No te pierdas el documental de Quincy Jones de Netflix

Quincy es mucho más que el creador de Michael Jackson. «Hermano» de Ray Charles e «hijo» de Count Basie, está detrás del mayor éxito de Sinatra y ha alentado todos los estilos musicales en cada década. Sin él no habríamos bailado el siglo XX


No sé tú, pero yo tenía la imagen de Quincy Jones asociada al pop, a aquel mítico «We are the world, we are the children» y, cómo no, al gran fenómeno Michael Jackson de los ochenta de Thriller. Básicamente, Quincy era eso: el genio, el gran productor que llenaba las discotecas y generaba superventas. Qué poca verdad. Después de ver el documental Quincy Jones de Netflix, que dirige una de sus hijas, Kashida Jones (tiene seis y un solo varón), me rindo a este hombre que ha cumplido 88 años y ha estado detrás de los éxitos musicales de los distintos estilos de cada década. Un piscis del 14 de marzo —en la película se ve su curiosa atención al horóscopo— que nació en la pobreza en el sur de Chicago, marcado por el trauma de una madre que fue ingresada en un manicomio. «Fui un gánster hasta los 11 años, no había otro modo de sobrevivir», confiesa Jones mientras enseña todas las heridas físicas de una infancia en la calle. «Hasta esa edad jamás había visto a un hombre blanco y en los libros de la escuela no había un solo hombre negro. Los negros no sabíamos quiénes éramos», relata para descubrirnos que de esa necesidad de referentes propios en su raza nace después su intensa carrera.

La casualidad se le cruzó como destino un día en que se topó con un piano. Tocó sus teclas y sintió que su vida sería aquello. De pronto explotó un don lleno de lucha y esfuerzo, aprendió a tocar todos los instrumentos, se especializó en la trompeta, y a los 14 conoció a R. C, un tipo de 16 años del que hablaba todo el mundo. Esas iniciales, las de Ray Charles, señalan el camino de dos mitos que se convirtieron en hermanos. «Cuando escuchas los arreglos de Quincy —dice Charles en el documental—, sin darte cuenta estás moviendo los pies».

La gran Dinah Washington le da la primera oportunidad y de ahí salta a Louis Armstrong, Count Basie, que fue como un padre para él, Miles Davis, hasta que un día llega la llamada de Sinatra: «Quiero que compongas mi disco». ¿No oyes ese «Fly me to The Moon»? Todo el gran éxito de esos temas clásicos están en las notas de este Quincy que movía a la orquesta como nadie. «Ray Charles y Frank Sinatra me enseñaron a vivir», dice quien se bebió la vida en vasos de vodka, se murió varias veces (le abrieron el cerebro por un ictus y tuvo que dejar de tocar la trompeta) y resucitó otras tantas.

Su sentido del humor lo hace leyenda, pero él no para. Tras una mala racha, comienza a trabajar en una discográfica y saca ese hit It's My Party, de Lesley Gore, en el 63. ¿Qué hace Quincy? No se conforma. Empieza a escribir música para el cine, se convierte en el primer negro que hace ese trabajo, descubre a Oprah Winfrey en El color púrpura y sigue sumando éxitos. Luego llega el sonido disco, Stevie Wonder, el fulgor de Michael Jackson que él hace brillar de forma única, sigue con el jazz, y posteriormente se lanza al rap de Will Smith y de Tupac, el ídolo asesinado que Jones llora como a un hijo. «No se puede vivir sin agua y sin música», nos alienta Quincy. Sin él no habríamos bailado el siglo XX.

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