Daniel Ruiz: «Los de cuarenta y pico estamos viviendo la crisis de la mediana edad de manera muy patética»

FUGAS

Iván Giménez

En su última novela, «Amigos para siempre», el escritor sevillano monta un jaleo épico que acaba dando mucho, pero mucho, que pensar

16 sep 2021 . Actualizado a las 17:50 h.

Cuántas dimensiones tiene la amistad: cuánto de funcional, cuánto de flotador, cuánto de anfetamínico. El combativo Daniel Ruiz, premio Tusquets 2016, calibra en su última novela, Amigos para siempre, la camaradería de largo recorrido y, de paso, la crisis de la mediana edad de una generación decadente, instalada en cualquier tiempo pasado, que siempre fue mejor, pero abonada también a las aplicaciones de citas. Pongámonos en contexto: una cena de cinco colegas de toda la vida y sus respectivas parejas en casa del mayor y más próspero del grupo para celebrar su 50 cumpleaños. Vienen curvas.

­—¿Existe la crisis de la mediana edad?

—Existe, pero se ha retrasado. Ya no es tanto a los 40, como antes, sino más bien a los 50. Y creo, además, que la gente de mi generación la está viviendo de una manera muy patética, con comportamientos que producen bastante vergüenza ajena, sobre todo en los que vienen detrás, en los que son más jóvenes: ese deseo de querer figurar siempre, como si uno tuviese 20 años... los gimnasios, la healthy life, la manera de vestir, los lugares que frecuentamos, las cirugías... Somos una generación muy infantilizada. Estrenamos la sociedad del bienestar y nos hemos ido dejando comer el terreno por el neoliberalismo más salvaje sin apenas haber rechistado.

­—¿Cómo aparece la historia en su cabeza?

­—Pues casi sin pensarlo. No era una idea que tuviera proyectada, pero a raíz de un episodio personal, de un desencuentro con una amiga por una discusión sobre política, me surgió la idea, casi la necesidad, de plantear una historia en la que se pusiera de manifiesto de qué manera la política ha irrumpido en nuestras relaciones personales hasta el punto, incluso, de ponerlas en peligro. Esa era la pretensión inicial y con esa idea me planteé hacer una novela muy comprimida en el tiempo y en el espacio, con cierta vocación teatral, poner a hablar a una serie de personajes para enfrentarlos y sacar a relucir sus contradicciones. Y entonces llegó la pandemia. Cuando nos confinaron me vi con ese grupo de amigos sentado a una mesa y, al final, la narración fue avanzando por otros vericuetos y me afilié a ellos como si fueran mis porpios amigos, como si yo fuera una especie de mirón de una reunión a la que no había sido invitado.