Llucia Ramis: «Acabaremos hartos de la literatura del yo»

La autora de «Las posesiones» nos invitaen «50 libros que me han cambiado la vida» a un chapuzón refrescante con amigos, amantes, juegos y guiños. «Me enamoré de Bolaño de manera fugaz», confiesa


Nadie lee dos veces el mismo libro, invita a pensar la escritora Llucia Ramis (Palma de Mallorca, 23 de abril de 1977), porque la primera lectura es irrecuperable, «y la segunda es siempre más dolorosa». En 50 libros que me han cambiado la vida (que son más), la autora de Las Posesiones, que no nació el día del Libro por casualidad, invita a romper barreras y subir al árbol desde el que leyó La historia interminable, a conocer a Bolaño y a Houellebecq, a beber con Lucia Berlin o a meternos en la cama con Proust.

­-¿Cómo entra una escritora en los libros de los demás, en plan inspectora?

-Intento dejarme llevar, pero no siempre lo consigo. Se pervierte esa lectura más pura, más aventurera, y sí estás más pendiente de recursos o de juegos, de cómo te hacen los autores entrar en la historia.

­-¿Discute con los libros?

-Sí, y la idea de este libro es discutir con el lector. Me gusta despertar el diálogo que a veces lleva a la discusión.

­-El suyo no es un ránking de los más vendidos, de «los libros que debes leer».

-No me gustan las listas, porque al final siempre te acuerdas de lo que olvidas. Estos tampoco son mis libros preferidos, buscaba aquellos con los que me hubiera pasado algo. Es un juego de memoria.

­-A Gamoneda, Valente, Fonollosa y Zambrano los junta, ¡qué gran familia!

-Sí, es que son una familia. Yo los recuerdo juntos. Su manera de contarse me parece familiar unos con otros. Y después hay autores que me gustan tanto que no sabía qué historia poner en el libro...

­-Se nota la debilidad especial por Bolaño.

-Y ya lo digo, ¡que me enamoro de él!

­-¿Se enamoró en serio?

-Bueno... Me enamoré de Bolaño de esa manera fugaz. ­

-¿Juzga a los otros por lo que leen?

-Mmmmm, ¡sí! Iba a decir que no, pero sí. Cuando llego a una casa es fácil que de una manera discreta me acerque a la estantería y mire qué hay. Y según lo que vea, a veces pienso: «A lo mejor no tenemos mucho de qué hablar».

-¿Leemos con prejuicios?

-Mientras leo a Knausgård pienso «qué cabrón, qué mala persona», pero esto no quita interés a su obra.

-Una segunda lectura es otra historia; ¿cambia el libro o cambias tú?

-Puede ser que el libro envejezca mal aunque tú no hayas madurado. La segunda lectura duele. Me pasó, por ejemplo, con Amarillo, de Félix Romeo. Recuperar la primera lectura es imposible y la segunda lectura es siempre dolorosa. Puede parecerse a quedar con alguien a quien has querido mucho.

-¿Estamos cambiando como sociedad en la forma de leer, en gusto literario?

-Sí, ahora estamos muy metidos en la literatura europea introspectiva, esto del yo delante del mundo, y creo que acabaremos hartos. Las redes nos han quitado los pudores a la hora de expresarnos y de leer la vida de los demás. Hace años era impensable. Va cambiando la manera de leer y esto hace que algunas lecturas envejezcan mal. A mí me ocurrió con Kundera y La insoportable levedad del ser.

-A Mercè Rodoreda algunos llegamos tarde.

-¡Cuidado con el momento en el que la lees! Yo la leí con 16 años y pensé «Qué cursi». Venía de Stephen King y de Los Cinco, no leía mucho sobre sentimientos. Para mí volver a Rodoreda es importante, como volver al Quijote.

-Hay libros maravillosos que, sin embargo, es mejor no leer...

-Sí, como Walden, porque mientras no lo leo es justo como yo quiero que sea.

-¿Qué debe tener un libro para cambiarle la vida?

-Un momento destello, que tiene que ser lo suficientemente potente para que luego me acuerde. No tiene por qué ser una cosa existencial, puede ser pequeñita, doméstica, pero te cambia.

-¿Se avergüenza de lo que le gustó Benedetti? 

-Sí, me avergüenzo, como de lo que me fascinó El lobo estepario de Hesse... Ahora, en su centenario, vuelvo a Benedetti, y pienso: «Es flojo», pero quizá no lo es.

—¿Qué «bestsellers» de hoy serán clásicos mañana?

—Tenemos que ver durante cuánto tiempo son bestsellers. Hoy en la literatura está todo bastante politizado, tiene que haber cosas de buenos y malos. Hoy parece que hay que posicionarse en todo. La gente quiere saber de qué pie calzas y es verdad que cada vez hay una lectura más simple y menos exigente, se ve con los premios literarios, y es lo que se fomenta desde algunas editoriales: un tipo de lectura fácil, masticada, que provocará que no haya clásicos actuales. O quizá los clásicos estén pasando desapercidos.

—«Cuanto más lees, menos te marca lo que lees», escribe, ¿menos o marca de otra manera?

—Sí... Los primeros libros nos impactan, son un flechazo, y los siguientes son aquellos a los que queremos. Es un poco más el amor sereno, asentado, más maduro. Sabes lo que estás buscando y es maravilloso, y vuelves a enamorarte pero de una manera mucho más sólida.

—¿Piensa como Sontag, que no hay mujer inteligente que de niña no haya querido ser un niño?

—Sí, lo pienso, porque era divertido ser niño. Podían jugar al fútbol, podían hartarse a hacer el gamberro, no les decían que no a nada. Cuando era pequeña pensaba que de adolescente cambiabas de sexo y hacía pipí de pie para ir acostumbrándome, jajaja. ¡Jamás he querido ser un chico realmente, solo que era muy guay ser un chico! Como Jo de Los Cinco.

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