Los Panero: desencanto al pilpil


Es domingo, está un día feo, uno de esos con un cielo gris sin fisuras, ni siquiera una nube dibujada que dé un poco de estampado a la mañana. Del silencio ya no hablamos, solo la lluvia o los pasos perdidos de alguien que ha salido a comprar el pan o a pasear en la carcasa vacía de la ciudad. En mi sala huele a febrero, a café y a tostadas. Las mimosas dejan su aroma en el mes adecuado, pero me ha dicho la señora que me las ha vendido en la plaza que ya no durarán mucho con estas lluvias. No me extraña nada, apenas empezaba el año y ellas ya amarilleaban el paisaje a los lados de la autopista. Recuerdo la alegría de ver esa explosión de color casi de un día para otro.

A Felicidad Blanc también le gustaban las mimosas. Lo dice en El desencanto, aquella peli de Chávarri sobre los Panero. La vi ayer mientras me hacía un bacalao al pilpil. Bueno, la he escuchado más bien, aunque me gustará verla bien, en el cine mejor. Me ha parecido literatura pura. La voz de todos ellos, la presencia de todos ellos, la ironía de todos ellos, la desnudez de todos ellos, la ficción de todos ellos… pero esa madre, cómo me ha gustado, la única que no utiliza guion, que construye su memoria maquillando los recuerdos, que aguanta el envite de sus hijos, sobre todo de Leopoldo, poeta, homosexual y enfermo mental, que la señala a ella. Siempre señalamos a las madres, quizás no buscando culpas, pero sí buscando causas. A los padres se les mira menos. El de esta familia pasaba por allí, escribía poemas, bebía y pegaba gritos. Era un hombre famoso, todo lo que puede serlo un intelectual, tenía amigos ilustres, murió joven. Ella tuvo otra vida después, no sé si mejor, pero distinta, como les pasaba a las madres antes cuando enviudaban. Tal vez más problemática en lo económico, pero también más libre, más propia.

Me hubiese encantado conocerla, aunque tenía aspecto de señora difícil, con ese porte, esa elegancia y esa frialdad tan mal vista en las mujeres.

Qué importa nada si eres un personaje literario que nadie ha necesitado escribir.

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