La aldea de mi madre

Mercedes Corbillón FUGAS

FUGAS

09 sep 2022 . Actualizado a las 13:07 h.

La aldea de mi madre está en la frontera. Bueno, no exactamente, pero si te asomas a la ventana y extiendes la mirada se ven los límites de Galicia y los campos amarillos donde está la piedra de los tres reinos, que no sé si existe o es solo un símbolo. Piedras por aquí hay muchas, desperdigadas por las eras como el resto de una lluvia de meteoritos gigantes y no se detienen allá a lo lejos por mucho que una línea imaginaria y política divida el territorio en los nombres rotundos de los países. La raya se cruzaba con café, con tabaco, o con algún otro bien.

Mientras paseamos por caminos estrechos y piso con aprensión la hierba seca del abandono, mamá me cuenta que en aquellos tiempos en los que en lo alto de la montaña aparecían personas que solo traían con ellos el día y la noche y se instalaban en los pajares de los pobres de este lado, que no parecían tan extremos en su necesidad porque al menos tenían algún animal y un árbol frutal, había vecinos del pueblo que se dedicaban al tráfico de humanos. Yo abro la boca, estupefacta, y echo a correr porque a mi lado veo la piel transparente de una serpiente. Emigrar es como soñar con mudar de piel, supongo, y los malnacidos de todas las fronteras no tienen escrúpulos en arrancársela a los que lo intentan.

En alguna ocasión, me cuenta, aparecían familias abandonadas en medio de la nieve en la Canda, preguntándole a los paisanos que los encontraban si estaban ya en Alemania. A veces las mafias son un vecino con nombre y apellido.