Barcelona, capital Castroforte de Baralla

La última novela de Miqui Otero, «Simón», está repleta de hallazgos


La última novela de Miqui Otero (Barcelona, 1980), Simón, está repleta de hallazgos. El primero, el que se revela de inmediato, es el de la voz narradora: cálida, próxima, aguda, dotada de un ingenio propio y generosidad para repartir juego entre las otras voces de la historia, la de su protagonista homónimo -héroe, con cursiva- y la magnífica galería de secundarios que lo arropan, como el billarista que calcula y ejecuta con precisión sus carambolas. Otro acierto de la novela: la mesa, las bolas y sus troneras, metáfora de esos golpes certeros y desapariciones inesperadas con las que la vida hace rodar por su tapete las inquietudes de los personajes. Los encabeza un Simón al que seguimos desde una infancia desbordante de imaginación gracias a incontables lecturas de espadachines y el ejemplo admirado de su primohermano Rico, hasta el fin de una juventud que ha erosionado la inocencia y confianza con la que nos defendemos -inútilmente- contra los desengaños inseparables del proceso de crecer. Un camino que el autor proyecta sobre un espejo stendhaliano al subrayarlo sutilmente con las propias transformaciones de la Barcelona de su protagonista la efervescencia luminosa del verano de 1992 que acaba por agriarse con los atentados de las Ramblas y el proceso independentista. Simón se maneja con soltura en las coordenadas de la tradición novelística de Barcelona y la lleva a su terreno (otro hallazgo): las paradas libreras de Sant Antoni, los bares canallas, los sastres que visten a dandis psicodélicos, como si Marsé hubiese crecido escuchando a Los Negativos y Brighton 64.

LA BARCELONA GALLEGA

De todas las Barcelonas posibles que aparecen en Simón, la Barcelona de los gallegos brilla con el fuego inolvidable de una lareira. Simón crece en el local donde las Merlín y los Rico —que le cambiaron el nombre al local de Rico Rico a Baraja porque no les gustan que les impongan los chistes: una de las muchas muestras de humor de la novela— cocinan una morriña inclusiva a la que se arrima una clientela tan variopinta como entrañable. Su lugar de origen, Castroforte de Baralla, le sirve a Miqui Otero —que llega a hacer un cameo en su propia historia— para sumar imaginación y memoria, las fabulaciones leídas con sus propias experiencias de niño migrante, a caballo entre el territorio mítico de sus antepasados y el horizonte infinito de la ciudad donde uno se puede fabricar una identidad a medida y guardar en secreto su doble personalidad, para recurrir a sus superpoderes: fabulación y retranca. Dos habilidades de las que Miqui Otero tiene de sobra y que alimentan la escritura de Simón, su mejor libro hasta la fecha.

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