conjunto. Desde ese realista Retrato de anciano de Fortuny, una de las piezas más antiguas de la colección, hasta la estupenda representación de artistas del Novecentismo catalán con excelentes pinturas de Nonell o Mir, expuestas actualmente, cuya exhibición se acompaña, como con un guiño, de una gran tela contemporánea caída sobre el suelo, especie de gran «vanitas» barroco de Mateo Maté del año 2015.

ARTISTAS ESPAÑOLES

Sería imposible referirnos a todas las obras de autores nacionales e internacionales, pertenecientes a distintos momentos y movimientos artísticos que, expuestas o no, destacan en su mayoría por su gran interés. Por ejemplo, aquellas que conformaron el panorama de posguerra, con nombres como Saura, Tàpies. Millares, Canogar, Feito..., protagonistas de una pintura de vanguardia antifranquista que se hacía dentro de España. Algunos autores de esta llamada generación del 27 representan lo que se conoce como la escuela de París: Óscar Domínguez, Bores, Peinado, Viñes, etcétera, con distintas orientaciones, aunque casi todos influenciados por la obra de Picasso, del que la colección posee dos piezas. Confluyendo con este ámbito de españoles en París se destacan óleos como un pequeño Miró o esa mano dibujada por Dalí que tiene múltiples lecturas. Si avanzamos en el tiempo, encontramos la presencia destacada de artistas españoles actuales reconocidos internacionalmente, como Juan Muñoz, uno de los protagonistas de esta colección, al que pertenece esa especie de menina que se levanta la falda delante del espejo, el laberinto de ramas de Cristina Iglesias, el hinchado saco blanco de Ángela de la Cruz o el estupendo entramado de hilos desplegados matemáticamente en el espacio por Esther Ferrer.

En el cómputo de artistas de origen europeo incluidos en esta selección, cabe mencionar algunas obras como la deliciosa acuarela de Kandinsky, el retrato de mujer elaborado por un Leger de los años cincuenta que tanto gustaba a Luis Seoane. Frente a ellos hay que reconocer el potencial de pintores europeos actuales, como Georg Baselitz reivindicando el carácter y el contexto de su traumática alemanidad o la imponente instalación de Kiefer, con un barco y un gran mar agitado que evoca la batalla del río Moldava, y no puedo dejar de mencionar entre estos artistas extranjeros, la delicada y feminista pieza de la portuguesa Elena Almeida.

El arte gallego está bien representado en la colección por lo que podríamos citar un cúmulo de nombres elegidos con mejor o peor fortuna. Empezaríamos por el más antiguo, un sorprendente paisaje de Pérez Villamil al que le siguen en estos orígenes el artista vigués Serafín Avendaño y los talentos truncados de la Generación Doliente: Ovidio Murguía y Parada Justel, y un poquito posterior a ellos, uno de los escasos óleos pintados por Castelao: Labrega con Neno. Después vendrían los Renovadores (Maside, Souto, Colmeiro, Laxeiro, Seoane) hasta los artistas integrados en las exposiciones de Atlántica, para continuar con los más jóvenes —los Sin Generación, como les llama David Barro—, Vilariño, Murado, Berta Cáccamo o Pamen Pereira. Y, para terminar —aunque el presente texto debe ser leído desde una perspectiva de provisional inacabamiento—, destaca la reciente incorporación de mujeres jóvenes que me han llamado la atención: Nuria Güell, con su instalación fotográfica sobre los refugiados, y June Crespo, escultora de inquietantes seres, mitad zoomórficos mitad maquinales, junto a la incorporación de las novísimas generaciones nacidas en Galicia, como las hermanas Nora y Lara Castro. Estos son solo algunos nombres de los múltiples autores pertenecientes a la gran colección que puede verse procesualmente en el espacio destinado a museo de la FMJJ, cuyo mérito no solo radica en el valor de sus piezas, sino que su mayor patrimonio deviene en la labor social que realiza, así como en la formación que promueve, imprescindible para el futuro de toda creación artística.