Sara Jaramillo: «Uno crece el día que se da cuenta de que está solo en el mundo»

FUGAS

Ricardo Quesada

Tras contar cómo mataron a su padre, la escritora colombiana despliega ahora en «Donde cantan las ballenas» la historia de una niña que enferma de realidad cuando el suyo la abandona

28 may 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

Hace ahora 30 años, un sicario con tatuajes y rosario al cuello acabó a balazos con la vida del padre de Sara Jaramillo, un prestigioso abogado de Medellín. Ella tenía 11 años y, aunque no estaba presente, había sido testigo días antes desde el asiento trasero del coche familiar de cómo dos pistoleros en moto apuntaban con sus metralletas primero al conductor y, al acelerar, a su propia frente. La escritora colombiana lo contó en su primera novela, Cómo maté a mi padre: se abrió en canal, escarbó hasta dejar en carne viva la herida, se hizo preguntas. Y al mismo tiempo -todo durante la temporada que pasó en Madrid cursando un máster de escritura- engendró Donde cantan las ballenas, ambas publicadas por Lumen, una bella, exótica y luminosa ficción llena de capas sobre una niña que, también, se queda sin figura paterna. Su padre, sin embargo, se va por voluntad propia.

­-¿A qué conclusión llegaste tras escribir las dos historias: es peor un padre muerto o un padre que te abandona?

-Creo que me di cuenta que es peor un padre que te abandona, aunque en realidad las dos cosas son un abandono, porque la muerte también es un abandono. A mi padre lo mataron, con lo cual fue un padre que nos abandonó. La diferencia está en que mi padre no tomó la decisión, un tercero la tomó por él, le disparó y le quitó la vida, pero no fue decisión suya. Me parece mucho más fuerte darse cuenta de que tu padre no está porque ha tomado la decisión consciente de irse.

-¿Cómo acaba esta novela escribiéndose en Madrid?

-Toda mi vida tuve muy claro que quería escribir, desde pequeña; siempre he sido muy buena lectora y, cuando uno es un lector tan obsesivo, llega un momento en el que se pregunta si acaso podría estar al otro lado y ser quien escriba los libros. De hecho, estudié Periodismo pensando en eso, en hacer una carrera que me pudiera llevar específicamente por el mundo de la escritura, pero por el camino me desvié y acabé trabajando en televisión. Me sentía en deuda conmigo misma y quería formarme. Sé que no es indispensable y que hay muchos escritores que nacen de la nada, pero quería hacerlo bien, enfocarme en ello, darme ese tiempo y ese regalo a mí misma, así que me retiré del Periodismo. Estaba muy cansada, era reportera del principal informativo de Colombia, y Medellín es una ciudad que produce muchas noticias y no todas amables, era un trabajo muy pesado, muy exigente y difícil en muchos aspectos emocionales. Después de cuatro años lo dejé y monté una tienda de especias que tuvo mucho éxito y en el momento en el que empezó a funcionar sola, en el momento en el que tuve ahorros, me decidí a hacer un máster de escritura. Era importantísimo para mí hacerlo lejos, tomar distancia de mi familia. Así que busqué un curso lo más lejos que encontré, con océano de por medio, un lugar en el que el lenguaje no supusiese una barrera. Y por eso acabé en España. Mi primera novela es una historia autobiográfica y creo que no hubiese sido capaz de escribirla aquí, con mi madre y mis hermanos orbitando.

-¿Cómo fueron esos dos años en Madrid?

-Fueron maravillosos, pero también difíciles, porque la escritura de Cómo maté a mi padre fue muy dura, me obligó a destapar muchas cosas y a enfrentarme a una historia que llevaba tiempo escondiendo, porque no me gustaba hablar de eso, ni de la muerte de mi padre, ni de mi hermano, ni de nada de lo que pasó. Así que fueron años agridulces. España es un país maravilloso; Madrid, un lugar increíble. Por primera vez en mi vida estaba viviendo sola. Como de buena familia latinoamericana que soy, he vivido siempre con mis padres, hermanos… somos muchos y siempre hay mucho revuelo y mucha familia alrededor. ¡De repente no tenía que acudir a comidas familiares los domingos! Fue dificilísimo el clima, eso sí; en invierno me quería morir [ríe]. Y luego, la escritura es una cosa rara, porque es una tortura grande, pero también es algo muy jugoso. Es una mezcla grande de dos sentimientos tan contradictorios que me cuesta explicar. Fueron dos años inolvidables.

­-Además la escritura de las dos novelas fue paralela, ¿cómo se hace esto?

-Como las escribí casi a la vez, tienen muchos temas que se tocan. Cuando empecé a narrar la primera desde la Sara niña, me di cuenta de que tenía muy vívida la época de la infancia; creo que tiene mucho que ver con el asesinato, que lo trágico hizo que se me fijara mucho, que me acuerde tanto. Entonces, cuando escribí Ballenas, me dije que debía atesorar esa mirada infantil, porque me parece que narrar la niñez es algo que nos hace mucha falta en la literatura. Y es muy curioso, porque todos fuimos niños, sin embargo crecemos y nos ponemos a escribir y olvidamos lo que era ser niños, y cómo los niños asumen la realidad y cómo la realidad los forja y los cambia. Esta es una novela iniciática, en la que se aprecia un cambio muy importante del personaje, una evolución de un estado a otro. Ella vivía en un mundo casi de fantasía, con un padre artista que estaba siempre contándole historias; cuando se va, se empiezan a caer todas esas explicaciones, ella empieza como a enfermar de realidad.

­-La protagonista se creía absolutamente todo lo que su padre le decía. ¿Crecer es empezar a cuestionarse las cosas?

-Sí. Yo definitivamente lo creo. Y crecer es muy duro, y eso lo descubrí con la escritura de Cómo maté a mi padre. Cuando a uno le falta la figura paterna, o la materna, cuando a uno le falta una figura fundamental durante su infancia se da cuenta de muchas cosas, pero sobre todo de que está solo en el mundo. Uno crece el día en el que se da cuenta de que está solo en el mundo. Con eso te quiero decir que hay gente mayor que no ha crecido, porque siempre está esperando que alguien le ayude, a que alguien le eche una mano, a que alguien le resuelva las cosas.

­-Recurres constantemente a la fórmula: «Candelaria aprendió que...», «Candelaria supo que...», «se dio cuenta de...».

-Necesitaba que la gente la viese crecer, que quedase muy claro que a raíz de todo lo que le pasa transforma su forma de ver las cosas y aprende cosas que no sabía, crudísimas, porque es que crecer es muy duro, es difícil y doloroso, pero hay que hacerlo. Y Candelaria es un personaje que me gusta mucho porque se aleja del prototipo de mujer que se queda esperando a ser salvada. A pesar de ser todavía una niña, decide no esperar a que nadie la salve, salir a buscar a su padre, respuestas. Y si para ello tiene que engañar y manipular, lo hace, y con eso se pone de manifiesto el crecimiento.

­-¿Cuántas lecturas hay en esta historia?

-Quise ponerle muchas capas. La primera, la historia como tal. Luego, una segunda en la que abordo temas que me perturban: el abandono paterno, el consumo de drogas, las enfermedades mentales. Por ejemplo, la madre es un personaje muy débil psicológicamente y Candelaria se da cuenta de que ella ya no es la hija de su madre, sino que casi tiene que ser la madre de su madre. Y después, está la tercera capa que es simbólica. No elegí al azar a todos los animales que menciono, ni porque fuesen bonitos. Tienen una razón de ser, ayudan a reforzar la personalidad del personaje con el que están vinculados, a hacer avanzar la historia.

-En Colombia, tu primera novela la publicó la editorial de Héctor Abad Faciolince. ¿Cómo es ser «ahijada» de alguien como él?

-Pues mira, no tenía ninguna relación directa con él. Sí conocía su editorial y me hacía ilusión publicar allí, porque su historia es muy similar a la mía: Héctor es de Medellín, somos requetevecinos y él también narró la historia del asesinato de su padre, que fue más o menos por la misma época que el del mío. Y una amiga que tenía contacto con su familia le hizo llegar muy ingenuamente un capítulo de mi novela e, inmediatamente, se pusieron en contacto conmigo. Él más tarde me dijo que, desde el otro lado, había sentido lo mismo, que la historia era muy parecida a la suya. El libro nos unió mucho y la editorial, a pesar de ser diminuta e independiente, ha logrado muchas cosas con este libro; incluso en el confinamiento, con las librerías cerradas, fue uno de los títulos más vendidos del año, ya va por la quinta edición, muy loco todo. Yo creo que los dos estamos muy agradecidos: ellos conmigo, porque de alguna manera les ayudó a mantener a flote la editorial en una época muy difícil; y yo con ellos, porque le han dado mucha visibilidad a mi historia y porque tener el nombre de Héctor detrás, como respaldo… pues imagínate, eso es gigante para mí.