La Academia salda su deuda con la sonrisa de Ángela Molina


«El cine nunca morirá», decía el pasado lunes Ángela Molina. La actriz, que será la única que recoja en mano su Goya el próximo 6 de marzo en Málaga, ha crecido delante de una cámara. Desde sus veintipocos como oscuro objeto de deseo de Fernando Rey, en la última película de Luis Buñuel, a sus papeles en series de televisión tan seguidas como Velvet. Desde el rostro aniñado a la piel adulta que luce, a sus 65 años, fiel a su melena, ajena a modas y a dictados casposos como el de Carolina Herrera, siempre marcada por una eterna sonrisa.

De ella dijo Buñuel que tenía el rostro de una virgen pagana. Algo tiene ese rostro que ha conquistado a directores clave en la historia del cine español: a Gutiérrez Aragón, con quien rodó cuatro películas, entre ellas La mitad del cielo, que le dio la Concha de plata en San Sebastián. A Almodóvar, a José Luis Borau, a Jaime Chávarri, a Ricardo Franco. Y de ella se podría decir que es casi tan italiana como española: allí ha rodado con Pontecorvo, con Marco Bellocchio, con los Taviani, con Tornatore. De hecho, fue la segunda actriz no italiana en recibir el David de Donatello, el mayor premio del cine italiano.

El Goya se le había resistido: cinco veces nominada, como en tantas otras ocasiones, la Academia repara ahora sus olvidos con un premio de honor que no suena a despedida, porque la actriz no piensa en jubilarse. Anda embarcada en el último proyecto de Bambú para Amazon, Un asunto privado, serie ambientada en la Galicia de los 40 en la que comparte protagonismo con Aura Garrido y Jean Reno. El próximo escenario que pisará será el del Teatro Soho de Málaga en la extrañísima gala de este año. Pero ya avisaba en el acto de la Academia de esta semana: lo que quiere son tablas y a Lorca, una de sus asignaturas pendientes.

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