Pepa Bueno: «Hay que avanzar con los hombres, sin ellos no tiene sentido»

«El cambio más importante de la democracia en España afecta a las mujeres», sostiene la periodista, que tiene claro que «este 8M no debe celebrarse en la calle» y recupera en «Vidas arrebatadas» la voz de dos niños a los que ETA dejó huérfanos en el 87

La periodista Pepa Bueno acaba de publicar su primer libro en solitario, «Vidas arrebatadas. Huérfanos de ETA»
La periodista Pepa Bueno acaba de publicar su primer libro en solitario, «Vidas arrebatadas. Huérfanos de ETA»

Hace preguntas, las encaja, responde rápido y claro, y en su oficio no pierde de vista los porqués. Líder de la radio con el programa Hora 25, Pepa Bueno (Badajoz, 1964), que ha dado la cara y la voz desde los 90 por nuestra actualidad, rescata del olvido en su primer libro, Vidas arrebatadas, la historia de José Mari y Víctor, víctimas del terror de ETA, dos hermanos que sobrevivieron al atentado que la banda perpetró el 11 de diciembre de 1987 contra la casa cuartel de Zaragoza. ¿Lo recuerdan? Leer el relato estremece, de partida porque no es ficción. Pero también por la crudeza desnuda, abrasiva, de los testimonios de los dos. Aquello ocurrió, y han tenido que pasar décadas para contarlo. Cada vida rota merece la costura de un libro.

La primera mujer directora y presentadora del telediario de las nueve de la noche en TVE, que fue la primera también en ponerse al frente del Hoy por hoy de la Cadena Ser, colabora en la asociación Escuela para Todas, por el acceso a la educación en igualdad de las niñas en Camboya, y es feminista desde que recuerda, desde aquellos 70 en los que las mujeres debían pedir permiso hasta para abrirse una cuenta corriente. Pepa Bueno celebrará en la radio el 8M entrevistando a mujeres de distintos ámbitos. «No es momento de salir a las calles», afirma.

-Pensábamos que Pepa Bueno lo había hecho todo, pero no. Acaba de firmar su primer libro.

-Es mi primer libro en solitario. Participé antes en varios colectivos, pero me había resistido siempre a escribir. Soy muy lectora y tengo un profundo respeto por el oficio de escribir. Y siempre me decía: «Yo lo que hago son noticias». Pero esta historia pedía a gritos ser contada.

-Aramburu, autor de «Patria», la reseña como «un testimonio sin tapujos», el de dos niños inocentes que vieron su vida volar en pedazos a las seis de la mañana del 11 de diciembre de 1987. En aquel atentado se despertaron entre humo y escombros, sin sus padres y su hermana Silvia, de 7 años. Víctor y José Mari, esos niños huérfanos a los que les arrebató el presente y el futuro un ataque de ETA, la fueron a buscar a usted.

-José Mari, el mayor de los hermanos, quería contar su historia. Víctor participa porque piensa que a su hermano, que vive todavía en una hoguera emocional, eso puede ayudarle. Ellos deciden contarlo y quieren que lo escriba un periodista como yo. La propuesta me llega a través de una editora de Planeta. Una vez que conocí a los hermanos, tuve clarísimo que tenía que hacer el libro.

-Es una crónica devastadora, parece mentira recordar que ocurrió. En el 87 todo estaba por venir, el progreso, el sueño madurez democrática, había cierto folklore político y social, como dibuja en el libro. Muchos vivimos de lejos la amenaza de los años de plomo. Volver a lo que pasó es como abrir los ojos por primera vez.

-Eso estaba pasando. Y esa perplejidad de la que me hablas yo la viví también. Acabé la carrera justo el año en que se produce el atentado de la casa cuartel de Zaragoza. Me he preguntado tantas veces a lo largo del tiempo que he trabajado este libro  «¿Cómo los periodistas nos vamos al otro punto del planeta buscando historias? Si esto lo teníamos aquí, delante de nuestros ojos... ¿Adónde mirábamos?». En aquella España que daba zancadas hacia la modernidad en aquel momento teníamos la pesadilla de ETA velada por un mecanismo de defensa, como que las sociedades activan un mecanismo de defensa que les hace mirar siempre adelante y no echar cuentas de lo que va quedando en el camino. Pero es que algo parecido nos está pasando con la pandemia...

«Nos dicen que ha habido 500 muertos un fin de semana ¡y preguntamos por la vacuna! '¿Cuándo me vacunan?'»

-¿En qué sentido?

-Hace un año, cuando nos decían que había 500 muertos, nos llevábamos las manos a la cabeza. Ahora nos dicen que ha habido 500 muertos un fin de semana ¡y preguntamos por la vacuna! '¿Cuándo me vacunan?'. Quiero pensar que nos pasó algo parecido entonces. Cuando había un atentado estábamos muy atentos el día que ocurría, el estupor, el funeral, la política antiterrorista...

-Funciona ponerse una coraza indolente que ayuda a seguir adelante...

-Sí, para sobrevivir. 

«La ejecución a cámara lenta de Miguel Ángel Blanco, que fue insoportable, provocó un cambio en la mentalidad en Euskadi y el conjunto de España. Pero a los huérfanos eso les llegó tarde»

-¿Socialmente hemos mejorado?

-Durante mucho tiempo los supervivientes de los atentados de ETA eran testigos incómodos del fracaso que suponía para la democracia que hubiera una banda matando en una España que quería progresar. Eso cambió a mitad de los año 90 con el asesinato de Tomás y Valiente, con la ejecución a cámara lenta de Miguel Ángel Blanco, que fue absolutamente insoportable. Eso provocó un cambio en la mentalidad en Euskadi y el conjunto de España. Pero a los huérfanos de ETA todo eso les llega tarde. Hay que tomar a las víctimas de una en una, porque hemos despachado la tragedia con la etiqueta de «víctimas de ETA» como si eso fuera pack en el que cupieran todas las vidas, cuando cada vida es única. Hay que quedarse con la verdad desnuda: se mató, se secuestró, se extorsionó y se dejó todo un rosario de vidas arrebatadas. 

-Se ha roto el silencio y no hay vuelta atrás. El avance se ve lastrado por la pandemia, pero hay cosas que son pasado. ¿Ahora estamos, indudablemente, mejor?

-Sí. ¡Claro que estamos mejor, no tengo ninguna duda! ETA no mata, no secuestra, no extorsiona. España tuvo este anacronismo de una banda terrorista que en plena democracia seguía matando y eso ya desapareció. 

-¿Qué le parece que la mitad de los jóvenes no sepan quién fue Miguel Ángel Blanco?

-Los jóvenes viven el presente, como lo vivíamos nosotros cuando teníamos 20 años. Esas lagunas hay que solucionarlas en las escuelas. Que los profesores expliquen el siglo XX, que no nos hagan quedarnos en el XIX, ¡como nos han enseñado historia a nosotros! Los jóvenes miran al presente y al futuro, siempre ha sido así. Me niego a participar en esa especie de coro de echarles a los jóvenes la culpa de todo.

-El 8M nos sirve la ocasión de poner sobre la mesa otro avance, el camino hacia la igualdad real de hombres y mujeres. Ha advertido que la clave del avance está en las treintañeras. ¿Por qué?

-He sido feminista desde que me recuerdo. Cuando no se era... cuando te decían continuamente eso de «Mira esta qué pesada con las cosas de las mujeres». Como si el feminismo fuese una carpeta, una carpetita con tus cosas. A mí una de las alegrías de este tiempo que vivimos es comprobar el empuje de las veinteañeras, es imparable, han descubierto que las calles en realidad son un poco menos suyas que las de sus compañeros pese a que sus madres pagan los mismos impuestos que sus padres. Y luego las treintañeras, sí. Trabajo rodeada de treintañeras y pongo mucho el oído. Se han sentido estafadas muchas de ellas, lo veo. Porque las hemos educado en el «Sois iguales», y resulta que ahí están los techos de cristal. Si tienen el primer hijo se les viene encima y el segundo no te cuento...

-¿Seguimos pagando la factura de la incorporación masiva de la mujer en los 70 al mundo laboral? La cuestión de la maternidad parece hoy un campo de batalla.

-Sí. La que no quiere ser madre sigue recibiendo la pregunta de «¿Y tú cuándo vas a tener un niño?». Y luego está la que quiere o no se atreve porque cree que con la maternidad se estancará su carrera...  El reloj biológico se pone en marcha justo en ese momento, en torno a los 30 o los 32. Madres y no madres aguantan el chaparrón. Es increíble. 

-¿El feminismo transformará el mundo o habrá un paso atrás?

-Las transformaciones en el ámbito de la igualdad son lentas, lentas. Una cosa es la igualdad legal y otra muy distinta la igualdad real. Pero yo soy optimista, Ana, el mundo ha mejorado desde que el feminismo ha introducido cambios. Y sin quemar un contenedor, por cierto. El mundo es, sin duda, mejor desde que las mujeres estamos en el espacio público. Ahora, esto ha sido al precio de que varias generaciones se han echado a la espalda la doble y la triple jornada, el plomo de la carga mental. 

«Hay una frase de Michelle Bachelet que me dijo hace años cuando la entrevisté en Chile y me gusta mucho: 'Si una mujer entra en política, cambia la mujer. Si muchas mujeres entran en política, cambia la política'»

-Los hombres son necesarios en este cambio.

-Claro, y hay hombres que están pegando un cambio espectacular. Esas cosas de la «carpeta con tus cosas» resulta que afectaban a la vida de todos, a la economía, a los cuidados... Yo noto una generación de hombres jóvenes que, afortunadamente, viven una gran transformación. Pero en general los cuidados, la logística, esa carga mental y el escrutinio de la imagen y la edad siguen cayendo más en la mujer. La edad sigue jugando en nuestra contra. Cuando ves los discursos del día a día, ves lo que queda por hacer. Queda por hacer.

-Ana Patricia Botín le dijo que era feminista. ¿Qué le pareció?

-Le pregunté y no tenía ni idea de por dónde iba a salir. Y me dijo: «Soy feminista». Es importante. Creo en un feminismo transversal, muy general. Es importante que Ana Patricia Botín diga que es feminista. Que el tema esté en todas las conversaciones de todos los ámbitos de la sociedad es decisivo, incluso que haya una corriente en contra. Lo que no puede el feminismo es quedarse en algo políticamente correcto, en un 'Y venga, vamos a hacer planes de igualdad'. El feminismo hace temblar las estructuras del mundo como lo concebimos ahora, hace temblar la economía... Si cuantificamos, por ejemplo, económicamente el trabajo de los cuidados, ¿qué pasa? El término feminismo se ha demonizado, pero es un movimiento imparable, y ningún movimiento transformador ha avanzado sin otros reaccionarios a su vez. Hay una frase de Michelle Bachelet que me la dijo hace muchos años en una entrevista en Chile y me gusta mucho: «Si una mujer entra en política, cambia la mujer. Si muchas mujeres entran en política, cambia la política». Esto trasládalo a todos los órdenes. Hay gente que ve sus privilegios muy afectados y otra que, directamente, no lo entiende...

-Hay también feministas de discurso que se pliega al machismo en el día a día o mucha mucha mujer que se reconoce en la etiqueta y es feminista en la acción...

-Sí, sí. Hay mujeres que dicen que no son feministas y están todo el día, en realidad, rompiendo techos de cristal. Hay que centrarse. Hay que avanzar con todo, con todos. Con los hombres, sin ellos no tiene sentido. 

-Prohibidas las manifestaciones este 8M. ¿De acuerdo?

-Dos cosas: es obvio que este año no se puede celebrar el 8M como lo hemos celebrado siempre. La situación sanitaria es la que es, y lo que hemos exigido a otros nos lo tenemos que exigir a nosotras. Lo tengo clarísimo. Tenemos mil canales para escuchar las voces de la mujer. Yo el lunes haré un programa, «Conectadas 8M», para estar no en la calle pero sí en la radio. Es un programa para que distintas mujeres cuenten su balance, lo que creen conseguido, lo que queda por conseguir, cada una en su ámbito. Esta será mi manera de celebrarlo. 

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