Un canto a la literatura que amamos (y ama)

Más de un año después, «El infinito en un junco», de Irene Vallejo, sigue entre los libros más vendidos del país tras 36 ediciones


Al final de Interstellar (2014) todas las respuestas del relato confluyen en una explicación: el amor. Algunos esperaban otro elemento, otros lo vieron pomposo y otros lo aceptaron como válido. Recuerdo este asunto porque, si hay algo que mueve el libro de Vallejo, si hay un elemento básico que aglutina todo lo narrado en este ensayo, si hay un pilar maestro, ese es inevitablemente el amor, puro y evidente, el amor hacia los libros. Un sentimiento compartido entre lectores, difícil de explicar a terceros, como le ocurre al hincha de un equipo, o al melómano cuando le da al play. El infinito en un junco es un canto romántico que reúne relatos y asuntos pasados, los hila con el presente y atraviesa el velo histórico de las letras entre Alejandro Magno, Petrarca o Fitzgerald.

Todo esto quizás ya lo haya leído, o quizás le suene. Es normal. En su edición número 26, Vallejo ya había vendido más de 150.000 libros. Hoy ha sumado diez ediciones más y ha sido traducido a más de treinta lenguas. Es un éxito editorial, un éxito del que no se puede presumir siempre y menos si atendemos a su naturaleza de ensayo, no apta para todos los ojos, y quizás por eso el sopor pueda asomar su nariz según en qué momento uno inicie la lectura.

Sea como fuere, El infinito en un junco es una obra plena, apta para casi cualquier lector, que logra ese difícil equilibrio entre erudición y divulgación, conceptos que demasiados autores son incapaces de conjugar y mezclar, al echar demasiado de uno y poco de otro, o viceversa. Nada más lejos de la realidad en este caso.

Como no podía ser de otra forma, el que escribe estas líneas llega tarde. El libro vio la luz en diciembre del 2019, poco antes de que la pandemia hiciese aparición global y obligase a ese encierro que hoy cuesta ubicar en el tiempo, entre lejano y demasiado cercano. Llego a El infinito en un junco porque sigue ahí, en lo alto de las estanterías y de las listas de ventas, año y pico después, inamovible. Y uno se pregunta el porqué.

ESE GRAN INVENTO

La literatura es maravillosa. Lo es porque ha conseguido elevarse como una herramienta tan versátil, tan poderosa y tan hermosa que es difícil no verla como una de las grandes creaciones de la raza humana. Después de miles de años, sigue ahí, evolucionada, pero sin olvidar su pasado, sin renunciar a una pizca de sí misma. Por eso Shakespeare vive, igual que Machado o Dante. Pasan los años pero sus letras no desaparecen, sino que siguen ofreciendo su discurso intacto, seguimos buscando y buceando en ellas, con nuevas perspectivas, contextos, miedos y esperanzas.

Vallejo logra fijar esas relaciones casi místicas que se establecen entre autores y lectores, dejando atrás barreras temporales y espaciales, permitiendo la supervivencia de la obra y del libro como elemento actual, embrión del lector electrónico, igual que el papiro desenrollado lo es del scroll vertical del teléfono móvil.

Si la literatura es un viaje, la filóloga zaragozana ha logrado crear una primera guía turística fabulosa, con un tono de cuento para repasar estos primerizos compases clásicos que resume con evidente maestría en unas 400 páginas. No lo dude si le atemoriza la palabra ensayo; como mínimo, merece el intento.

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